MANUEL CHAVES NOGALES, UN ESPAÑOL DE VERDAD

El periodista sevillano Chaves Nogales, en su libro “A sangre y fuego”, escribe un prólogo para la eternidad. Escrito este que debe llegar a todos los educadores y a alumnos. Sabrán los jóvenes reconocer la realidad de aquellos que siendo capaces de hacerlo todo, no hicieron nada.

PRÓLOGO
“Yo era eso que los sociólogos llaman un «pequeño burgués liberal», ciudadano de una república democrática y parlamentaria. Trabajador intelectual al servicio de la industria regida por una burguesía capitalista heredera inmediata de la aristocracia terrateniente, que en mi país había monopolizado tradicionalmente los medios de producción y de cambio — como dicen los marxistas—, ganaba mi pan y mi libertad con una relativa holgura confeccionando periódicos y escribiendo artículos, reportajes, biografías, cuentos y novelas, con los que me hacía la ilusión de avivar el espíritu de mis compatriotas y suscitar en ellos el interés por los grandes temas de nuestro tiempo. Cuando iba a Moscú y al regreso contaba que los obreros rusos viven mal y soportan una dictadura que se hacen la ilusión de ejercer, mi patrón me felicitaba y me daba cariñosas palmaditas en la espalda. Cuando al regreso de Roma aseguraba que el fascismo no ha aumentado en un gramo la ración de pan del italiano, ni ha sabido acrecentar el acervo de sus valores morales, mi patrón no se mostraba tan satisfecho de mí ni creía que yo fuese realmente un buen periodista; pero, a fin de cuentas, a costa de buenas y malas caras, de elogios y censuras, yo iba sacando adelante mi verdad de intelectual liberal, ciudadano de una república democrática y parlamentaria

Si, como me ocurría a veces, el capitalismo no prestaba de buen grado sus grandes rotativas y sus toneladas de papel para que yo dijese lo que quería decir, me resignaba a decirlo en el café, en la mesa de la redacción o en la humilde tribuna de un ateneo provinciano, sin el temor de que nadie viniese a ponerme la mano en la boca y sin miedo a policías que me encarcelasen, ni a encamisados que me hiciesen purgar atrozmente mis errores. Antifascista y antirrevoluciona-rio por temperamento, me negaba sistemáticamente a creer en la virtud salutífera de las grandes conmociones y aguardaba trabajando, confiado en el curso fatal de las leyes de la evolución. Todo revolucionario, con el debido respeto, me ha parecido siempre algo tan pernicioso como cualquier reaccionario.
En realidad, y prescindiendo de toda prosopopeya, mi única y humilde verdad, la cosa mínima que yo pretendía sacar adelante, merced a mi artesanía y a través de la anécdota de mis relatos vividos o imaginados, mi única y humilde verdad era un odio insuperable a la estupidez y a la crueldad; es decir, una aversión natural al único pecado que para mí existe, el pecado contra la inteligencia, el pecado contra el Espíritu Santo.

Pero la estupidez y la crueldad se enseñoreaban de España. ¿Por dónde empezó el contagio? Los caldos de cultivo de esta nueva peste, germinada en ese gran pudridero de Asia, nos los sirvieron los laboratorios de Moscú, Roma y Berlín, con las etiquetas de comunismo, fascismo o nacionalsocialismo, y el desapercibido hombre celtíbero los absorbió ávidamente. Después de tres siglos de barbecho, la tierra feraz de España hizo pavorosamente prolífica la semilla de la estupidez y la crueldad ancestrales. Es vano el intento de señalar los focos de contagio de la vieja fiebre cainita en este o aquel sector social, en esta o aquella zona de la vida española. Ni blancos ni rojos tienen nada que reprocharse. Idiotas y asesinos se han producido y actuado con idéntica profusión e intensidad en los dos bandos que se partieran España.

De mi pequeña experiencia personal, puedo decir que un hombre como yo, por insignificante que fuese, había contraído méritos bastantes para haber sido fusilado por los unos y por los otros. Me consta por confidencias fidedignas que, aun antes de que comenzase la guerra civil, un grupo fascista de Madrid había tomado el acuerdo, perfectamente reglamentario, de proceder a mi asesinato como una de las medidas preventivas que había que adoptar contra el posible triunfo de la revolución social, sin perjuicio de que los revolucionarios, anarquistas y comunistas, considerasen por su parte que yo era perfectamente fusilable.

Cuando estalló la guerra civil, me quedé en mi puesto cumpliendo mi deber profesional. Un consejo obrero, formado por delegados de los talleres, desposeyó al propietario de la empresa periodística en que yo trabajaba y se atribuyó sus funciones. Yo, que no había sido en mi vida revolucionario, ni tengo ninguna simpatía por la dictadura del proletariado, me encontré en pleno régimen soviético. Me puse entonces al servicio de los obreros como antes lo había estado a las órdenes del capitalista, es decir, siendo leal con ellos y conmigo mismo. Hice constar mi falta de convicción revolucionaria y mi protesta contra todas las dictaduras, incluso la del proletariado, y me comprometí únicamente a defender la causa del pueblo contra el fascismo y los militares sublevados. Me convertí en el «cama-rada director», y puedo decir que durante los meses de guerra que estuve en Madrid, al frente de un periódico gubernamental que llegó a alcanzar la máxima tirada de la prensa republicana, nadie me molestó por mi falta de espíritu revolucionario, ni por mi condición de «pequeño burgués liberal», de la que no renegué jamás.
Vi entonces convertirse en comunistas fervorosos a muchos reaccionarios y en anarquistas terribles a muchos burgueses acomodados. La guerra y el miedo lo justificaban todo.

Hombro a hombro con los revolucionarios, yo, que no lo era, luché contra el fascismo con el arma de mi oficio. No me acusa la conciencia de ninguna apostasía. Cuando no estuve conforme con ellos, me dejaron ir en paz.
Me fui cuando tuve la íntima convicción de que todo estaba perdido y ya no había nada que salvar, cuando el terror no me dejaba vivir y la sangre me ahogaba. ¡Cuidado! En mi deserción pesaba tanto la sangre derramada por las cuadrillas de asesinos que ejercían el terror rojo en Madrid como la que vertían los aviones de Franco, asesinando mujeres y niños inocentes. Y tanto o más miedo tenía a la barbarie de los moros, los bandidos del
Tercio y los asesinos de la Falange, que a la de los analfabetos anarquistas o comunistas.
Los «espíritus fuertes» dirán seguramente que esta repugnancia por la humana carnicería es un sentimentalismo anacrónico. Es posible. Pero, sin grandes aspavientos, sin dar a la vida humana más valor del que puede y debe tener en nuestro tiempo, ni a la acción de matar más trascendencia de la que la moral al uso pueda darle, yo he querido permitirme el lujo de no tener ninguna solidaridad con los asesinos. Para un español quizá sea éste un lujo excesivo.

Se paga caro, desde luego. El precio, hoy por hoy, es la Patria. Pero, la verdad, entre ser una especie de abisinio desteñido, que es a lo que le condena a uno el general Franco, o un kirguis de Occidente, como quisieran los agentes del bolchevismo, es preferible meterse las manos en los bolsillos y echar a andar por el mundo, por la parte habitable de mundo que nos queda, aun a sabiendas de que en esta época de estrechos y egoístas nacionalismos el exiliado, el sin patria, es en todas partes un huésped indeseable que tiene que hacerse perdonar a fuerza de humildad y servidumbre su existencia. De cualquier modo, soporto mejor la servidumbre en tierra ajena que en mi propia casa.
Cuando el gobierno de la República abandonó su puesto y se marchó a Valencia, abandoné yo el mío. Ni una hora antes, ni una hora después. Mi condición de ciudadano de la República Española no me obligaba a más ni a menos. El poder que el gobierno legítimo dejaba abandonado en las trincheras de los arrabales de Madrid lo recogieron los hombres que se quedaron defendiendo heroicamente aquellas trincheras. De ellos, si vencen, o de sus vencedores, si sucumben, es el porvenir de España.

El resultado final de esta lucha no me preocupa demasiado. No me interesa gran cosa saber que el futuro dictador de España va a salir de un lado u otro de las trincheras. Es igual. El hombre fuerte, el caudillo, el triunfador que al final ha de asentar las posaderas en el charco de sangre de mi país y con el cuchillo entre los dientes —según la imagen clásica— va a mantener en servidumbre a los celtíberos supervivientes, puede salir indistintamente de uno u otro lado. Desde luego, no será ninguno de los líderes o caudillos que han provocado con su estupidez y su crueldad monstruosas este gran cataclismo de España. A ésos, a todos, absolutamente a todos, los ahoga ya la sangre vertida. No va a salir tampoco de entre nosotros, los que nos hemos apartado con miedo y con asco de la lucha. Mucho menos hay que pensar en que las aguas vuelvan a remontar la corriente y sea posible la resurrección de ninguno de los personajes monárquicos o republicanos a quienes mató civilmente la guerra.

El hombre que encarnará la España superviviente surgirá merced a esa terrible e ininteligente selección de la guerra que hace sucumbir a los mejores. ¿De derechas? ¿De izquierdas? ¿Rojo? ¿Blanco? Es indiferente. Sea el que fuere, para imponerse, para subsistir, tendrá, como primera providencia, que renegar del ideal que hoy lo tiene clavado en un parapeto, con el fusil echado a la cara, dispuesto a morir y a matar. Sea quien fuere, será un traidor a la causa que hoy defiende. Viniendo de un campo o de otro, de uno u otro lado de la trinchera, llegará más tarde o más temprano a la única fórmula concebible de subsistencia, la de organizar un Estado en el que sea posible la humana convivencia entre los ciudadanos de diversas ideas y la normal relación con los demás Estados, que es precisamente a lo que se niegan hoy unánimemente con estupidez y crueldad ilimitadas los que están combatiendo.

No habrá más que una diferencia, un matiz. El de que el nuevo Estado español cuente con la confianza de un grupo de potencias europeas y sea sencillamente tolerado por otro, o viceversa. No habrá más. Ni colonia fascista ni avanzada del comunismo. Ni tiranía aristocrática ni dictadura del proletariado. En lo interior, un gobierno dictatorial que con las armas en la mano obligará a los españoles a trabajar desesperadamente y a pasar hambre sin rechistar durante veinte años, hasta que hayamos pagado la guerra. Rojo o blanco, capitán del ejército o comisario político, fascista o comunista, probablemente ninguna de las dos cosas, o ambas a la vez, el cómitre que nos hará remar a latigazos hasta salir de esta galerna ha de ser igualmente cruel e inhumano. En lo exterior, un Estado fuerte, colocado bajo la protección de unas naciones y la vigilancia de otras. Que sean éstas o aquéllas, esta mínima cosa que se decidirá al fin en torno de una mesa y que dependerá en gran parte de la inteligencia de los negociadores, habrá costado a España más de medio millón de muertos. Podía haber sido más barato.
Cuando llegué a esta conclusión abandoné mi puesto en la lucha. Hombre de un solo oficio, anduve errante por la España gubernamental confundido con aquellas masas de pobres gentes arrancadas de su hogar y su labor por el ventarrón de la guerra. Me expatrié cuando me convencí de que nada que no fuese ayudar a la guerra misma podía hacerse ya en España.

Caí, naturalmente, en un arrabal de París, que es donde caen todos los residuos de humanidad que la monstruosa edificación de los Estados totalitarios va dejando. Aquí, en este hotelito humilde de un arrabal parisiense, viven mal y esperan a morirse los más diversos especímenes de la vieja Europa: popes rusos, judíos alemanes, revolucionarios italianos…, gente toda con un aire triste y un carácter agrio que se afana por conseguir lo inasequible: una patria de elección, una nueva ciudadanía. No quiero sumarme a esta legión triste de los «desarraigados» y, aunque sienta como una afrenta el hecho de ser español, me esfuerzo en mantener una ciudadanía española puramente espiritual, de la que ni blancos ni rojos puedan desposeerme.
Para librarme de esta congoja de la expatriación y ganar mi vida, me he puesto otra vez a escribir y poco a poco he ido tomando el gusto de nuevo a mi viejo oficio de narrador. España y la guerra, tan próximas, tan actuales, tan en carne viva, tienen para mí desde este rincón de París el sentido de una pura evocación. Cuento lo que he visto y lo que he vivido más fielmente de lo que yo quisiera. A veces los personajes que intento manejar a mi albedrío, a fuerza de estar vivos, se alzan contra mí y, arrojando la máscara literaria que yo intento colocarles, se me van de entre las manos, diciendo y haciendo lo que yo, por pudor, no quería que hiciesen ni dijesen.

Y luchando con ellos y conmigo mismo por permanecer distante, ajeno, imparcial, escribo estos relatos de la guerra y la revolución que presuntuosamente hubiese querido colocarsubspecie ceternitatis. No creo haberlo conseguido.
Y quizá sea mejor así”.

LO NO CONTADO POR LA ARQUEOLOGÍA: “EL EVOLUCIONISMO ES UN GRAN FRAUDE”

El traje nuevo del emperador, también conocido como “El rey desnudo”, es un cuento de hadas danés escrito por Hans Christian, muy aplicable a la situación actual en la arqueología y que nadie se atreve a decir: “La evolución humana es un gran fraude”.
Para los Paleontólogos, los registros fósiles no demuestran la evolución. No existe un fósil con algo generacional que se vea que se está transformando de un ser a otro, no hay órganos en ellos que no existieran en el original.
La Selección natural, no ha producido una especie nueva. El que un individuo mejor adaptado a su medio tenga más posibilidades, no explica la aparición de nuevas especies. Las mutaciones no producen nuevas generaciones genéticas. Las mutaciones que son cambios de material genético no producen nada. La “Transferencia lateral” de los genes siempre ha sido dentro de la misma especie.

Lucy, propuesta de eslabón perdido, es fallida, se la ha representado con características humanas para dar imagen de similitud. Su cadera no aporta nada fiable sobre bipedismo con resultados poco fiables Una criatura antropoide no es evidencia de evolución, su anatomía estaba para vivir en los árboles. Estos fraudes siempre van acompañados de otro descubrimiento: ¡Ahora si lo hemos encontrado! (Atapuerca).
Los arqueólogos son unos prestidigitadores que llevan mucho tiempo mareando la perdiz con el llamado Racionamiento circular: “Si este fósil tiene 20 millones de años, la capa que lo sostiene en donde es hallado, tiene 20 millones de años porque tiene un fósil de 20 millones años, y vuelta a empezar”. No tenemos un registro geológico coherente.
Desde tiempos muy lejanos la filosofía materialista ha intentado explicar de qué manera ha podido aparecer la vida en la tierra, el horizonte de este paradigma parece borrarse y a veces surge como en las células sin intervención externa (la divina se descarta por sí misma).

La información genética reside en el orden, de modo que esto proviene de una mente inteligente, no se forma de una manera espontanea. Químicamente no se enlazan de forma espontánea. Un proceso que se encuentra en el núcleo en donde reside el ADN que se encuentra en paquetes individuales: cromosomas. Cada célula contiene una copia de los 23 cromosomas que conforman el ADN del ser humano. Cada célula contiene la información necesaria para el funcionamiento de nuestro cuerpo. Para que un ser humano se pueda reproducir se necesita la información genética y las proteínas, la cuestión está en saber cómo se formó la información genética y las proteínas. Una cosa u otra, la biología y la bioquímica tienen la respuesta.
No hay nada que demuestre, científicamente, la unión del hombre actual con los homínidos, ni mucho menos el salto entre una especie a otra. Del origen del Homo sapiens no se sabe, todo tan solo son meras suposiciones para justificar subvenciones y llenar folios en tesis doctorales que se solapan unas con otras para quedar muy pronto en el olvido.

LA BOCCA DI LEONE

En Jerez de la Frontera, la “realidad” no es exactamente el suelo que pisamos ni el traje que habitas, sino algo tan excitante como raro, aunque lo parezca. Es necesario tener bien templada la atención para asumir lo real como lo que es y no como aquello que algunos se empeñan que sea.
En una esquina de Jerez, poco agraciada, hay una Boca de León. El origen de los buzones con cara y boca de león parte de Venecia, en donde la Bocca di Leone (Boca de León), servía para que cualquier veneciano de manera anónima pudiera introducir por ella un papel en el que se denunciaba a una persona y los motivos por los que daba chivatazo. Esto creó un ambiente de delación en el que todo el mundo podía ser acusado, fueran ciertas o no ciertas las palabras que había escritas en ese papel.
Entre las justificaciones en que se fundamentaba el uso de la denuncia anónima se encuentra el de calificarla como un medio de igualdad social, que permitía a personas humildes poner en conocimiento de las autoridades los crímenes cometidos por individuos situados en estamentos superiores, sin peligro de que dicha denuncia les acarrease a posteriori represalias.
Las nuevas tecnologías han modernizado (cambiado) a la “bocca di leone” no ha desaparecido de la sociedad actual, simplemente la encontramos actualizada.

EL GAFAPASTAS

Uno ha de tener la suerte de que le lleguen las historias que le corresponde escribir. Las mejores no surgen en la imaginación, sino que vienen desde fuera y se presentan de manera objetiva.
Tengo mi propio y único ser, y elijo abrir mi corazón para que se llene de amor, compasión y compresión, y expulsar de él todos los recuerdos dolorosos del pasado. Tengo la libertad para ser todo cuanto puedo ser. Ésta es la verdad de mí ser, y la acepto tal como es. En mi vida todo va bien.
Muchas personas no piensan el presente como un momento de la historia, como algo pasajero como lo fue todo lo anterior, sino como una especie de culminación a la Hegel. Y entonces renuncian a pensar que este presente puede ser cambiado, como fueron cambiados todos los anteriores. Es uno de los mejores trucos del inmovilismo: convencernos de que hemos llegado a alguna parte. Si quieres volar, tienes que renunciar a las cosas que te pesan.
¡Vivir! ¡Amar! ¡Ser jodidamente feliz!

ESCRITOS ÓRFICOS TEATRALIZADOS


La lectura del teatro es una de las experiencias más abarcadoras, en la que el lector debe complementar muchas ausencias con su propia imaginación. Por supuesto, claro que el teatro leído pierde frente a la representación.
El teatro, como práctica cultural, está presente en todos los espacios de la Tierra poblados por seres humanos. Yo creo que el teatro, al menos a veces, tiene que tender al disenso, llevarte a lugares donde hay contradicciones. Pero no todo el mundo quiere enfrentarse a esos dilemas, es un teatro perturbador. El teatro de Florencio Ríos (Chencho Zocar), lo es en gran medida. Paradójicamente, ese desasosiego en él, parece estimular su creatividad: cuando escribe dramaturgia, evidencia voluntad de experimentación, de búsqueda en un amplio espectro de convenciones dramáticas diversas. Es recurrente en su “Ciclo Alquímico de formas y colores”, la construcción de misterio, ya sea por la ambigüedad constitutiva de la poética de los textos, ya por su trabajo con algunos procedimientos cercanos al simbolismo teatral.
En este libro, Chencho Zocar parece encontrar en la escritura dramática una vía expresiva y poética de mayor expansión para su subjetividad. Parece recurrir aquí a una escritura órfica, a cuya sugestión se rinde sin lograr del todo transformarla en un instrumento dominable para producir sentido.

¿Y SI LA ARQUEOLOGÍA ES UNA FÁBRICA DE FAKE NEWS?

Desde que el mundo es mundo, la humildad y la modestia son virtudes escasas entre los arqueólogos y antropólogos, respecto al reconocimiento de su incompleto saber del vasto universo que nos rodea. Todo en ellos es meramente especulativo, quitando excepciones.
Mientras los arqueólogos andan predicando, desde sus púlpitos, bobadas a destajo sobre la desaparición del “Hombre Neandertal” (la antropología más de lo mismo), a mi vera, en la barra de un tabanco jerezano, veo a toda la feligresía con sus cuerpos físicos repletos, hasta las orejas, de genes neandertales. La provincia gaditana fue un espacio idóneo para las comunidades de neandertales cuando los fríos achucharon por el norte de Europa. El genoma de los gaditanos, contiene entre un 1% y un 3% de ADN neandertal, y me quedo corto, este porcentaje podría ser aún mayor.
El que poseamos móviles, tabletas, ordenadores y demás cacharrerías, no nos hace superiores, debemos desmontarnos del burro para ser, por un momento, sobrios y moderados en todo ese cúmulo de tonterías que soltamos.

NOTA RECOMENDABLE: Deje de usarse la palabra Neandertal como un insulto lleno de prejuicios.

ANTONIO LOBO

Como tendemos a pensar que el código visual es universal, solemos caer en la trampa de querer descifrar el significado de todas las fotografías con los códigos que nos son habituales.
La Fotografía no es ni una pintura ni… una fotografía; es un Texto, es decir, una meditación compleja, extremadamente engorrosa. La fotografía tiene como función ayudar a sobrellevar la angustia suscitada por el paso del tiempo, ya sea proporcionando un sustituto mágico de lo que éste se ha llevado, ya sea supliendo las fallas de la memoria y sirviendo de punto de apoyo a la evocación de recuerdos asociados.

El fotógrafo Antonio Lobo, visualiza lo que luego nos ha de mostrar, tras haber captado las esencias del mundo. Y para ello nada mejor que el impacto, el absurdo, el humor, la ambivalencia, hasta la complacencia y el énfasis que da el color, o la debilidad y el drama, si es por su carencia. La búsqueda de un color propio como expresión de identidad, forma parte de su discurso personal. En la composición de ciertas escenas y con el uso de los primeros planos, logra transmitir sensualidad, sentimiento y masculinidad.

Se destaca en Lobo, el énfasis puesto sobre la estética de sus imágenes a través de su cuidadoso trabajo de fotografía. Resulta difícil, en este fotógrafo sevillano, afincado en Jerez de la Frontera, sustraerse a la fascinación de su brillo y colorido, no sucumbir a su seducción. Esa inclinación natural que tiene al saber capturar y recrear segmentos reveladores de la realidad, más comprometidos. La ironía se completa, si nos percatarnos que los personajes comunes que los portan, en Antonio Lobo, no cumplen con el estereotipo.

El trabajo de este fotógrafo sin fronteras, no es entregado llave en mano, con sus instrucciones de uso y sus prohibiciones: es una labor abierta, necesariamente abierta, trabajo vivo que adquiere una dimensión fresca y un destino reciente en el individuo que lo observa. La historia de la obra en Antonio Lobo, tiene vida propia, porque cada imagen puede ser una nueva recreación. En cierto sentido el mirón curioso, le roba la imagen al fotógrafo. Se apropia de su fotografía.