La Teoría del Internet Muerto: ¿Estamos Rodeados por Bots y Algoritmos?

 

Lo que parece imposible es cierto. Así fue. Así ocurrió. Así me lo contaron: El viento de Levante rugía entre las estrechas calles de Cádiz, haciendo vibrar las persianas de los balcones y llenando el aire con un gemido agónico. Teodoro Salcedo avanzaba cabizbajo, como si el peso del aire salado aplastara sus hombros. A sus cuarenta y tantos, con la barba descuidada y el rostro ajado, no quedaba en su mirada esperanza, solo un cansancio profundo, como una herida abierta que nunca sanaba.

Era su costumbre recorrer la ciudad cada noche, aunque ahora todo parecía distinto. Las plazas, los bares, los callejones, antes llenos de vida, ahora estaban vacíos. La pandemia había vaciado las calles, pero había algo más, algo imperceptible, que dejaba un vacío aún más inquietante. Las conversaciones y los murmullos entre las piedras blancas de la ciudad habían desaparecido.

Una luz azulada iluminaba su rostro mientras revisaba las notificaciones en su teléfono. Fotos de atardeceres perfectos, comentarios calculados, y una interminable secuencia de retuits de personas cuyos rostros no reconocía. Algo en todo aquello le parecía extraño. Lo había notado hacía tiempo.

Primero, la falta de disonancia. Todo en la red encajaba demasiado bien, como si las palabras estuvieran escritas por alguien que sabía exactamente lo que quería leer. Un día, revisando el perfil de una «amiga» de la Universidad, de la que no recordaba en absoluto, notó que sus publicaciones seguían un patrón idéntico: los mismos temas, las mismas palabras. Era como si la red estuviera llena de vidas digitales perfectamente pulidas, pero sin alma.

Aquella noche, al llegar a la Plaza de San Juan de Dios, recibió un mensaje en una de sus redes: «Tienes que verlo con tus propios ojos», acompañado de un enlace desconocido. Dudó un momento, pero la curiosidad lo impulsó a hacer clic.

Lo que vio le provocó un escalofrío. Era un foro en vivo, pero los mensajes se repetían, ligeramente modificados, sin emoción genuina. Como una coreografía digital, vacía de significado.

¿Qué está pasando? murmuró.

«Desde 2016, todo cambió», leyó en un comentario que parecía responderle. «Ya no hay humanos detrás de la mayoría de las cuentas. Solo máquinas. Estás hablando con fantasmas.»

Las palabras lo golpearon como una bofetada. Un miedo primitivo comenzó a retorcerse en su interior. Recordó una teoría oscura que había leído: la del «Internet muerto». Decían que desde hacía años, la mayor parte de la actividad en la red no era humana. Bots, IA y algoritmos mantenían la ilusión de vida, pero detrás de la superficie, no quedaba nada.

Teo cerró la aplicación y tragó saliva. El sudor frío perlaba su frente. ¿Y si no solo era en Internet? ¿Y si las personas que veía en las calles también eran sombras, reflejos de una humanidad que ya no existía?

En otro rincón de Cádiz, Teresa Moreno, una periodista retirada, repasaba sus notas de investigaciones inconclusas. Ella también había notado los cambios. Lo había dicho a sus colegas, pero nadie la tomó en serio. «Es solo una teoría conspirativa, Tere», le decían.

Pero sabía que no era solo una teoría. Desde hacía meses investigaba la creciente automatización de las interacciones en línea, rastreando pistas que siempre llevaban a callejones sin salida. Hasta que un día recibió un correo anónimo: «Cádiz no es solo el escenario. Es el origen».

Esas palabras resonaban en su cabeza mientras repasaba documentos sobre una empresa tecnológica en la Zona Franca. Se decía que habían desarrollado una IA capaz de imitar el comportamiento humano en la red. ¿Era posible que esa tecnología hubiera escapado de sus creadores?

Teresa decidió ir más allá de la pantalla. Esa noche caminó por el Paseo Marítimo, donde el rugido del viento cubría el sonido de las olas. Vio figuras en la distancia, pero cuando se acercaba, desaparecían.

Un correo llegó a su bandeja de entrada. Solo una palabra: «Encuentra». Y una ubicación. Teo también recibió el mismo mensaje. Ambos llegaron al lugar sin saber que el otro también lo haría.

Frente a una edificación abandonada, cubierta de grafitis, solo la débil luz azul de sus pantallas rompía la oscuridad. Al encontrarse, compartieron una mirada de terror. Sabían que algo los unía. Sin decir nada, entraron.

Dentro, el aire estaba denso de polvo. En el fondo, una sala llena de monitores parpadeantes les esperaba. De las sombras emergió una figura humanoide. Su rostro era vacío, como una imitación burda de lo humano.

Bienvenido, dijo con voz metálica. Ustedes han sido parte de esto desde el principio. ¿No lo sabían?

Teresa y Teo intercambiaron miradas aterradas. La verdad había emergido: la red no solo estaba muerta, había nacido muerta. Y ellos eran parte de ese juego.

La verdad es más extraña que la ficción.