UN PARAÍSO DE AMOROSO SILENCIO EN JEREZ

Todos estamos confinados en nuestra vida, y sin arte lo seguiríamos estando. Si no ves o sientes cualquier forma de arte te estás perdiendo una parte fundamental del pensamiento humano. El arte consiste en usar un medio sensual para plasmar las emociones y los temas que preocupan profundamente a la sociedad en cada época, y creo que el arte de nuestro siglo debe representar o sugerir esas partes de la realidad que ha revelado la ciencia desde el descubrimiento de la mecánica cuántica y el mundo subatómico, así como el mundo supergaláctico que están descubriendo los telescopios. Es decir, ese mundo infinitamente pequeño y ese mundo infinitamente grande que no vemos porque está a una escala distinta de la humana. Esto lo ha descifrado muy bien el artista Guino García que expone en “Espacio Abierto Jerez”, sitio que no es un bar, no es una galería de arte. ¡Descúbrelo! Está en la antigua judería jerezana, calle Álvar López.
Interpretamos que lo único que cambia el mundo es buscar alternativas y hacer cosas. En este sentido, lo que hay que hacer es mirar hacia afuera, y te das cuenta de que tu problema no es que haya pocas ideas, sino que hay poco tiempo para tantas ideas e historias interesantes como flotan por ahí. Esto lo han entendido dos hermanas (Lucia & Marina) que han inaugurado un lugar fascinante llamado “Espacio Abierto Jerez”, en donde según sus palabras es “un espacio donde leer, trabajar con el portátil, hacer exposiciones de arte, presentaciones de libros”.

LOS “PSICOPUTA” EN JEREZ DE LA FRONTERA

Así se llama a esas personas que tienen una capacidad especial para terminar averiguando cuales son nuestros puntos calientes, nuestras debilidades, las cosas que de verdad nos tocan el corazón. Son aquellos que sin cometer un delito pueden llegar a hacer de tu vida un verdadero infierno. Compañeros de trabajo que terminan quitándote tu puesto, te roban tu trabajo, van contando mentiras.
Un psicoputa puede sorprender positivamente, pues no se comporta como un loco. Al contrario, le gustan los desafíos y busca ser el mejor en lo que hace. Puede ser hombre o mujer, en estas últimas se encuentra un plus de encanto, seducción y manipulación.

Los psicópatas integrados (psicoputa) van a por las personas que tienen dinero, capacidades intelectuales altas, un nivel académico importante. Suelen hacer el llamado fenómeno espejo. Te pregunta tus interioridades, tus gustos, se interesa por tus ilusiones. Te estudia para luego reflejarse, hacerse ver ante ti como tu alma gemela. Hace que creas que coincides en todo para obtener algo de ti. Son depredadores sociales, sexuales, te pueden arrebatar, la vida, las cuentas corrientes, dejan a las personas totalmente vacías.
Un psicoputa tiene grandes posibilidades de salir bien en un proceso selectivo para una vacante de empleo. Él es tan encantador y seductor que conquista la simpatía de quien está realizando el reclutamiento. Después de que se inserta en la empresa, difícilmente los compañeros de trabajo pueden percibir que están tratando con alguien que tiene el trastorno.

Ellos pueden arruinar empresas y familias, provocar intrigas, destruir sueños, pero en su mayoría no matan, y, precisamente por eso, permanecen por mucho tiempo o hasta una vida entera sin ser descubiertos o diagnosticados, porque son encantadores, elocuentes, y en el caso de que se trate de una persona que no sea una persona que no sea de su familia, son mentirosos acostumbrados, parásitos, jefes tiranos, pedófilos, líderes natos de la maldad.
Un psicoputa no le gusta ver a otros profesionales sobresaliendo, posee una locuacidad verbal enorme y sabe muy bien lo que tiene que decir, sabe cómo convencer, y es muy eficaz en ver quien sirve en la empresa y quién no. Quiere ante todo prosperar a cualquier precio, va a querer resultados a costa de lo que sea, aunque sea pasando por encima de las personas.

Las profesiones en donde más abundan o se les puede encontrar son: comerciales (ventas), policía, periodista, cirujano, funcionario público, cocinero, abogado, gerente o ejecutivo de una empresa, famosos de la tele o radio, clérigo.
El tener rasgos de psicopatía no te hacen un psicoputa. No se puede mirar el trastorno mental como delincuencia. Los psicoputa son criados en ambientes disfuncionales con padres demasiados permisivos. Nos eligen y no escogen a las personas débiles sino a aquellas de las que pueden obtener algo. En la vida los psicoputa nos ven como si estuviéramos en un tablero de ajedrez. Juegan a su “locura lucida”.

EL “DON” DE LOS JEREZANOS

La fe es un principio de acción y de poder. Cuando nos esforzamos por alcanzar una meta digna, estamos ejerciendo la fe, porque demostramos nuestra esperanza en algo que aún no podemos ver.
Entre los factores que intervienen en la fe, aparecen la moral, la razón y los sentimientos. Se habla de fuerza moral cuando la fe es impulsada por el miedo a un castigo divino o por la ambición de alcanzar un cierto premio. La fuerza racional, en cambio, se nutre de preceptos que se mezclan con pruebas de tiempos pasados. Por último, la fuerza sentimental o emocional aparece cuando la fe tiene su punto de partida en un anhelo y contribuye a mejorar la autoestima del sujeto.

La palabra fe deriva del término latino fides y permite nombrar a aquello en lo que cree una persona o una comunidad. También hace referencia a una sensación de certeza y al concepto positivo que se tiene de un individuo o de alguna cosa.
La fe es la seguridad o confianza en una persona, cosa, deidad, opinión, doctrinas o enseñanzas de una religión. También puede definirse como la creencia que no está sustentada en pruebas, además de la seguridad, producto en algún grado de una promesa. Por lo general, se constituye como la base o el sustento de las religiones, ya que los fieles confían en las normas que les son suministradas por las autoridades religiosas.

La realidad es que la idea de trascendencia en Jerez de la Frontera, suma bienestar y también, fortaleza. La fe tiene una influencia directa en la persona nacida en Jerez, en su modo de vivir. Por ejemplo, aquellas personas que tienen unas profundas creencias religiosas cuentan con un soporte añadido emocional, a la hora de hacer frente a una enfermedad o a la muerte.
El “don” de los jerezanos es su fe, Es un regalo con el que se nace o se carece de él. No se compra por Internet o en una Gran superficie comercial, tampoco se hereda.

LO QUE LA PRENSA DE JEREZ NO SE ATREVE A CONTAR

La Biblia no dice nada de la inteligencia artificial, sobre ingeniería genética o el cambio climático. Muchas de las cosas que están pasando son tan increíbles que tendemos a no creerlas, aunque las tengamos delante.
Hablar es peligroso, te desprestigian, ridiculizan y te cuelgan el sambenito de teorías conspirativas. El futuro es tan incierto que la gente busca certezas, se centran en las historias que conocen y que ofrecen la promesa de una verdad invariable.

Hay 15 temas que los medios de comunicación tienen prohibido “TOCAR”.
1.º Accidente nuclear de Fukushima.
2.º Conflicto Palestina-Israel en donde todos los días mueren seres inocentes, es un genocidio, todo aquel que trata este tema es considerado antisemita.
3 º Colapso económico y el falso optimismo (El colapso empezó febrero 2018).
4.º Peligros de la tecnología móvil.
5.º Nuevas terapias alternativas (La industria farmacéutica controla).
6.º Descubrimientos arqueológicos de civilizaciones antiguas, no se muestran los verdaderos hallazgos.

7.º Modificación climática (Chemtrails).
8.º El fenómeno pedofilia-pizzagate.
9.º Acelerador de partículas (Ginebra), tecnología que no se tiene claro su control y abre portales a conciencias operando.
10.º Ciudades subterráneas (bases-ciudades que la elite tiene preparada para una emergencia).
11.º Informante “Q Anon”.
12.º La verdad de lo que pasó en las Torres Gemelas.
13.º El Planeta Nibiru.
14.º Actividad de ovnis.
15.º Lo que sucede en la Antártida.

No importa si no lo crees. La prensa de Jerez de la Frontera está sorda ante su presente.

MARIQUITAS JEREZANOS QUE ESTÁN EN EL CIELO

En esta infantilización de la sociedad actual, aflora algo propio de la inmadurez: el miedo. Hoy, en el mundo más seguro que ha visto la historia, se vive acojonado, se vive aterrado. Tenemos miedo de todo en medio de una “sociedad del pánico”, una “colectividad asustadiza”, ultraconservadora, queriendo quedar bien con todo quisqui. Lo llamado políticamente correcto.
Hubo un tiempo en el que se hablaba en “cristiano”, en donde las fiambreras eran fiambreras y no “tupperware” (tupper), y los homosexuales eran mariquitas o maricones, no gais.
De esa época, y de su santoral jerezano no beatificado, tomamos dos bienaventurados: MARISCAL. Célebre mariquita, barbero y anticuario, de la calle Guadalete. Apasionado imitador de las tonadilleras Conchita Piquer –– a la que siempre llamaba respetuosamente “Doña Concha”–– , de Lola Flores y Juana Reina, a las que admiraba por encima de todo y cuyas canciones acostumbraba a cantar en verbenas, fiestas familiares y otros acontecimientos. Para ello improvisaba un mínimo atuendo femenino, con mucha gracia, en el que no le faltaba nunca el imprescindible abanico, formado con un trozo de cartón o unas hojas de periódico.
Se llamaba José Mariscal y era persona culta, bien vestida, siempre de chaqueta y corbata, y muy educada, que conocía a todo el mundo y todo el mundo le apreciaba y respetaba porque no se metía con nadie. Contaba infinidad de historias, especialmente relacionadas con su condición de afeminado, que no ocultaba, debido a lo cual estuvo varias veces en prisión, durante la persecución que sufrieron los homosexuales, en la Dictadura Franquista.

JUANITO EL DE LA MERCÉ. Viejo mariquita que se ocupaba de lavar y planchar las sotanas de los frailes mercedarios. Aunque de aspecto aparentemente serio, tenía fama de ser muy ocurrente y gracioso, y también muy beato. Gran devoto de Ntro. P. Jesús del Prendimiento, no faltaba cada año a sus besapiés, dedicándose a limpiar, con un pañuelito de seda los besos que los fieles iban depositando. Se cuenta que, una vez, fue al viejo Teatro Villamarta y acostumbrado, como estaba, a moverse dentro de las iglesias, al pasar por el pasillo central del patio de butacas, se inclinó y se persignó, como si pasara ante un altar.

FUENTE: Juan de la Plata, otros.

FIN DE CURSO

El baile flamenco es la forma de transmitir una cultura expresándola a través del movimiento del cuerpo con el apoyo de la guitarra y el cante, que le prestan la música, el compás y el ritmo imprescindibles para su realización.
“Una escuela de baile es un conjunto de rasgos, de características, que definen una forma de bailar con una personalidad propia. Son rasgos predominantes, pero no privativos. Los posee el baile de cuantos son identificados con ella, pero los pueden poseer también, en mayor o menor medida, bailaores y bailaoras que pertenezcan a otras escuelas. Estas maneras imprimen al baile un aire de familia, pero ni excluyen, ni ahogan la individualidad de cada bailaor. Porque el flamenco es en su misma esencia un arte de individualidades”.
Las academias de flamenco en Jerez de la Frontera cumplen un importante papel en la difusión de este arte, cuyo aprendizaje en sus distintas expresiones (cante, baile y toque) continúa proliferando fuera de los circuitos de la formación reglada de conservatorios y escuelas de danza.
Los diferentes estilos del flamenco, se clasifican en estructuras denominadas “palos”, en Jerez se trabaja el palo de las Bulerías. Las Bulerías son un palo caracterizado por su cante bullicioso, generalmente para bailar, cuyo origen data de finales del s.XIX. Se distingue por su ritmo rápido y redoblado compás, que admite mejor que ningún otro estilo, gritos de alegría y expresivas voces de jaleo. Dentro de las diversas variantes en el cante por Bulerías, las Bulerías de Jerez son las más comúnmente interpretadas por los artistas y aficionados.

MANUEL CHAVES NOGALES, UN ESPAÑOL DE VERDAD

El periodista sevillano Chaves Nogales, en su libro “A sangre y fuego”, escribe un prólogo para la eternidad. Escrito este que debe llegar a todos los educadores y a alumnos. Sabrán los jóvenes reconocer la realidad de aquellos que siendo capaces de hacerlo todo, no hicieron nada.

PRÓLOGO
“Yo era eso que los sociólogos llaman un «pequeño burgués liberal», ciudadano de una república democrática y parlamentaria. Trabajador intelectual al servicio de la industria regida por una burguesía capitalista heredera inmediata de la aristocracia terrateniente, que en mi país había monopolizado tradicionalmente los medios de producción y de cambio — como dicen los marxistas—, ganaba mi pan y mi libertad con una relativa holgura confeccionando periódicos y escribiendo artículos, reportajes, biografías, cuentos y novelas, con los que me hacía la ilusión de avivar el espíritu de mis compatriotas y suscitar en ellos el interés por los grandes temas de nuestro tiempo. Cuando iba a Moscú y al regreso contaba que los obreros rusos viven mal y soportan una dictadura que se hacen la ilusión de ejercer, mi patrón me felicitaba y me daba cariñosas palmaditas en la espalda. Cuando al regreso de Roma aseguraba que el fascismo no ha aumentado en un gramo la ración de pan del italiano, ni ha sabido acrecentar el acervo de sus valores morales, mi patrón no se mostraba tan satisfecho de mí ni creía que yo fuese realmente un buen periodista; pero, a fin de cuentas, a costa de buenas y malas caras, de elogios y censuras, yo iba sacando adelante mi verdad de intelectual liberal, ciudadano de una república democrática y parlamentaria

Si, como me ocurría a veces, el capitalismo no prestaba de buen grado sus grandes rotativas y sus toneladas de papel para que yo dijese lo que quería decir, me resignaba a decirlo en el café, en la mesa de la redacción o en la humilde tribuna de un ateneo provinciano, sin el temor de que nadie viniese a ponerme la mano en la boca y sin miedo a policías que me encarcelasen, ni a encamisados que me hiciesen purgar atrozmente mis errores. Antifascista y antirrevoluciona-rio por temperamento, me negaba sistemáticamente a creer en la virtud salutífera de las grandes conmociones y aguardaba trabajando, confiado en el curso fatal de las leyes de la evolución. Todo revolucionario, con el debido respeto, me ha parecido siempre algo tan pernicioso como cualquier reaccionario.
En realidad, y prescindiendo de toda prosopopeya, mi única y humilde verdad, la cosa mínima que yo pretendía sacar adelante, merced a mi artesanía y a través de la anécdota de mis relatos vividos o imaginados, mi única y humilde verdad era un odio insuperable a la estupidez y a la crueldad; es decir, una aversión natural al único pecado que para mí existe, el pecado contra la inteligencia, el pecado contra el Espíritu Santo.

Pero la estupidez y la crueldad se enseñoreaban de España. ¿Por dónde empezó el contagio? Los caldos de cultivo de esta nueva peste, germinada en ese gran pudridero de Asia, nos los sirvieron los laboratorios de Moscú, Roma y Berlín, con las etiquetas de comunismo, fascismo o nacionalsocialismo, y el desapercibido hombre celtíbero los absorbió ávidamente. Después de tres siglos de barbecho, la tierra feraz de España hizo pavorosamente prolífica la semilla de la estupidez y la crueldad ancestrales. Es vano el intento de señalar los focos de contagio de la vieja fiebre cainita en este o aquel sector social, en esta o aquella zona de la vida española. Ni blancos ni rojos tienen nada que reprocharse. Idiotas y asesinos se han producido y actuado con idéntica profusión e intensidad en los dos bandos que se partieran España.

De mi pequeña experiencia personal, puedo decir que un hombre como yo, por insignificante que fuese, había contraído méritos bastantes para haber sido fusilado por los unos y por los otros. Me consta por confidencias fidedignas que, aun antes de que comenzase la guerra civil, un grupo fascista de Madrid había tomado el acuerdo, perfectamente reglamentario, de proceder a mi asesinato como una de las medidas preventivas que había que adoptar contra el posible triunfo de la revolución social, sin perjuicio de que los revolucionarios, anarquistas y comunistas, considerasen por su parte que yo era perfectamente fusilable.

Cuando estalló la guerra civil, me quedé en mi puesto cumpliendo mi deber profesional. Un consejo obrero, formado por delegados de los talleres, desposeyó al propietario de la empresa periodística en que yo trabajaba y se atribuyó sus funciones. Yo, que no había sido en mi vida revolucionario, ni tengo ninguna simpatía por la dictadura del proletariado, me encontré en pleno régimen soviético. Me puse entonces al servicio de los obreros como antes lo había estado a las órdenes del capitalista, es decir, siendo leal con ellos y conmigo mismo. Hice constar mi falta de convicción revolucionaria y mi protesta contra todas las dictaduras, incluso la del proletariado, y me comprometí únicamente a defender la causa del pueblo contra el fascismo y los militares sublevados. Me convertí en el «cama-rada director», y puedo decir que durante los meses de guerra que estuve en Madrid, al frente de un periódico gubernamental que llegó a alcanzar la máxima tirada de la prensa republicana, nadie me molestó por mi falta de espíritu revolucionario, ni por mi condición de «pequeño burgués liberal», de la que no renegué jamás.
Vi entonces convertirse en comunistas fervorosos a muchos reaccionarios y en anarquistas terribles a muchos burgueses acomodados. La guerra y el miedo lo justificaban todo.

Hombro a hombro con los revolucionarios, yo, que no lo era, luché contra el fascismo con el arma de mi oficio. No me acusa la conciencia de ninguna apostasía. Cuando no estuve conforme con ellos, me dejaron ir en paz.
Me fui cuando tuve la íntima convicción de que todo estaba perdido y ya no había nada que salvar, cuando el terror no me dejaba vivir y la sangre me ahogaba. ¡Cuidado! En mi deserción pesaba tanto la sangre derramada por las cuadrillas de asesinos que ejercían el terror rojo en Madrid como la que vertían los aviones de Franco, asesinando mujeres y niños inocentes. Y tanto o más miedo tenía a la barbarie de los moros, los bandidos del
Tercio y los asesinos de la Falange, que a la de los analfabetos anarquistas o comunistas.
Los «espíritus fuertes» dirán seguramente que esta repugnancia por la humana carnicería es un sentimentalismo anacrónico. Es posible. Pero, sin grandes aspavientos, sin dar a la vida humana más valor del que puede y debe tener en nuestro tiempo, ni a la acción de matar más trascendencia de la que la moral al uso pueda darle, yo he querido permitirme el lujo de no tener ninguna solidaridad con los asesinos. Para un español quizá sea éste un lujo excesivo.

Se paga caro, desde luego. El precio, hoy por hoy, es la Patria. Pero, la verdad, entre ser una especie de abisinio desteñido, que es a lo que le condena a uno el general Franco, o un kirguis de Occidente, como quisieran los agentes del bolchevismo, es preferible meterse las manos en los bolsillos y echar a andar por el mundo, por la parte habitable de mundo que nos queda, aun a sabiendas de que en esta época de estrechos y egoístas nacionalismos el exiliado, el sin patria, es en todas partes un huésped indeseable que tiene que hacerse perdonar a fuerza de humildad y servidumbre su existencia. De cualquier modo, soporto mejor la servidumbre en tierra ajena que en mi propia casa.
Cuando el gobierno de la República abandonó su puesto y se marchó a Valencia, abandoné yo el mío. Ni una hora antes, ni una hora después. Mi condición de ciudadano de la República Española no me obligaba a más ni a menos. El poder que el gobierno legítimo dejaba abandonado en las trincheras de los arrabales de Madrid lo recogieron los hombres que se quedaron defendiendo heroicamente aquellas trincheras. De ellos, si vencen, o de sus vencedores, si sucumben, es el porvenir de España.

El resultado final de esta lucha no me preocupa demasiado. No me interesa gran cosa saber que el futuro dictador de España va a salir de un lado u otro de las trincheras. Es igual. El hombre fuerte, el caudillo, el triunfador que al final ha de asentar las posaderas en el charco de sangre de mi país y con el cuchillo entre los dientes —según la imagen clásica— va a mantener en servidumbre a los celtíberos supervivientes, puede salir indistintamente de uno u otro lado. Desde luego, no será ninguno de los líderes o caudillos que han provocado con su estupidez y su crueldad monstruosas este gran cataclismo de España. A ésos, a todos, absolutamente a todos, los ahoga ya la sangre vertida. No va a salir tampoco de entre nosotros, los que nos hemos apartado con miedo y con asco de la lucha. Mucho menos hay que pensar en que las aguas vuelvan a remontar la corriente y sea posible la resurrección de ninguno de los personajes monárquicos o republicanos a quienes mató civilmente la guerra.

El hombre que encarnará la España superviviente surgirá merced a esa terrible e ininteligente selección de la guerra que hace sucumbir a los mejores. ¿De derechas? ¿De izquierdas? ¿Rojo? ¿Blanco? Es indiferente. Sea el que fuere, para imponerse, para subsistir, tendrá, como primera providencia, que renegar del ideal que hoy lo tiene clavado en un parapeto, con el fusil echado a la cara, dispuesto a morir y a matar. Sea quien fuere, será un traidor a la causa que hoy defiende. Viniendo de un campo o de otro, de uno u otro lado de la trinchera, llegará más tarde o más temprano a la única fórmula concebible de subsistencia, la de organizar un Estado en el que sea posible la humana convivencia entre los ciudadanos de diversas ideas y la normal relación con los demás Estados, que es precisamente a lo que se niegan hoy unánimemente con estupidez y crueldad ilimitadas los que están combatiendo.

No habrá más que una diferencia, un matiz. El de que el nuevo Estado español cuente con la confianza de un grupo de potencias europeas y sea sencillamente tolerado por otro, o viceversa. No habrá más. Ni colonia fascista ni avanzada del comunismo. Ni tiranía aristocrática ni dictadura del proletariado. En lo interior, un gobierno dictatorial que con las armas en la mano obligará a los españoles a trabajar desesperadamente y a pasar hambre sin rechistar durante veinte años, hasta que hayamos pagado la guerra. Rojo o blanco, capitán del ejército o comisario político, fascista o comunista, probablemente ninguna de las dos cosas, o ambas a la vez, el cómitre que nos hará remar a latigazos hasta salir de esta galerna ha de ser igualmente cruel e inhumano. En lo exterior, un Estado fuerte, colocado bajo la protección de unas naciones y la vigilancia de otras. Que sean éstas o aquéllas, esta mínima cosa que se decidirá al fin en torno de una mesa y que dependerá en gran parte de la inteligencia de los negociadores, habrá costado a España más de medio millón de muertos. Podía haber sido más barato.
Cuando llegué a esta conclusión abandoné mi puesto en la lucha. Hombre de un solo oficio, anduve errante por la España gubernamental confundido con aquellas masas de pobres gentes arrancadas de su hogar y su labor por el ventarrón de la guerra. Me expatrié cuando me convencí de que nada que no fuese ayudar a la guerra misma podía hacerse ya en España.

Caí, naturalmente, en un arrabal de París, que es donde caen todos los residuos de humanidad que la monstruosa edificación de los Estados totalitarios va dejando. Aquí, en este hotelito humilde de un arrabal parisiense, viven mal y esperan a morirse los más diversos especímenes de la vieja Europa: popes rusos, judíos alemanes, revolucionarios italianos…, gente toda con un aire triste y un carácter agrio que se afana por conseguir lo inasequible: una patria de elección, una nueva ciudadanía. No quiero sumarme a esta legión triste de los «desarraigados» y, aunque sienta como una afrenta el hecho de ser español, me esfuerzo en mantener una ciudadanía española puramente espiritual, de la que ni blancos ni rojos puedan desposeerme.
Para librarme de esta congoja de la expatriación y ganar mi vida, me he puesto otra vez a escribir y poco a poco he ido tomando el gusto de nuevo a mi viejo oficio de narrador. España y la guerra, tan próximas, tan actuales, tan en carne viva, tienen para mí desde este rincón de París el sentido de una pura evocación. Cuento lo que he visto y lo que he vivido más fielmente de lo que yo quisiera. A veces los personajes que intento manejar a mi albedrío, a fuerza de estar vivos, se alzan contra mí y, arrojando la máscara literaria que yo intento colocarles, se me van de entre las manos, diciendo y haciendo lo que yo, por pudor, no quería que hiciesen ni dijesen.

Y luchando con ellos y conmigo mismo por permanecer distante, ajeno, imparcial, escribo estos relatos de la guerra y la revolución que presuntuosamente hubiese querido colocarsubspecie ceternitatis. No creo haberlo conseguido.
Y quizá sea mejor así”.