CASAS MALDITAS GADITANAS Y OTRAS GAITAS

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No se podría afirmar o negar que lo que cuentan sea verdad o mentira, lo que sí es verdad es que el mundo de los espíritus está presente entre todos los gaditanos. Y no me refiero a que aseguren que su presencia es real, porque no lo saben, pero siempre hablan de que un amigo, un abuelo o una madre, vieron a un familiar ya fallecido.
Existen muchos indicios de que el fenómeno en Cádiz es real por estos pagos, casi todos tienen algún familiar que ha visto “algo” fuera de lo normal. Naturalmente algunos son más reservados y no lo cuentan, mientras otros se lanzan a narrar lo que vieron.


La ‘Casa de los espejos’ es una de las mayores leyendas situadas en Cádiz, en la que se han producido múltiples fenómenos extraños relacionados con espíritus. Existen pocos gaditanos que no conozcan la edificación y las leyendas que se cuentan sobre la ‘Casa de los espejos’. Sin duda alguna, esta supuesta “casa encantada” es, junto con la ‘Casa cuna’, las estandartes de la capital gaditana en cuestión de fantasmas.

Este edificio, situado cerca de la Alameda, es fuente de miradas cada vez que alguien pasa cerca a dicho edificio. La supuesta leyenda, básicamente, cuenta lo siguiente: En una casa como otra cualquiera, vivían un almirante, su mujer y su hija. El almirante casi siempre estaba fuera de casa por temas de trabajo, y como compensación al tiempo que había estado fuera, siempre regalaba a su hija un espejo de cualquier ciudad que el hombre visitaba, ya que a la hija le encantaba coleccionar tales espejos. Fueron tantos los viajes, que la niña acabó con una gran colección de espejos en su casa.
No se sabe cómo fue realmente, pero según la leyenda, la mujer del almirante y madre de la niña, atrajo tantos celos que envenenó a la niña mientras su marido estaba en uno de sus viajes. Se dice que la mujer no aguantaba que su marido sólo le hiciera caso a su hija.

Cuando el marido volvió, preguntó a su mujer que dónde estaba su hija, la mujer le dijo que su hija había tenido una grave enfermedad y había muerto. El padre, después de haber oído las declaraciones de su mujer, quedó decaído y con una gran depresión. En días posteriores, en los numerosos espejos que el hombre había comprado a su hija, se produjo un hecho insólito. Podía contemplarse la escena del crimen y su hija comunicándole a su padre que fue su madre quien la mató. El marido interrogó fuertemente a su mujer diciéndole lo que había visto. Su mujer empezó negando todo. Pero no tuvo más remedio que decir la verdad mientras lloraba, porque según ella estaba muy arrepentida. La mujer fue encarcelada y murió allí a los años. El padre, en cambio, se marchó de la casa y la abandonó.
Una ciudad como Cádiz, cargada de Historia, que de vieja chochea, está repleta de mil historias y no poco menos leyendas, sin faltar naturalmente las llamadas de fantasmas o de aparecidos. Por ejemplo la de la conocida Casa Pinillos o el muy renombrado fantasma de los baños Mora, y ni que decir los sustos llevados por el profesorado en la Facultad en el antiguo hospital donde se dijo que había un niño juguetón haciendo mil travesuras
Otra leyenda es la que habla de la enfermera del Hospital Puerta del Mar. En este lugar, según cuenta la leyenda, había una monja que durante sus años como sierva de Dios, empleaba gran parte de su tiempo en visitar a los enfermos terminales que se encontraban en el hospital Puerta del Mar, para intentar aliviar sus agonías. Por cuestiones personales, la monja colgó el hábito y se puso a trabajar. En un momento determinado se quedó sin empleo, desesperada acudió en busca de ayuda económica al hospital donde tantos días había ido para dar consuelo a aquellos seres humanos que se encontraban padeciendo en sus últimos días de vida. Allí hizo mucho amigos, no solo enfermos y familiares de estos, también, muchos trabajadores del hospital, incluso de la dirección, por lo cual no tardaron en ofrecerle un puesto de trabajo dentro del centro sanitario, concretamente en el departamento de medicina nuclear. Mas una vez que ella empezó como empleada del hospital, las cosas se torcieron bastante, la amable y simpática monja ya no parecía ser la misma de antes. Su actitud había dado un cambio radical, llegando a tener varios enfrentamientos serios con algunas empleadas, incluso llegando a amenazar a varias de ellas diciéndoles que el día que muriera se los llevaría uno a uno detrás de ella. En el hospital hubo un incendio en el departamento donde estaban los archivos, según sus propias compañeras este incendio fue provocado por ella. Esta señora y antigua monja tenía siempre una forma muy peculiar de vestir: bata azul y un pañuelo blanco en la cabeza, por lo que pudo ser reconocida por otras empleadas. En el incendio no hubo muertos ni heridos, solo algunos daños materiales. La leyenda dice que la monja se suele manifestar para enseñar el camino a los que están perdidos y luego desaparece. Cuentan los testigos, acostumbra a presentarse en las plantas bajas, en los ascensores en especial y sobre todo siempre durante las noches.
Una leyenda nos cuenta que la Virgen de la Candelaria, apareció dos años más tarde en el fondo de un pozo, cerca del mismo convento y que fue hallada con motivo de caer al mismo un niño el cual fue subido en el cubo del pozo sin sufrir ningún daño, gracias a una señora que le sonreía, según contó el chiquillo, y que no fue otra que la imagen de la Virgen de la Candelaria.

Esta historia sí que es verídica, como todas ellas, y sucedió hace muchos años en extramuros. Había un hombre que siendo joven gustaba de reunirse con algunos amigos a beber en el bar.
Un día, debió trasladarse hasta la cercana ciudad de Sevilla. A su regreso a Cádiz, ya bien de noche, se encontró con un amigo quien lo convidó a tomarse unos tragos, así que se dirigieron hasta un bar cercano a la iglesia de San José, que aunque ya hubiera cerrado, acostumbraba vender cuando llamaban a la puerta. Entre tanto, se fueron conversando por el camino.
Al llegar al bar, les abrió el dueño y atendió el pedido. Don Luis María con quien viene conversando usted? le preguntó. Don Luis contestó: aquí con el compadre Pedro Vargas. Eso es imposible, replicó el tendero. Por qué, Don Mariano? indagó don Luis María. La respuesta fue lapidaria: Porque al señor Pedro lo enterramos esta mañana.
Un frío helado recorrió la espalda de don Luis quien ignoraba la muerte de su amigo; Seguramente vino a despedirse de él, pues lo acompañó en amena conversación desde el muelle hasta San José. Al enterarse de la novedad, don Luis buscó afanosamente al compadre Pedro, pero este había desaparecido.
Una familia se mudó a una casa enorme de Cádiz de la Plaza el Mentidero. Cuando entraron había un cuadro de un payaso con la palma de la mano abierta, era muy bonito así que decidieron dejarlo.
Cuando llegó la noche todos se acostaron. A la mañana siguiente el padre de la familia murió. Nadie se dio cuenta en el payaso, pero en su mano había bajado un dedo. A los pocos días murió la madre y el payaso bajó otro dedo. Así fue haciéndolo hasta que ya tenía todos los dedos bajados menos el meñique. Aquella noche la casa se quemó y los bomberos fueron apagarla, pero lo único que pudieron salvar fue el cuadro del payaso. Después de pasar 10 años reformaron la casa y otra familia se mudó a vivir allí. Cuando entraron vieron el cuadro del mismo payaso con la palma de su mano abierta…
Cuentan que estaba una cuadrilla de albañiles remodelando una casa de la calle Ancha del casco antiguo, en el descanso del bocadillo los compañeros salieron a comprar y quedó solo uno de ellos en el piso y comenzó a oír acercarse a una persona, de pronto apareció ante el un señor mayor, cabizbajo y pensativo. El obrero se dirigió a él y le increpó: Buenos días, ¿cómo a entrado usted aquí? aquí no se puede entrar caballero, por lo que este hombre se dio la vuelta y se marchó lentamente, tras él se levantó el obrero y salió hasta la entrada, viendo que la puerta estaba cerrada, en ese momento volvía uno de sus compañeros y al entrar este le preguntó ¿quién era ese señor? ¿lo habéis dejado entrar vosotros? A lo que este le contestó: nosotros dejamos esta puerta cerrada y no hemos visto a nadie bajar la escalera al subir. Cuando al día siguiente se volvió a repetir la escena el albañil recogió sus cosas y salió en polvareda de esa casa y jamás volvió a entrar en ella.
En el número 14 de la plaza De Mina se cuenta de hace ya muchos años la existencia de la aparición de un fraile entre dos pisos de esa propiedad y por eso a la gente no le hacía mucha gracia pasar por ahí. También se agrega que este era un bulo levantado por una persona interesada en comprar la vivienda a buen precio.
En el Cerro del Moro que apareció un desconchón en la pared de una casa, y la gente empezó a decir que era Jesucristo. Se arremolinaron las gentes como si fueran las caras de Bélmez. Habían velas en el suelo estilo gruta milagrosa y muchas mujeres de rodillas rezando al desconchón. Salió en el Diario una entrevista con el dueño de la casa y decía que no le dejaban dormir, hasta que el Ayuntamiento le pintó la fachada y se terminó la corta historia.

Cuenta una leyenda que en Cádiz habían dos sirenas que embrujaban con su gracia y dulzura a gaditanos y gaditanas, con sus cantos los embelesaban. Los embrujados se reunían alrededor de ellas para oírlas cantar, sus caras reflejaban felicidad. Las sirenas les cambiaban fidelidad por prosperidad. No era raro entonces ver a esos gaditanos embrujados al amanecer reuniéndose para ir a su cita diaria con las sirenas,y por la tarde dar un paseo por la Plaza De Mina al fresquito, mas luego ir a la Plaza Pinto a comerse una caballita. Cuando llegaba la navidad esos gaditanos y gaditanas hacían las delicias de sus hijos con regalos y risas. Hasta el cielo parecía de otro color. Habían gaditanos que llevaban a sus hijos a la cita de las sirenas para que los embrujara, era todo felicidad, hasta que un día de 1985 un malvado brujo mató a una de las dos sirenas. Las mujeres y hombres embrujados lloraron la pérdida. Pasaron unos años y el brujo no contento con el daño causado a los gaditanos, logra causar más dolor envenenando a la segunda sirena. Los gaditanos tuvieron miedo mas furia y se levantaron contra el brujo. Un noble caballero que según cuentan amaba a las sirenas, logró arrebatar de las manos del brujo una poción, pero ya era tarde y la sirena quedó malherida. Desde entonces muchos gaditanos se fueron de Cádiz por melancolía, otros andan por la ciudad con la mirada perdida esperando el regreso de sus dos sirenas.

Hay una casa en la Plaza De Mina, que se donó en su día por los propietarios al Museo Arqueológico y que está a la espera de que se cumpla su propósito. De esta casona gaditana se habla mucho no faltando quien ha visto en ellas luces o deambular de personas cerca de sus ventanas. Y algunas noches en el parque Genovés se ve una luz blanca en forma de hombre que pasea tranquilamente hasta que entra en la cueva cuando va a salir por la otra parte, desaparece. En la esquina de la calle Sacramento con Columela hay una casa que tiene unas escaleras bastante empinadas. Cuentan algunos vecinos de ahí, que más de una vez ven bajar un cura que cuando llega al tramo justo antes de llegar a la puerta final se esfuma

En la tercera planta de la Diputación en Cádiz hay un fantasma que hace de las suyas, lo mismo que otro en el último piso de la Escuela de Artes y Oficios, el edificio que está pared con pared al museo arqueológico. Pero si hay un lugar que acojona a los gaditanos y los más valientes no dicen ni pio, es lo que sucede en las Bóvedas de San Roque, en la Fortificación de Puerta de Tierra. Sé de primera fuente, por conocer yo a un guarda jurado, no muy dado a miedos y más “palmas”, que estuvo trabajando en el lugar, las cosas “raras” que le sucedieron, además de las que vio. En los momentos muertos de su trabajo este guarda jurado se entretenía con un piano que ahí había, mas cuando salía a atender a alguien que llegaba, siempre le cerraban la tapa del piano. Las Bóvedas de San Roque fueron en los años cincuenta del siglo pasado, casa de recogida de niños abandonados regentada por monjas llamada Casa del Niño Jesús Pobre. Del periodo y mal trago el guarda jurado guarda como oro en paño una estampa de Santa Marta que ahí encontró, librándole esta de lo desconocido e inevitable malos ratos.

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