LAS 100 GALLINAS DE JEREZ

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Una noche oscura, sin luna alguna, noche del 29 de abril de 1906 varios individuos se acercaron a una finca, que se encontraba en el lugar conocido como Sotillo Viejo, violentaron la puerta y después de un rato desaparecieron junto con unas cien aves, entre gallinas y pollos. Su propietaria, María Domínguez León, montó un pollo morrocotudo y muy sonado en todo Jerez.
Hay que reconocer que las gallinas gozaban de prestigio social y que se codeaban con lo más granado de la localidad en donde todo mundo presume de mucho linaje y pedigrí. La encopetada señora María Domínguez León, estimó los daños causados en su finca en diez pesetas, mientras que las gallinas las valoró en tres pesetas cada una, aunque los peritos ajustaron el valor de todas las gallinas en 34,50 pesetas. Toda una fortuna de la época. Hay que apuntar que los ladrones no pudieron birlar a ocho gallinas ni a tres pollos que son las únicas aves que recuperó su dueña afligida por la pérdida de sus regordetes animalitos.
José Zúñiga Ramírez, José Caro Montenegro, José Rubio Gil y Manuel Palacios Mateos fueron reconocidos yendo a parar con sus huesos al trullo. Aunque no lograron dar con el paradero de José Palacios Mateos, declarado en rebeldía.

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Si el suceso tuvo lugar en 1906, el juicio “por robo de gallinas” se señaló para el 20 de noviembre de… ¡1912!
Poco antes de las nueve de la mañana esperaban a que se formara el tribunal del Juzgado de San Miguel de Jerez, en la Sala Segunda de la Audiencia, en el Palacio de Justicia.
El fiscal pidió cuatro meses de arresto mayor para José Zúñiga Ramírez, que en esos momentos se encontraba recluido en el penal de El Puerto de Santa María, y ya había sido condenado por hurto y estafa en otra ocasión. Para Manuel Palacios Mateos se pedía una pena de tres meses y once días de arresto. Aunque se hallaba en rebeldía, al tener noticias de que se iba a celebrar su juicio, se presentó voluntariamente. El fiscal pidió para él la pena de tres años, seis meses y veintiún días de prisión. El siguiente procesado era José Rubio Gil, que ya había sufrido juicio en tres ocasiones por hurto y en otra por lesiones. En esta causa el fiscal pedía para él la pena de cuatro años y dos meses de presidio.

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José Caro Montenegro, para quien el fiscal pedía una pena de tres meses y un día de arresto. En esos momentos servía a la Patria como soldado de artillería en Alcazarquivir, en el protectorado marroquí.
Después de escuchar la lectura de la parte del sumario correspondiente, el fiscal y los abogados defensores se ratificaron en sus conclusiones y, acto seguido, se procedió al examen de los procesados que no arrojó ninguna luz a los hechos ya que todos ellos negaron su participación en los mismos.
El soldado José Caro Montenegro, en los 34 meses de servicio que llevaba había sido condecorado con la Cruz del mérito militar, distintivo blanco, por haber sacado a su capitán de un torrente cuyas aguas se habían desbordado y lo estaban arrastrando. Para la defensa de José Rubio Gil, su abogado dijo que no podía presentar testigos de cargo pero había solicitado un documento que aclararía el proceso, así que, teniendo en cuenta que el mediodía estaba a punto de llegar, se suspendió la vista hasta las dos y media de la tarde. Este receso dio tiempo para que llegara el documento esperado, que no era otro que una certificación de la Secretaría del Ayuntamiento haciendo constar que el procesado José Rubio Gil estaba en el Hospital en los días del hecho de autos. A continuación, modificó sus conclusiones provisionales: retiró la acusación contra el procesado José Rubio Gil porque, a la vista del certificado expuesto, consideró que no había tomado parte en el delito; y con relación a José Caro Montenegro, después de oír su gesta heroica, lo consideró solamente como un encubridor. Para el resto de los procesados mantenía la acusación.

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La defensa expuso que no era posible robar cien gallinas en el silencio de la noche y no hacer ningún ruido; suponía entonces, que habría sido de día y sin necesidad de forzar ninguna puerta. Recomendaba imparcialidad a los jurados con una enérgica arenga: pues estos hombres, que ya habían cumplido su deuda con la sociedad estando privados de su libertad mucho más tiempo del que les pedía el fiscal, lo único que querían era salvar sus nombres del estigma de una condena.
Las 100 gallinas nunca aparecieron en Jerez, pueda ser que aun anden sueltas, aunque más de uno comió buen puchero, abogados incluidos. Los acusados quedaron libres.

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FUENTE: Colegio de Abogados, Juan Luis Sánchez Villanueva, otros

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