
El Enigmático Cilindro de Poder en Vélez Málaga. Así sucedió. Así transcurrió. Así me relataron los hechos: El sofocante calor envolvía las calles de Vélez Málaga, donde Ramiro Gutiérrez avanzaba con paso decidido, sus ojos hundidos y marcados por profundas ojeras que delataban su tormento interior.

Tras largos años de ausencia, una carta del museo ubicado en el antiguo Hospital de San Juan de Dios, construido en 1487, lo había convocado de regreso. Lucía, la directora del museo, lo recibió con premura y lo condujo hasta un despacho privado. Sobre una mesa de madera, una caja contenía un sello cilíndrico de piedra negra, tallado con símbolos enigmáticos.

“Pertenece a Astarté, la diosa cananea”, murmuró Ramiro, mientras un escalofrío lo recorría. “El león representa poder, pero también peligro”. Con un gesto brusco, cerró la caja. “Está maldito. Podría desencadenar desgracias”.

Esa noche, el sueño lo abandonó por completo. Su mente regresó a Ugarit, en Siria, veinte años atrás: la excavación, un ritual que fracasó, una energía oscura que casi lo devora.

Al amanecer, en el museo, explicó con voz grave: “Astarté personifica la fertilidad, la guerra y la venganza. Castiga a quienes profanan lo sagrado. Este sello invoca su poder”.
Lucía, con el rostro pálido, inquirió: “¿Podría emplearse con fines malignos?”.
“Sí, para sembrar el caos”, confirmó Ramiro.
“¿Cómo llegó hasta aquí?”.
“No lo sé, pero no puede permanecer aquí”.

Esa misma tarde, lo trasladaron a una antigua iglesia. Ramiro excavó un hoyo en el jardín y enterró el sello.
“¿No deberíamos destruirlo?”, cuestionó Lucía, dubitativa.
“No, debe permanecer oculto”, insistió él.
Al marcharse, una presencia invisible lo acechó. “Astarté, has regresado”, susurró.

Esa noche, un temblor sacudió la tierra en la iglesia. A las 3:33 a.m., Lucía despertó sobresaltada por un sueño: una figura sombría, con ojos llameantes, sostenía el sello. Corrió al jardín y descubrió el hoyo vacío. Ramiro llegó jadeante. “Esto es grave”, declaró.

Un viento gélido trajo consigo una risa espectral; una silueta escapó llevándose el sello. Al amanecer, el museo era un caos: objetos desplazados, guardias aterrorizados. Las grabaciones de seguridad revelaron sombras y una figura encapuchada que los observó fijamente antes de desaparecer.

“Alguien lo está utilizando”, afirmó Ramiro. “Debemos detenerlo”. Lucía, temblando, asintió. La ira de Astarté se cernía sobre ellos.
