EL AÑO EN QUE ESPAÑA GLOBALIZÓ AL MUNDO CON EL “GALEÓN DE MANILA”

La imaginación es el eje de la realidad. La realidad tiene tres ámbitos: uno es el de la materia, es evidente. Otro es el de los significados y los valores, el que da sentido a las cosas y a nuestras vidas, que es inmaterial. Y el ámbito que conecta esos dos polos es la imaginación: por un lado es material porque en la imaginación hay luz, forma y color, y al mismo tiempo es inmaterial. En nuestro mundo moderno lo estamos reduciendo todo a lo material. No hay “cojones” para soñar otras realidades.

Andrés de Urdaneta navegó en dirección a América, hasta la isla de Santa Rosa, en la costa de California, y desde ahí viajó al puerto de Acapulco en octubre de 1565. A partir de entonces, la Corona española puso en marcha la ruta llamada del Galeón de Manila. Una travesía que cada año salía desde Acapulco hasta tierras filipinas, trasladando plata para pagar las mercancías que los comerciantes españoles, fueran o no funcionarios, enviaban a Nueva España en el Galeón de Manila, y desde Manila traía de vuelta seda y porcelana de China, marfil de Camboya, algodón de la India, piedras preciosas de Birmania y especias como canela, pimienta y clavo. Manila se transformó así en una población urbana, ideada como una base para expandir el comercio por el resto de la zona.

El negocio era perfecto, producía unas ganancias del trescientos por ciento, Se unió por primera vez Europa, América y China. Empezaba la globalización con todos sus trapicheos.
El viaje de ida resultaba plácido, pero el de vuelta era, a decir de los navegantes veteranos, «la más larga y terrible de las que se hacen en el mundo». En los doscientos treinta años de trayectoria, se perdieron hasta treinta galeones, miles de vidas y riquezas millonarias, dándose el caso de barcos que llegaban exhaustos a Acapulco. Los vientos, las corrientes, las tempestades, los corsarios, los motines, la falta de alimentos y las enfermedades como el escorbuto –que hinchaban hasta sangrar las encías de los marineros– convertían esta ruta en la más larga sin escalas del mundo. Se podía tardar hasta siete u ocho meses.

«Cerca de las Marianas había un lugar conocido como el ‘cementerio de doña María’, porque una noble se suicidó allí al no poder soportar tantas penalidades. También existe el testimonio del capellán de un buque que ofició 92 funerales en 15 días».
“Hubo un marinero que dijo que más valía morir una que muchas veces, que cerrasen los ojos y dejasen la nao ir al fondo del mar. Que ni Dios ni el rey obligaban a lo imposible”.

El caso más extremo fue el del galeón San José, que en 1657 llegó a México convertido en un barco fantasma, sin nadie vivo a bordo. Probablemente todos murieron de peste.