MARIQUITAS JEREZANOS QUE ESTÁN EN EL CIELO

En esta infantilización de la sociedad actual, aflora algo propio de la inmadurez: el miedo. Hoy, en el mundo más seguro que ha visto la historia, se vive acojonado, se vive aterrado. Tenemos miedo de todo en medio de una “sociedad del pánico”, una “colectividad asustadiza”, ultraconservadora, queriendo quedar bien con todo quisqui. Lo llamado políticamente correcto.
Hubo un tiempo en el que se hablaba en “cristiano”, en donde las fiambreras eran fiambreras y no “tupperware” (tupper), y los homosexuales eran mariquitas o maricones, no gais.
De esa época, y de su santoral jerezano no beatificado, tomamos dos bienaventurados: MARISCAL. Célebre mariquita, barbero y anticuario, de la calle Guadalete. Apasionado imitador de las tonadilleras Conchita Piquer –– a la que siempre llamaba respetuosamente “Doña Concha”–– , de Lola Flores y Juana Reina, a las que admiraba por encima de todo y cuyas canciones acostumbraba a cantar en verbenas, fiestas familiares y otros acontecimientos. Para ello improvisaba un mínimo atuendo femenino, con mucha gracia, en el que no le faltaba nunca el imprescindible abanico, formado con un trozo de cartón o unas hojas de periódico.
Se llamaba José Mariscal y era persona culta, bien vestida, siempre de chaqueta y corbata, y muy educada, que conocía a todo el mundo y todo el mundo le apreciaba y respetaba porque no se metía con nadie. Contaba infinidad de historias, especialmente relacionadas con su condición de afeminado, que no ocultaba, debido a lo cual estuvo varias veces en prisión, durante la persecución que sufrieron los homosexuales, en la Dictadura Franquista.

JUANITO EL DE LA MERCÉ. Viejo mariquita que se ocupaba de lavar y planchar las sotanas de los frailes mercedarios. Aunque de aspecto aparentemente serio, tenía fama de ser muy ocurrente y gracioso, y también muy beato. Gran devoto de Ntro. P. Jesús del Prendimiento, no faltaba cada año a sus besapiés, dedicándose a limpiar, con un pañuelito de seda los besos que los fieles iban depositando. Se cuenta que, una vez, fue al viejo Teatro Villamarta y acostumbrado, como estaba, a moverse dentro de las iglesias, al pasar por el pasillo central del patio de butacas, se inclinó y se persignó, como si pasara ante un altar.

FUENTE: Juan de la Plata, otros.