DIA DE TODOS LOS SANTOS EN SAN FERNANDO (CÁDIZ)

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A unos se les da bien unas cosas, a otros las suyas propias, y a Paco Blas se le ha otorgado, sin saber él por qué razón y para qué, el don de ver a los seres muertos. No todos naturalmente, si no sería un guirigay, tan solo a unos cuantos. Con algunos de ellos puede hablar, con otros no cruza ni media palabra.
Ver fantasmas o muertos, por denominarlos de alguna manera, tiene desde luego sus incomodidades para Paco Blas, por ejemplo escuchar sus pasos en el pasillo o dentro de su propia habitación en el momento que no lo desea, le ponen verdaderamente atacado de los nervios, y si encima intenta conciliar una siesta, ésta ese día es siesta perdida. Ni que decir cuando el desencarnado de turno ha sido inquieto en vida.
A los muertos Paco Blas los ve desenfocados, al principio le costó trabajo acostumbrarse a este tipo de visión, mas con el correr del tiempo se habitúo a ello y ya no echa de menos la falta de nitidez en los seres desencarnados,  sus ritmos de vivencias y cosas.
A estas alturas de sus años, puede decir sin temor a equivocarse que tiene buenas artes y mañas para charlar con estas personas fallecidas, mientras a su alrededor los demás tan sólo notan en él como si estuviera rezando o hablando en voz baja cosas ininteligibles.
Ochocientas cincuenta y siete monedas, ahí están”, escucha le dice refiriéndose al Callejón de Cróquer, un pintoresco pasaje en la isla San Fernando con tiestos a lado y lado del mismo. Quien se dirige a Paco Blas es un hombre de unos sesenta y pocos años con buen porte y altura, atuendo militar de la época napoleónica. Respondió en vida al nombre de  Francisco, llevando de apellido Miranda. Nació en tierras de ultramar, lo que hoy día es Venezuela, muriendo en el Penal de la Carraca o de las Cuatro Torres, por masón, enamorado, mujeriego, pendenciero y revoltoso.
—Ochocientas cincuenta y siete monedas de oro es una buena suma, en los días de ayer y no menos en los de hoy—, le contesta Paco Blas mientras se encuentra acodado sobre la barra del Bar Reverte en la calle Real, apurando una copa de vino de Chiclana, acompañada con la especialidad del local, consistente en  flamenquines.


Un día de Todos los Santos, de un año cualquiera, en el apeadero y estación de trenes Bahía Sur,  conozco a Paco Blas mientras hago tiempo a la espera  del próximo tren, el que me correspondía lo he perdido por estar haciendo el tonto. A estas horas el recibidor de la estación está prácticamente vacío, ha pasado la hora punta donde las gentes van dale que te pego a lo suyo, repletas de ilusiones y preocupaciones, ensimismadas en mundos sin sentido.
No sé por qué  Paco Blas se sienta a mi lado, la cuestión es que pronto  pegamos hebra. Me contó él,  como de golpe sus cosas se le torcieron en un abrir y cerrar de ojos, yéndole todo de mal en peor, hasta encontrarse con sus huesos durmiendo en la calle.
En su huida hacia adelante y a la par a ninguna parte, se halló un día sentado en un banco en el pueblo gaditano de San Fernando, cerca del albergue Hogar Federico Ozanám, en la mismísima calle Lope de Vega numero cincuenta de la antigua calle Comedias, llamada así en recuerdo al primer teatro en el pueblo del cual tan solo queda en el barrio uno pequeño reciclado en casa de alterne con putas venidas a menos, frecuentado por gentes de dudosa reputación y mal vivir.
En este albergue de acogida a las personas sin techo, regentado por las hermanas de la Orden de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, llamó a su puerta preguntando por Sor Ana, diciendo que le enviaban los Caballeros Hospitalarios de Cádiz. Quien le recibe y atiende en la portería es un antiguo cabo de la Legión, desdentado a causa de las arenas del Sahara, las mismas que a pesar del uso de pañuelos para cubrirse la cara, se te cuelan en las encías, causando a la larga y a la corta el desarbolado de toda la dentadura.
Con un maletín y cuatro cosas es admitido Paco Blas a pasar la noche bajo la condición de hablar con la asistenta social al día siguiente.
La habitación en el albergue asignada a Paco Blas es la tres y la cama adjudicada la uno, figurando en la tarjeta de admisión: 3-1, perdiéndose su nombre a todos los efectos. Entre los suelos limpios y las camas hechas se entretiene mirando el techo machacado por los pensamientos que cruzan por su cabeza, sin ofrecerle respiro alguno.
Esa noche se duerme pronto, inquieto, conciliando el sueño a saltos, despertándose a menudo llevado por la intranquilidad de su situación, viendo y sintiendo como en  poco tiempo ha caído desde el andamio de la comodidad  para verse rodeado de gente atormentada, ladronzuelos, yonquis, asiduos de prisiones y todo tipo de desterrados de reinos inciertos,
De sonido de fondo tiene Paco Blas, los ronquidos sobrenaturales de un compañero de habitación retumbando entre las paredes, acompasados con ventosidades sonoras, verdaderas descargas de fusilería dirigidas directamente a sus pesadillas.
Dormir, dormir, lo que se llama dormir, obviamente no puede, aunque de vez en cuando logra fundirse con la obscuridad total de la habitación. En estas se encuentra, cuando le ve a él por primera vez, llamándole la atención sus movimientos, los mismos que pueda tener alguien que desea pasar desapercibido. Se dirige a la puerta de entrada del cuarto, la abre y cierra con ruido. En la oscuridad puede apreciar Paco Blas que es un hombre joven, delgado, bien formado, cabello largo, un poco rizado, va con el dorso desnudo, viste tan solo ropa interior. A sus sentidos todo es rápido y claro, tan claro como minutos después le sigue el propietario de los ronquidos, con la diferencia que este sí regresa, eso si, es de anotar que no lo ve tan nítidamente como al joven.
A la mañana siguiente, después de varios días de haber estado tirado en la calle, sobre su cuerpo rueda el agua caliente de la ducha que completa con un meticuloso afeitado de oreja a oreja, cuidando de no dejar pelo en su barba sin tronchar. Se pone muda limpia, de las pocas que aún le quedan de la espantada precipitada en Granada capital. Del Albaicín  fue expulsado por no pagar el alquiler a su arrendataria Ángela, una enfermera cuyo principal atributo y único es el poseer un culo bíblico, majestuoso y monumental tamaño tres estadios.
Las calles de San Fernando son rectas, de un pueblo que floreció como Cádiz a partir de las naves que regresaban de las Indias, en sus atarazanas se reparó infinidad de barcos militares, no sorprende entonces que su población haya estado relacionada con la marina, engalanando la ciudad con casas señoriales.
En la plaza de la Iglesia Mayor se topa Paco Blas con el  joven de la noche anterior por tercera vez entrando a través de ese inmenso portón que da acceso al templo principal de la población. Desde el otro lado de la plaza y junto al hotel Roma no duda en reconocerlo. He dicho por tercera vez, dando a entender hay una segunda que no debe uno de saltar. La segunda ocasión fue en el cuarto de las duchas mientras se encontraba bañándose dispuesto a empezar el día, Estaba solo porque madrugó, evitando las aglomeraciones posteriores de gente,  antes que la campana sonará en el albergue llamando al desayuno.
Tenía él  la cortina del baño entreabierta, dejada a ex profeso para vigilar su bolsa de aseo, donde guarda además  de las cosas propias de baño, la cartera, el pasaporte, el móvil,  Le mira directamente a sus ojos a través del espejo. Él también le atisba. Esta vez va en vaqueros, camiseta y zapatillas deportivas. Todo es rápido y no le presta más atención por encontrarse pendiente  de cuidar sus pertenencias a la par de los que van o vienen. Cuando sale de la ducha ya se ha marchado y pronto se olvida del joven, hasta este preciso momento cuando lo encuentra de nuevo, como ya he dicho entrando en la Iglesia Mayor parroquial de San Pedro, San Pablo y los Desagravios en la plaza principal del pueblo.
Dentro de la Iglesia Mayor de San Pedro y San Pablo, está sentado paco Blas en el segundo banco, un poco antes se ha arrodillado por impulso delante del retablo de Nuestra Señora de la Soledad y el Santísimo Cristo de la Redención. Al poco tiempo toma conciencia de él, el mismo que vio por primera vez en la habitación del albergue, que situándose a su lado le dice con voz hueca: “ve al Panteón de los Marinos Ilustres”.  Todo acontece muy rápido, poco más y no escucha sus palabras, ya no siente su presencia, tan solo sus últimas indicaciones: “Bajo la lámpara de los treinta y dos escudos”.
El joven se llamaba en vida José Monge Cruz. Veinticuatro años debe tener José Monge Cruz, ha tomado esta apariencia porque es la época en que fue más feliz llevando consigo la compañía de los acordes de Paco de Lucía y el sobrenombre de Camarón de la Isla. Ahora frecuenta y recorre sus pasos, de un lado a otro, aquí en su isla natal, vestido de traje blanco. En el “Bar 44” le ve Paco Blas a menudo, se sienta frente a él mientras toma los domingos en la mañana café con leche y churros. Le mira, Paco Blas observa. Se deja estar. Sus ojos no son de aquí, ni de otro lado, dan tranquilidad y sentimiento. De ellos siente muchas cosas en el resonar de sus silencios, mientras los colores de los murales del propio bar le trasladan a tiempos cuando existían montañas blancas en las salinas y cuando del yunque del padre del Camarón en la fragua saltaban las chispas chisporroteando el compás y el cante por lo bajito. En este “Bar 44”  se reúnen los que salen en la madrugada a faenar por ser el  primero en abrir las puertas permitiendo meter en el cuerpo un golpe de alcohol, calor y fuego.


Con él, el único, uno de los grandes del flamenco, recorre Paco Blas, a ratos, tramos de las calles pasando por Las Siete Revueltas o el Callejón de las Ánimas colgado de las historias que le va contando, del ayer, del presente y del mañana. Yendo los dos, de un lado para otro, en este más que curioso San Fernando, van a parar a un lugar en donde se extraía el barro para hacer ladrillos, dando nombre al parque que ahí se ha construido llamado El Parque del Barrero. En estos mismos espacios, por allá en los años 1810 cuando los españoles estaban a la gresca con los franceses, tres ejércitos (ingleses, portugueses y españoles) montaron un guateque para fastidiar al enemigo, o sea a los franceses.
Después de esquivar y rodear los dos un lúgubre sitio impregnado de dolor, miedos, angustias y sufrimiento en el que se escuchan los lamentos de una mujer muy joven, tira de él  José Monge Cruz y llevándolo a uno de los rincones del parque donde hay un escrito sobre piedra que le hace leer en voz alta, un par de repetidas veces.
“Cuando el Sol ilumine mi despertar temprano,
Cuando sienta en el aire el aroma de una flor,
Cuando contemple a un niño,
Cuando mi risa se funda en otras risas,
Cuando las nubes oscurezcan el cielo,
Cuando me encuentre solo y abatido,
Cuando mi llanto quede preso en mi pecho,
Cuando mirándome al espejo me dé cuenta del tiempo
que ha pasado,
Cuando transcurra la diaria rutina,
Cuando me sienta vivo…
tu rostro soñado se cruzará una vez más,
en mi camino…
y sabré con certeza que permaneces viva”.

trazos

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