EL EUNUCO CORDOBÉS, HISTORIA DE UNA REGRESIÓN

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En realidad no soy de Córdoba, allá en el Al Andalus, aunque de siempre me han conocido por el mote del cordobés. Estamos en una mañana de primavera, cuando los hielos aun no se han retirado totalmente de las montañas. En el poblado reina ambiente de fiesta, nos encontramos inmersos en los preparativos para acudir a la boda que se realizará a tan solo un par de jornadas del lugar  por lo que debemos ponernos pronto en camino. El padre y  dos hermanos, a igual que la gran mayoría de los hombres de la aldea, ya se han adelantado unos días para ayudar  a los novios en la construcción de su nueva vivienda, como es tradicional en la región.
De pronto se hace un silencio inquietante, los animales dejan de emitir sonido y las gallinas de poner huevos, mientras los perros reculan con el rabo entre las patas buscando resguardo. Tan solo los rebuznos de los burros presagian, aunque tarde, lo que inmediatamente se abatirá sobre nuestras ingenuas cabezas en ese minúsculo pueblo ucraniano a orillas del rio Prut.
El relinchar de los caballos, los gritos de desesperación, las llamas y el dolor se esparcen por doquier. Huele a carne humana chamuscada, ese peculiar olor que se te mete por las fosas nasales y ya no te abandonará para siempre.
A todos los que quedamos vivos se nos reúne en un corral cercano, ahí se apartan los hombres y las mujeres enjutas, enfermas y desdentadas para ser pasados a cuchillo ante nuestros ojos desorbitados mas el corazón encogido de pánico y dolor. Infundir miedo es el medio más rápido para entumecer a la persona y someter su voluntad.
Una segunda selección separa a los niños de los mayores, los de pecho son arrancados de sus madres y llevados aparte donde son sacrificados introduciéndose vivos y desnudos en vasijas de barro para su maceración y transporte, destinados al consumo humano en poblaciones más allá de las montañas, donde sale el sol en el oriente.
Maniatados y unidos a una cuerda somos conducidos en carros de tiro dirección a Odesa, previamente no se ha dejado ningún testigo que cuente lo sucedido.
Se nos divide, unos cuantos embarcamos en pequeños botes de piratas que nos entregan a su vez a contrabandistas turcos, llegando con ellos al Mar de Mármara. Durante ese trasiego de naves, una noche soy bruscamente violado por un asqueroso y repugnante marinero turco que se ha empecinado conmigo, haciéndome sentir y conocer por primera vez a la edad de once años, la brutalidad y el dolor que implica el sexo no consentido.
Una vez navegado el Mar Egeo y llegado a las costas de Cerdeña pasamos a manos de los genoveses que nos llevan a Mallorca para ser vendidos. Tanto a mi como a dos chicos mas, nos compran unos judíos de Barcelona, quienes nos envían al puerto de Valencia para luego directamente ir a la fábrica de eunucos de Lucena. Han transcurrido ya casi dos años desde mi infeliz captura y alejamiento del pueblo que me vio nacer.

Los judíos tenían un próspero negocio establecido en Lucena, eran verdaderos expertos en cercenar los genitales de los esclavos como yo, destinados a eunucos para cuidar de los harenes árabes. La forma de hacerlo era muy cruenta, pues nos tendían en una tabla decúbito supino y cortaban de un solo tajo los genitales que sangraban, después eran cauterizados con una barra al rojo vivo. Algunos moríamos de esta cruel operación, pero el que lograba sobrevivir gozaba  de un relativo poder en los harenes de los señores adinerados.
Durante el periodo califal el mayor mercado de eunucos estaba en la capital, Córdoba, y las “fábricas” (porque así se denominaban) en Lucena (Córdoba) y Verdún (Francia). Cuando como en mi caso se nos capturaba, éramos trasladados a Lucena o Verdún para ser castrados mediante una brutal operación de la que no todos salíamos con vida. El comercio de este tipo de esclavos estaba controlado, casi en exclusiva, por los judíos.
Los habitantes de Eliossana (hoy Lucena; Córdoba), mayoritariamente judíos y dedicados a la producción de eunucos, que desde 1010 formaba parte del reino zirí de Granada, compran su libertad al caudillo almorávide y comienza el despegue económico de la ciudad (1090-1148).
“Los tratantes que vendían a las fábricas hacían acopio de niños y adolescentes cristianos que sus padres entregaban a regañadientes para asegurarles el porvenir, o los raptaban en aldeas, pueblos, pequeñas villas y en puertos o enclaves costeros, pues también eran piratas. Entre aquellas compras y capturas, muchas eran bellísimos chiquillos eslavos, como yo, tan distintos de turcos, arios, árabes y negros por nuestra nívea piel, ojos claros, casi siempre grises o azules, también verdes o amielados, y nuestras castañas, albinas o rubias cabelleras. De todos es sabido que la raza eslava es muy agradecida, pues aquellos muchachos a los que la siempre artera pubertad -tan tardía en esas tierras que puede hacerse esperar más allá de los quince años- haya corrompido su dulzura, pues “tinta de bermejo color y desproporciona  el tamaño del fruto que atesoran entre las piernas; agría, espesa y nimba su néctar casi transparente; puebla el pubis de bastos y rizados pendejos, llevando un vello oscuro a las piernas y a las axilas, que se hacen malolientes, y sombrea el labio superior con el bozo, anuncio de un aterrador bigote”. Al mismo tiempo, la pubertad arrasa el timbre más agudo y aterciopelado de la voz y afea sus gargantas con la llamada nuez de Adán, uno entre los llamados caracteres sexuales secundarios de la virilidad… Estos muchachos eslavos todavía “permanecen mucho tiempo lampiños, incluso de por vida, lo cual es virtud, pero son hombres falsamente aniñados, pues sólo el cordel o la cuchilla garantizan esa gracia hasta la vejez…”

La sabiduría aconsejaba a los judíos actuar con presteza. “Si aún es niño, cuando el eunuco blanco ha nacido para el gozo de los hombres, brillará como una joya entre la piel cetrina de sus amos. Si ya no lo es, y los estragos fueran pocos, recuperará su mancillado esplendor, sobre todo cuando la fatal hormona aún no ha alterado la voz: la flor recobrará su color natural y volverá a su tamaño infantil si la pubertad es incipiente, pero la verguilla seguirá irguiéndose y saludando las caricias con alegría hasta estremecerse con un orgasmo seco -con suerte destilará unas gotitas como perlas de rocío- pues, cuando ya lo ha gustado, casi nunca lo perderá, como la erección, aunque sea menos frecuente y haya que inducir, por la ausencia casi total de deseo”.
Bien es verdad que sólo a algunos eunucos blancos se nos destinaba al placer de los señores. También desempeñamos muchas labores en el harén masculino, “donde asimismo vivían los hijos legítimos del amo junto con los no reconocidos por él y los que hubiésemos del servicio. Entre estos últimos grupos, se contaban dos clases de niños: los azamograns, a los que se adiestraba para que fueran soldados, marineros, jenízaros, orfebres o carpinteros, entre otros oficios civiles o armados, todos ellos analfabetos; y los icoglans, que recibían una esmerada pero austera, si no monástica educación: se les enseñaba a leer y a escribir, así como los misterios de la religión, y los preparaban para menesteres más elevados como siervos predilectos del señor del harén. Yo fui un reputado icoglans con momentos álgidos y con caídas en desventuras, aunque estas últimas fueron las menos. Como todos los niños estuve al cuidado de los eunucos blancos, que eran mis maestros y a los que tenía respeto y miedo”.
Para el mundo en que vivía, “no había nada mejor que castrar a un chiquillo si es inteligente: no se distrae persiguiendo tontamente a las hembras, pues a la mayoría no le atraen, y se centra en el estudio, pierde la ambición propia de quien mira el futuro por sus hijos y, además, el carácter se le amansa y por ello, se somete como un guante a su suerte”.

Desde un primer momento disfruté de un destino mucho mejor que el de cualquier eunuco negro, “cuya mejor virtud a los ojos del amo residía en su fealdad, y al que la navaja no le perdonaba ninguna de sus partes: eran los sandali (limpios, afeitados). Dicen que la fuerza y dotación viriles de los negros son mucho mayores que las de los blancos y que podrían ayuntarse fácilmente, y por eso, habrán de hacer pis sentados; mientras que el eunuco blanco, llamado tilibas o semivir, a quien le cortan o le mortifican las gónadas por torsión, vendaje o aplastamiento, meará de pie. Excepción hecha de unos pocos, a los que sólo les siegan el bálano, herida en verdad muy cruel, pues estos desdichados seguirán siendo varones, impedidos, sí, mas con todos sus ardores. Y es que “la virilidad acrisola a los señores y soldados, y en ellos es virtud, pero distorsiona el temperamento de siervos y esclavos, aviva su egoísmo y los hace jactanciosos y soberbios, cuando no rebeldes o rufianes”.
“Por cautela a ningún eunuco blanco se le permitía entrar en los aposentos ni en los baños o hamman de las esposas y concubinas del gran señor, no fuera que resultara espadón con ínfulas de macho o se ayudare con insidiosos falos de madera, si solo estuviese podado”. Yo era uno de ellos.
Casi todos los cristianos llegaban al serrallo debidamente castrados (Serrallo es la parte de la vivienda musulmana donde habitan las mujeres). Si el destino de los eslavos como yo era Al’Andalus, nos aviaban a Lucena, donde se prodigaban hábiles cirujanos judíos, pues al musulmán le disgusta hacerlo, aunque en propiedad su religión sólo prohíba que se le practique esta sencilla operación a otro musulmán.
“Por lo que he entendido, si algún eunuco blanco debía volverse tan dulce como una niña, cuanto más infante mejor, pues antes se afemina un zagal si lo aligeran entre los tres y los ocho o nueve años, y con mayor supervivencia, que después, más crecido, cuando ya está algo resabiado y fantasea con ser muy hombre por haber perdido eso que llaman inocencia. Y es que muchos bribones comienzan a masturbarse a partir de esa tierna edad, los muy pícaros, algunos bien aleccionados por sacristanes y curas, otros por la vida en el campo, donde el ganado y la volatería hacen público su animal instinto sin recato ni pudor alguno”.
“Si el tiempo era soleado en Lucena, se capaba en un patio al aire libre; sino, en alguna habitación luminosa y ventilada. Al niño se le inmovilizaba como cuando se circuncida: dos ayudantes tiraban  de las muñecas y los tobillos o le pasaban los brazos por debajo de las corvas, de forma que no pudiera escabullirse, manotear o patalear, ni juntar las rodillas para proteger inútilmente sus partes íntimas. Una vez estuviera bien sujeto y libre el acceso a las ingles, el cirujano aproximaba una tablilla de madera donde, primero, apoyaba y estiraba su pequeño apéndice viril, asiéndolo firmemente de un pellizco en el prepucio, éste todavía bien uncido al capullo, para sajarlo de un tajo, por la raíz o muy por debajo del glande, con un pequeño cuchillo curvo y afilado. Luego, se le “volteaban y vaciaban las bolsas”. Era tan fácil y seguro como “coser y cantar”, me decían. Después, untaban la herida con aceites medicinales a punto de hervor no sólo para detener la hemorragia, sino también para evitar infecciones; por último, se le introducía una varita de plomo o una plumilla de ave en la uretra restante, para que el nuevo meato no se ocluyese e impidiera la micción, lo cual era muy grave, pues de tal complicación resultaba una muerte casi segura, uno o dos de cada diez esclavos así castrados fallecían”.

Mas tarde me enteré que era “mucho menos peligroso inutilizar con unas tenacillas los cordones espermáticos, cosa que se hacía desde la antigua Roma; más efectivo, aplastar y moler con los dedos las perniciosas criadillas, hasta que se diluyeran totalmente en su bolsa. Y lo más seguro: extraer ambos dídimos a cuchillo, a veces con todo y saco. Basta imaginar su resultado, esos airosos bolañillos suspendidos casi en el aire o emergiendo sobre la grácil colcha de esos bolsones, ya felizmente vacíos, a manera de solapas. Somos ángeles blancos mucho más allá de los veinticinco años, sexualmente cándidos pero algo perversos, la piel tersa y tierna, la voz para siempre clara y pura, más inteligentes y dóciles, pues nuestro carácter y temperamento acuerdan mejor con  la condición servil gracias a la muy estimable calma de los eunucos”.
Mi amo de Barcelona, como todos los judíos de la Edad Media en España, se dedicaron al comercio de esclavos, los sefardíes además traficaban con eunucos, trayendo esclavos a Lucena, donde los médicos hebreos nos castraban y para posteriormente enviarnos a los harenes musulmanes.
Los judíos acudían a los campos de batalla a comprar prisioneros cristianos, a los moros, para venderlos luego como esclavos en algún mercado del Mediterráneo.
Después de la batalla de Uclés (Cuenca) de 1108, en la que llegó a morir el infante Sancho, hijo de Alfonso VI, los mercaderes judíos compraron heridos y cautivos cristianos en el mismo campo de batalla. Por medio del historiador Al Maggarí se puede saber que después de la batalla de Alarcos de 1195, en la que el ejército de Alfonso VIII fue aplastado y la población arrasada, muchos judíos compraron, en el escenario de la batalla, a supervivientes del ejército y del pueblo para venderlos luego con ganancias, en los mercados de la Andalucía musulmana o en el Norte de África.
Fui vendido y embarcado de nuevo en Almería, dirección primero a Túnez y después al Cairo, donde paso de mano en mano hasta morir infamemente apuñalado por defender a mi amo en una rencilla.
Puedo decir, sin temor a equivocarme, que he gozado en mi existencia, infinitamente más de riquezas y de placeres que de injusticias o dolores. He amado y me han amado, solo me arrepiento cuando he desertado de ser yo mismo para abdicar a favor del amor envenenado de una mujer, todo por ser un eunuco enamorado.

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