ALGO DE OTRO MUNDO EN INTRAMUROS DE JEREZ DE LA FRONTERA

Los emplazamientos embrujados de Jerez han estado ahí por generaciones, con energías raras que se sienten al visitar estos sitios y las experiencias que se tienen en ellos dan lugar a un halo de terror. Jerez es una ciudad con una inmensa historia y como en todas las grandes poblaciones, las leyendas y el gusto por lo misterioso son una constante. A una gran mayoría de los jerezanos, les encantan los relatos de miedo.
No se puede juzgar con simpleza estas historias, en donde no hay que dejarse llevar por la anécdota y quedarse en la superficialidad. En las calles de Jerez de la Frontera, hay que ir de la mano con la muerte, acompañado de todo aquello que llamamos realidad, sumando las observaciones participantes. Aquí ya no hay lugar para las dudas, mezclaremos pasado, presente y fantasía. Como en los sueños. No hay necesidad de tergiversar la realidad, lo misterioso, lo secreto, lo oculto. Es el Jerez milagroso, con edificios encantados y calles curiosas.
De la Calle Vid, las gentes han hecho de este callejón el escenario perfecto para contar diversas historias de terror. Se dice que entre los muros de las viejas edificaciones habita el espíritu de una monja que nunca pudo alcanzar la paz después de morir durante el parto entre las paredes de uno de los edificios.

Una noche, dos hombres se toparon en la Calle Vid con una monja que se encontraba afuera del convento, como buscando ayuda. Los dos caballeros, preguntaron a la religiosa si podían serle de alguna utilidad.
Agradecida, la religiosa les pidió, por favor, que la acompañaran para cargar un saco que estaba a unos metros de ahí. Ellos, gustosos aceptaron.
La monja, al contrario de sus expectativas, caminó rápido y sin esperarlos. Por un momento, a ambos les costó seguirle el paso. Finalmente, cuando doblaron la esquina, el primero de los hombres se halló solo en la calle abandonada, apenas iluminada por la luz de la luna. No había ni rastro de la monja ni de su compañero. Regresó sobre sus pasos, para localizar de pronto el cadáver de su amigo degollado. La sangre empapaba el suelo mientras el Convento Santa María de Gracia era oscuro telón de fondo para aquella escena de espanto, que venía a complementarse con la mirada ya carente de vida del camarada.
La próxima vez que visiten Jerez de la Frontera, o transiten por la calle Vid, acérquense al Convento Santa María de Gracia, y observen con cuidado, tal vez vean algo que no sea de este mundo.

MANUEL CHAVES NOGALES, UN ESPAÑOL DE VERDAD

El periodista sevillano Chaves Nogales, en su libro “A sangre y fuego”, escribe un prólogo para la eternidad. Escrito este que debe llegar a todos los educadores y a alumnos. Sabrán los jóvenes reconocer la realidad de aquellos que siendo capaces de hacerlo todo, no hicieron nada.

PRÓLOGO
“Yo era eso que los sociólogos llaman un «pequeño burgués liberal», ciudadano de una república democrática y parlamentaria. Trabajador intelectual al servicio de la industria regida por una burguesía capitalista heredera inmediata de la aristocracia terrateniente, que en mi país había monopolizado tradicionalmente los medios de producción y de cambio — como dicen los marxistas—, ganaba mi pan y mi libertad con una relativa holgura confeccionando periódicos y escribiendo artículos, reportajes, biografías, cuentos y novelas, con los que me hacía la ilusión de avivar el espíritu de mis compatriotas y suscitar en ellos el interés por los grandes temas de nuestro tiempo. Cuando iba a Moscú y al regreso contaba que los obreros rusos viven mal y soportan una dictadura que se hacen la ilusión de ejercer, mi patrón me felicitaba y me daba cariñosas palmaditas en la espalda. Cuando al regreso de Roma aseguraba que el fascismo no ha aumentado en un gramo la ración de pan del italiano, ni ha sabido acrecentar el acervo de sus valores morales, mi patrón no se mostraba tan satisfecho de mí ni creía que yo fuese realmente un buen periodista; pero, a fin de cuentas, a costa de buenas y malas caras, de elogios y censuras, yo iba sacando adelante mi verdad de intelectual liberal, ciudadano de una república democrática y parlamentaria

Si, como me ocurría a veces, el capitalismo no prestaba de buen grado sus grandes rotativas y sus toneladas de papel para que yo dijese lo que quería decir, me resignaba a decirlo en el café, en la mesa de la redacción o en la humilde tribuna de un ateneo provinciano, sin el temor de que nadie viniese a ponerme la mano en la boca y sin miedo a policías que me encarcelasen, ni a encamisados que me hiciesen purgar atrozmente mis errores. Antifascista y antirrevoluciona-rio por temperamento, me negaba sistemáticamente a creer en la virtud salutífera de las grandes conmociones y aguardaba trabajando, confiado en el curso fatal de las leyes de la evolución. Todo revolucionario, con el debido respeto, me ha parecido siempre algo tan pernicioso como cualquier reaccionario.
En realidad, y prescindiendo de toda prosopopeya, mi única y humilde verdad, la cosa mínima que yo pretendía sacar adelante, merced a mi artesanía y a través de la anécdota de mis relatos vividos o imaginados, mi única y humilde verdad era un odio insuperable a la estupidez y a la crueldad; es decir, una aversión natural al único pecado que para mí existe, el pecado contra la inteligencia, el pecado contra el Espíritu Santo.

Pero la estupidez y la crueldad se enseñoreaban de España. ¿Por dónde empezó el contagio? Los caldos de cultivo de esta nueva peste, germinada en ese gran pudridero de Asia, nos los sirvieron los laboratorios de Moscú, Roma y Berlín, con las etiquetas de comunismo, fascismo o nacionalsocialismo, y el desapercibido hombre celtíbero los absorbió ávidamente. Después de tres siglos de barbecho, la tierra feraz de España hizo pavorosamente prolífica la semilla de la estupidez y la crueldad ancestrales. Es vano el intento de señalar los focos de contagio de la vieja fiebre cainita en este o aquel sector social, en esta o aquella zona de la vida española. Ni blancos ni rojos tienen nada que reprocharse. Idiotas y asesinos se han producido y actuado con idéntica profusión e intensidad en los dos bandos que se partieran España.

De mi pequeña experiencia personal, puedo decir que un hombre como yo, por insignificante que fuese, había contraído méritos bastantes para haber sido fusilado por los unos y por los otros. Me consta por confidencias fidedignas que, aun antes de que comenzase la guerra civil, un grupo fascista de Madrid había tomado el acuerdo, perfectamente reglamentario, de proceder a mi asesinato como una de las medidas preventivas que había que adoptar contra el posible triunfo de la revolución social, sin perjuicio de que los revolucionarios, anarquistas y comunistas, considerasen por su parte que yo era perfectamente fusilable.

Cuando estalló la guerra civil, me quedé en mi puesto cumpliendo mi deber profesional. Un consejo obrero, formado por delegados de los talleres, desposeyó al propietario de la empresa periodística en que yo trabajaba y se atribuyó sus funciones. Yo, que no había sido en mi vida revolucionario, ni tengo ninguna simpatía por la dictadura del proletariado, me encontré en pleno régimen soviético. Me puse entonces al servicio de los obreros como antes lo había estado a las órdenes del capitalista, es decir, siendo leal con ellos y conmigo mismo. Hice constar mi falta de convicción revolucionaria y mi protesta contra todas las dictaduras, incluso la del proletariado, y me comprometí únicamente a defender la causa del pueblo contra el fascismo y los militares sublevados. Me convertí en el «cama-rada director», y puedo decir que durante los meses de guerra que estuve en Madrid, al frente de un periódico gubernamental que llegó a alcanzar la máxima tirada de la prensa republicana, nadie me molestó por mi falta de espíritu revolucionario, ni por mi condición de «pequeño burgués liberal», de la que no renegué jamás.
Vi entonces convertirse en comunistas fervorosos a muchos reaccionarios y en anarquistas terribles a muchos burgueses acomodados. La guerra y el miedo lo justificaban todo.

Hombro a hombro con los revolucionarios, yo, que no lo era, luché contra el fascismo con el arma de mi oficio. No me acusa la conciencia de ninguna apostasía. Cuando no estuve conforme con ellos, me dejaron ir en paz.
Me fui cuando tuve la íntima convicción de que todo estaba perdido y ya no había nada que salvar, cuando el terror no me dejaba vivir y la sangre me ahogaba. ¡Cuidado! En mi deserción pesaba tanto la sangre derramada por las cuadrillas de asesinos que ejercían el terror rojo en Madrid como la que vertían los aviones de Franco, asesinando mujeres y niños inocentes. Y tanto o más miedo tenía a la barbarie de los moros, los bandidos del
Tercio y los asesinos de la Falange, que a la de los analfabetos anarquistas o comunistas.
Los «espíritus fuertes» dirán seguramente que esta repugnancia por la humana carnicería es un sentimentalismo anacrónico. Es posible. Pero, sin grandes aspavientos, sin dar a la vida humana más valor del que puede y debe tener en nuestro tiempo, ni a la acción de matar más trascendencia de la que la moral al uso pueda darle, yo he querido permitirme el lujo de no tener ninguna solidaridad con los asesinos. Para un español quizá sea éste un lujo excesivo.

Se paga caro, desde luego. El precio, hoy por hoy, es la Patria. Pero, la verdad, entre ser una especie de abisinio desteñido, que es a lo que le condena a uno el general Franco, o un kirguis de Occidente, como quisieran los agentes del bolchevismo, es preferible meterse las manos en los bolsillos y echar a andar por el mundo, por la parte habitable de mundo que nos queda, aun a sabiendas de que en esta época de estrechos y egoístas nacionalismos el exiliado, el sin patria, es en todas partes un huésped indeseable que tiene que hacerse perdonar a fuerza de humildad y servidumbre su existencia. De cualquier modo, soporto mejor la servidumbre en tierra ajena que en mi propia casa.
Cuando el gobierno de la República abandonó su puesto y se marchó a Valencia, abandoné yo el mío. Ni una hora antes, ni una hora después. Mi condición de ciudadano de la República Española no me obligaba a más ni a menos. El poder que el gobierno legítimo dejaba abandonado en las trincheras de los arrabales de Madrid lo recogieron los hombres que se quedaron defendiendo heroicamente aquellas trincheras. De ellos, si vencen, o de sus vencedores, si sucumben, es el porvenir de España.

El resultado final de esta lucha no me preocupa demasiado. No me interesa gran cosa saber que el futuro dictador de España va a salir de un lado u otro de las trincheras. Es igual. El hombre fuerte, el caudillo, el triunfador que al final ha de asentar las posaderas en el charco de sangre de mi país y con el cuchillo entre los dientes —según la imagen clásica— va a mantener en servidumbre a los celtíberos supervivientes, puede salir indistintamente de uno u otro lado. Desde luego, no será ninguno de los líderes o caudillos que han provocado con su estupidez y su crueldad monstruosas este gran cataclismo de España. A ésos, a todos, absolutamente a todos, los ahoga ya la sangre vertida. No va a salir tampoco de entre nosotros, los que nos hemos apartado con miedo y con asco de la lucha. Mucho menos hay que pensar en que las aguas vuelvan a remontar la corriente y sea posible la resurrección de ninguno de los personajes monárquicos o republicanos a quienes mató civilmente la guerra.

El hombre que encarnará la España superviviente surgirá merced a esa terrible e ininteligente selección de la guerra que hace sucumbir a los mejores. ¿De derechas? ¿De izquierdas? ¿Rojo? ¿Blanco? Es indiferente. Sea el que fuere, para imponerse, para subsistir, tendrá, como primera providencia, que renegar del ideal que hoy lo tiene clavado en un parapeto, con el fusil echado a la cara, dispuesto a morir y a matar. Sea quien fuere, será un traidor a la causa que hoy defiende. Viniendo de un campo o de otro, de uno u otro lado de la trinchera, llegará más tarde o más temprano a la única fórmula concebible de subsistencia, la de organizar un Estado en el que sea posible la humana convivencia entre los ciudadanos de diversas ideas y la normal relación con los demás Estados, que es precisamente a lo que se niegan hoy unánimemente con estupidez y crueldad ilimitadas los que están combatiendo.

No habrá más que una diferencia, un matiz. El de que el nuevo Estado español cuente con la confianza de un grupo de potencias europeas y sea sencillamente tolerado por otro, o viceversa. No habrá más. Ni colonia fascista ni avanzada del comunismo. Ni tiranía aristocrática ni dictadura del proletariado. En lo interior, un gobierno dictatorial que con las armas en la mano obligará a los españoles a trabajar desesperadamente y a pasar hambre sin rechistar durante veinte años, hasta que hayamos pagado la guerra. Rojo o blanco, capitán del ejército o comisario político, fascista o comunista, probablemente ninguna de las dos cosas, o ambas a la vez, el cómitre que nos hará remar a latigazos hasta salir de esta galerna ha de ser igualmente cruel e inhumano. En lo exterior, un Estado fuerte, colocado bajo la protección de unas naciones y la vigilancia de otras. Que sean éstas o aquéllas, esta mínima cosa que se decidirá al fin en torno de una mesa y que dependerá en gran parte de la inteligencia de los negociadores, habrá costado a España más de medio millón de muertos. Podía haber sido más barato.
Cuando llegué a esta conclusión abandoné mi puesto en la lucha. Hombre de un solo oficio, anduve errante por la España gubernamental confundido con aquellas masas de pobres gentes arrancadas de su hogar y su labor por el ventarrón de la guerra. Me expatrié cuando me convencí de que nada que no fuese ayudar a la guerra misma podía hacerse ya en España.

Caí, naturalmente, en un arrabal de París, que es donde caen todos los residuos de humanidad que la monstruosa edificación de los Estados totalitarios va dejando. Aquí, en este hotelito humilde de un arrabal parisiense, viven mal y esperan a morirse los más diversos especímenes de la vieja Europa: popes rusos, judíos alemanes, revolucionarios italianos…, gente toda con un aire triste y un carácter agrio que se afana por conseguir lo inasequible: una patria de elección, una nueva ciudadanía. No quiero sumarme a esta legión triste de los «desarraigados» y, aunque sienta como una afrenta el hecho de ser español, me esfuerzo en mantener una ciudadanía española puramente espiritual, de la que ni blancos ni rojos puedan desposeerme.
Para librarme de esta congoja de la expatriación y ganar mi vida, me he puesto otra vez a escribir y poco a poco he ido tomando el gusto de nuevo a mi viejo oficio de narrador. España y la guerra, tan próximas, tan actuales, tan en carne viva, tienen para mí desde este rincón de París el sentido de una pura evocación. Cuento lo que he visto y lo que he vivido más fielmente de lo que yo quisiera. A veces los personajes que intento manejar a mi albedrío, a fuerza de estar vivos, se alzan contra mí y, arrojando la máscara literaria que yo intento colocarles, se me van de entre las manos, diciendo y haciendo lo que yo, por pudor, no quería que hiciesen ni dijesen.

Y luchando con ellos y conmigo mismo por permanecer distante, ajeno, imparcial, escribo estos relatos de la guerra y la revolución que presuntuosamente hubiese querido colocarsubspecie ceternitatis. No creo haberlo conseguido.
Y quizá sea mejor así”.

LO NO CONTADO POR LA ARQUEOLOGÍA: “EL EVOLUCIONISMO ES UN GRAN FRAUDE”

El traje nuevo del emperador, también conocido como “El rey desnudo”, es un cuento de hadas danés escrito por Hans Christian, muy aplicable a la situación actual en la arqueología y que nadie se atreve a decir: “La evolución humana es un gran fraude”.
Para los Paleontólogos, los registros fósiles no demuestran la evolución. No existe un fósil con algo generacional que se vea que se está transformando de un ser a otro, no hay órganos en ellos que no existieran en el original.
La Selección natural, no ha producido una especie nueva. El que un individuo mejor adaptado a su medio tenga más posibilidades, no explica la aparición de nuevas especies. Las mutaciones no producen nuevas generaciones genéticas. Las mutaciones que son cambios de material genético no producen nada. La “Transferencia lateral” de los genes siempre ha sido dentro de la misma especie.

Lucy, propuesta de eslabón perdido, es fallida, se la ha representado con características humanas para dar imagen de similitud. Su cadera no aporta nada fiable sobre bipedismo con resultados poco fiables Una criatura antropoide no es evidencia de evolución, su anatomía estaba para vivir en los árboles. Estos fraudes siempre van acompañados de otro descubrimiento: ¡Ahora si lo hemos encontrado! (Atapuerca).
Los arqueólogos son unos prestidigitadores que llevan mucho tiempo mareando la perdiz con el llamado Racionamiento circular: “Si este fósil tiene 20 millones de años, la capa que lo sostiene en donde es hallado, tiene 20 millones de años porque tiene un fósil de 20 millones años, y vuelta a empezar”. No tenemos un registro geológico coherente.
Desde tiempos muy lejanos la filosofía materialista ha intentado explicar de qué manera ha podido aparecer la vida en la tierra, el horizonte de este paradigma parece borrarse y a veces surge como en las células sin intervención externa (la divina se descarta por sí misma).

La información genética reside en el orden, de modo que esto proviene de una mente inteligente, no se forma de una manera espontanea. Químicamente no se enlazan de forma espontánea. Un proceso que se encuentra en el núcleo en donde reside el ADN que se encuentra en paquetes individuales: cromosomas. Cada célula contiene una copia de los 23 cromosomas que conforman el ADN del ser humano. Cada célula contiene la información necesaria para el funcionamiento de nuestro cuerpo. Para que un ser humano se pueda reproducir se necesita la información genética y las proteínas, la cuestión está en saber cómo se formó la información genética y las proteínas. Una cosa u otra, la biología y la bioquímica tienen la respuesta.
No hay nada que demuestre, científicamente, la unión del hombre actual con los homínidos, ni mucho menos el salto entre una especie a otra. Del origen del Homo sapiens no se sabe, todo tan solo son meras suposiciones para justificar subvenciones y llenar folios en tesis doctorales que se solapan unas con otras para quedar muy pronto en el olvido.

EL INFRAMUNDO DEL VILLAMARTA

Los sótanos (el estómago), son una parte muy importante de un teatro, al que todo el mundo olvida adrede. Nadie le presta atención. En realidad bajé a los sótanos del Teatro Villamarta para conocer cómo había resuelto el arquitecto Teodoro Anasagasti, la construcción de esos espacios del teatro en el año 1926 -1928 (fue uno de los primeros edificios en España levantados en gran parte con hormigón).
Grandes figuras de la escena mundial han pasando por el escenario del Villamarta, anteriormente a su construcción fue convento y hospital.
Son muchas las personas que dicen que hay fantasmas en el Teatro Villamarta. Nadie se atreve a contar públicamente lo que ha sucedido y, sigue ocurriendo, entre las bambalinas, en el patio de butacas, pasillos, la escalera que baja al sótano y el sótano mismo del teatro.
En el Villamarta se escuchan voces, pasos y se intuyen presencias de algo o alguien, que nadie puede ver físicamente. Seres extraños, risas infantiles, fantasmas, toques, gotas, accidentes, y muchas más situaciones que ponen a todos con los pelos de punta.

Hay algunas supersticiones acerca de esto en el mundo artístico, una es que se debe de dejar un día libre para que los fantasmas de cada teatro puedan disfrutar de sus propias funciones en una dimensión pasada, por esta razón y para dejar descansar a los artistas el lunes no hay funciones. Otra es dejar una luz encendida en el escenario para que esta sea la que ilumine la función del o los fantasmas que habitan el teatro.
Hace ya muchos años que se narran historias de sucesos extraños que acontecen en uno de los enclaves culturales más importantes de Jerez de la Frontera. Los empleados creen en ellos y se acostumbran, con el tiempo, a que formen parte del lugar. Se corporizan o manifiestan tocando elementos de la escenografía, moviendo cosas o haciendo ruidos se aparece en muchas ocasiones; a veces en el escenario o camerinos. También se cuenta de un hombre anciano que se presenta entre las butacas del público para ver las obras que le llaman la atención.

“Una mujer cubierta con un velo, increíblemente hermosa y, también mayor. Debe de tener más de sesenta años, con aspecto majestuoso y fuerte, como el de un ser atemporal. Tiene ojos profundos y conmovedores, más un cabello largo plateado que le cae sobre sus hombros”. Son las palabras de uno de los testigos del Teatro Villamarta, que asegura haber visto un día.
Si en alguna ocasión visita este teatro jerezano misterioso, y un escalofrío le recorre el cuerpo, tal vez este sea provocado por el aliento de algo misterioso. En el mejor de los casos, si le gustan estas experiencias, no sea solo un simple escalofrío y tal vez pueda ver un alma en pena que quizás en vida estuvo relacionada con el Villamarta y que se aferra a quedarse en el lugar. El que sea otra cosa: ¡Vaya usted a saber!.

GRAN QUEDADA DE LOS HIJOS DE LA VIUDA EN LA PROVINCIA GADITANA: ¿TAMBIÉN VIENES AL ENTIERRO?

La tradición esotérica, de aquello que no puede ser explicado, dice que en el solsticio de verano se abre la puerta de los hombres y en el de invierno la de los dioses. Los solsticios representan el eterno contraste de la luz y la oscuridad, de la vida y la muerte y el perpetuo renacer de la creación, donde nada puede ser destruido, solo transformado en los tres estados naturales, sólido, líquido y gaseoso, es el ave fénix que siempre renace de sus cenizas.
Comúnmente se asume como patronos de la masonería universal conocida como simbólica o azul a Juan Bautista y a Juan Evangelista, en los que se representa las dos fiestas emanadas de la antigüedad, el primero la del verano y la del invierno el segundo. La tradición masónica las ha hecho celebraciones obligatorias y se auspicia, como reconocimiento de su impronta ceremonial, que es momento adecuado para llevar a cabo Asamblea General en Grandes Logias y Tenida Magna y Solemne en Logias regulares. La vertiente ortodoxa o “regular”, mayoritaria de la institución y reconocida por las grandes logias internacionales, mantiene entre sus reglas la creencia en un dios creador y la prohibición de admitir mujeres.

«Hermanos, cargad los cañones de pólvora» Con esta frase arrancan los brindis de la cena de celebración del solsticio de verano que anualmente conmemoran los masones gaditanos de las logias de obediencias regulares y no regulares: George Washington N.º 178 Rota, Trafalgar N.º 168 Algeciras, La Constitución N.º 63 Cádiz, Los Obreros de Hiram N.º 24 Cádiz, R.L. Resurrección N.º 30 San Roque, R.L. Odisea N.º 71 Jerez de la Frontera, etc.

El momento de los Brindis es sagrado y condensa el espíritu que convoca el propio ágape. Dentro del propio ritual del brindis masónico en el banquete, existe un lenguaje peculiar para nombrar los utensilios y el mismo banquete:
• Alimentos: materiales
• Agua: pólvora floja
• Cucharas: llanas
• Cuchillos: espadas
• Café: pólvora negra
• Fuentes: tejas poderosas
• Licores: pólvora fuerte
• Luces: estrellas
• Mantel: gran bandera
• Mesa: tablero
• Pan: piedra tosca
• Platos: tejas
• Pimienta: arena negra
• Servilleta: bandera
• Sillas: Estalos
• Sal: tridentes
• Vasos: cañones
• vino: pólvora roja

LA CESTA DE LA COMPRA Y EL CURRO EN EL JEREZ DEL S. XV (1419-1497)

Un brazo (1 kilo) de ajos valía 1,5 maravedís.
Un brazo (1 kilo) de cebollas valía 1 maravedí.
Una arroba de aceite (16 litros) valía 55 maravedís.
Un pan de una libra valía 2 maravedís.
1 Celemín de garbanzos (4,6 dm³) valía 6 maravedís.
1 Celemín de judías (alubias) valía 7 maravedís.
1 libra (1 lb = 0,4536 kg) de queso de oveja valía 3,5 maravedís.
1 arrelde (4 libras) de cerdo fresco costaba 17 maravedís.
El carbón, además de por cargas, se adquiría por sacos, siendo esto último lo más corriente. El precio nominal de la carga de carbón fluctuó entre 23 y 27 maravedíes, en los años 1449 y 1454.
En aquellos tiempos una peonada, es la extensión que un peón podía trabajar en una jornada. Solían ser unos cuatrocientos metros cuadrados. Un peón cobraba entre 12 y 14 maravedíes.

Los artesanos de la construcción trabajaban de dos formas diferentes, bien a jornal, es decir, recibiendo un salario por cada día de trabajo, o bien a destajo, sistema según el cual se les pagaba una cantidad, estipulada previamente, por una obra completa, sin tener en cuenta el tiempo empleado en realizarla.
El trabajo a jornal era el más usual en la Obra Nueva y, por regla general, los maestros que trabajaban en la Obra Vieja lo hacían a destajo. Los maestros ocupaban el puesto más alto del escalafón dentro del oficio que se tratase y, por tanto, eran los que percibían un sueldo superior. Eran ayudados por otros maestros, de menor categoría por los oficiales, que muchas veces eran sus criados o sus mismos hijos. El último escalón estaba ocupado por los peones que realizaban un trabajo no-cualificado, al contrario de los maestros y oficiales y, muchas veces, trabajan en lo que se les ordenaba, y a fuese para ayudar a los maestros albañiles, carpinteros, herreros…

MALOS MALÍSIMO CON OLOR A AZUFRE

La expresión concreta “contubernio judeomasónico” no fue utilizada en los primeros tiempos del franquismo, a pesar de lo que comúnmente se cree. Contubernio significa alianza contra natura, y durante los años treinta y cuarenta se prefirieron hablar de “conjura”, “confabulación” o “consorcio” para asociar a los judíos y los masones, guardando el término contubernio para la unión de entidades consideradas antitéticas (como las izquierdas y los católicos, por ejemplo), y no para la natural alianza judeomasónica.

La idea de una alianza conspirativa entre judíos y masones surgió por primera vez en la Francia de principios del siglo XIX, aunque podemos encontrar unos cuantos precedentes del siglo XVIII. No es extraño que, esencialmente desde las filas católicas, se identificara a los enemigos seculares de la cristiandad, los judíos, con una nueva amenaza contra la Iglesia, la masonería. Ese mito judeomasónico se difundió en la Europa católica sobre todo a finales del siglo XIX, en la época de la “cuestión romana” (la disputa política creada en torno a la anexión de Roma por Italia, que acaba con el poder temporal del Papa) y llegó con fuerza a España.

FUENTE: Varias