LA DAMA BLANCA Y EL HOTEL CON ENCANTO EN SANLÚCAR DE BARRAMEDA

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El Hilton de Las Vegas fue el sitio donde Elvis Presley se presentó por varios años. Siempre se quedaba en el ático, y su fantasma ha sido visto en los bastidores del teatro donde cantaba.
Marilyn Monroe fue huésped frecuente del Roosevelt Hotel. Aunque siempre se quedó en la suite 1200 con vista a la alberca, han visto su fantasma en el espejo del vestíbulo.
Aahh… como nos atraen estos lugares con leyendas. Fantasmas, asesinatos, y niñas sonriendo mientras se alejan por pasillos interminables. Y que gustito, para cualquiera, pasar una noche en el hotel ABBA PALACIO DE ARIZÓN, un lugar idóneo para los amantes del suspense, aunque no del terror.


(Patio sXVII)

Según nos cuenta Patricia, Diego de Arizón fue un rico comerciante de Indias que vivió en Sanlúcar de Barrameda (Cádiz) en el siglo XVIII. Siguiendo las crónicas, su familia era la más codiciosa que había en Sanlúcar. Su humilde morada tenía un patio porticado con columnas de mármol rojo, almacenes para mercancías y hasta un oratorio. Porque lo codicioso no quita lo beato.
Desde su torre mirador podía controlar la salida y llegada de las flotas ultramarinas. Entre copa y copa de manzanilla no se perdía detalle.
Pero claro, tanto viajar al Nuevo Mundo acabó pasándole factura. Su mujercita, Margarita Zerver, se sentía sola en esa jaula de oro. Así que buscó el calorcito humano en su criado, Juan Peix. Comenzaron yendo a solas al campo y a comer langostinos a Bajo de Guía mientras contemplaban el atardecer en Doñana. De ahí a compartir la alcoba, hubo solo un paso. En las ausencias de don Diego, se retiraban la doña Margarita y el don Juan a sitios ocultos, subiendo éste las más de las noches, luego que imaginaba estar recogida la familia, a la sala del dormitorio de la referida, donde pernoctaba, saliendo por la mañana en ropas menores. El arrejuntamiento era de dominio público. Como suele suceder en estos casos, lo sabía todo Cristo menos el cornudo.

Un día, el esclavo turco de nombre Cristóbal José, fue con el cuento a su amo. El pobre Diego, que venía tan contento, cargadito de plata indiana, se llevó un disgusto que “pa qué te cuento”. Vamos, que le arruinaron el expolio. Pero como era hombre juicioso, actuó con cautela. Llegó a casa a media noche y se ocultó en el desván. Allí agazapado escuchó al criado entrar a la alcoba de su Marga y todo lo que sucedió a continuación. Después de haber presenciado el festival pasional no le cupo duda de que la acusación era cierta. Entonces decidió tomarse la justicia por su mano. Tras la carnicería los emparedó.
Tiempo más tarde, fue detenido y ajusticiado. Muchos testigos dieron fe del adulterio de su esposa. La defensa alegaba que había actuado legítimamente, al ver agraviado su honor. El 26 de Septiembre de 1736 se dictó la sentencia. Fue condenado a pena de muerte, y posteriormente indultado por Felipe V a cambio de una sustanciosa indemnización. Ese dinerillo tan bien habido, el rey (este no estaba pasmado) lo invirtió en las obras del Palacio Real de Madrid.
Según cuenta la leyenda, las noches de luna llena puede verse a una dama vestida de blanco deambular por la casa y el torreón, hoy magnifico hotel ABBA PALACIO DE ARIZÓN, un regio cuatro estrellas al mando de su atento director D.Tristán Martínez.

También por los rincones sanluqueños se cuenta que justo cuando el viejo galeón cargado de oro de las Indias decidió tomar baños de luna en los arrabales de la Barra, un velo de sal cubrió el medallón de plata que presidía la estancia donde hacía años aguardaba su llegada.
La blasfemia había sonado demasiado hiriente hacia los cielos. El viejo Marqués, asomado a la espadaña que dominaba los océanos, creyó por un momento en su poderío y cuando vio entrando en la bocana el barco cargado de tesoros sintió la necesidad del reto: “Quiera Dios o no quiera, ya soy rico”.

Perdió el desafío. Segundos después la proa de su buque insignia bailaba sobre los ostiones del castillo y su sangre pintaba de azul las piedras de la hacienda y la seriedad de sus blasones.
Años después de los hechos narrados, el huraño Ibrahim atusaba una tarde su blanca barba en el lóbrego local del Callejón de los Perros. La ruina del de Arizón había arrastrado consigo a muchos indianos que basaban sus riquezas en los negocios del Marqués y el viejo judío había sabido reservar sus doblones para trocarlos por tan jugosa ruina.
En un arcón de cuero repujado guardaba, entre legajos que demostraban su noble procedencia, magníficos engarces de zafiros, collares de esmeraldas, adornos de oro y de marfil, gemas de todos los tamaños y colores, pero quizá fuera aquel medallón el que había conquistado sus sueños.

Todas las noches antes de dormir aterrorizado en su jergón de usurero, admiraba la delicada belleza de la dama enmarcada en el interior del medallón como si de una reliquia se tratara, parecía aguardar el momento de escapar de entre aquellos arabescos de plata para tomar posesión del palacio que el Marqués le había prometido.
Bien sabía Ibrahim que no fue el oro perdido la causa de tan gran desgracia en el marquesado, bien sabía que fueron aquellos ojos azules como las mareas de Santiago, los que habían envenenado el alma del comerciante. En el frío corazón de aquel engaste se guardaban los secretos del amor y los ardores de la última pasión.
No lo había notado antes, pero una noche al observar con detenimiento las filigranas que adornaban la tapa del medallón, descubrió, como si de un dibujo más se tratara, una fecha: 15 de agosto de 1712. Al principio no le dio importancia, pareciera que el artífice de aquella joya hubiera querido dejar junto a su firma el día de su terminación.


(Capilla)

Pero aquella fecha se le había quedado grabada en su pensamiento. Miró al calendario que adornaba su angosto despacho y sintió un sobresalto: estaban precisamente en la noche del 15 de agosto. Corrió hacia el arcón tropezando con los cientos de cachivaches que había ido amontonando en los distintos cuartuchos de su cubil, lo abrió sin poder disimular su excitación, al levantar la tapa que cubría el hermoso retrato se le escapó un grito de terror. El rostro de la mujer había desaparecido.
Subió temblando al más alto torreón de su casa, desde donde podía divisar, acunado por el viento de levante, el ahora sombrío caserón del desaparecido cargador de Indias y al punto, como si de un gato acosado se tratara, sus hirsutos cabellos se erizaron: al ver cómo, tras los raídos visillos del salón de baile, la silueta de una dama vestida de blanco llenaba de sombra y luz con el resplandor de una trémula vela los oscuros rincones del abandonado palacio.

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(Aquí se emparedó a doña Margarita Zerver y a su criado-amante: Juan Peix)

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