EL ENIGMA DE LA “SANTA CUEVA” GADITANA

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Desde tiempos remotos la cueva es un símbolo del incons­ciente y también lugar para el encuentro con Dios. Es el santuario interior, el lugar fuera del alcance de los pensamientos, la morada de lo divino. Percibida como herramienta necesaria en todas las formas de religión, en las que la tensión entre la vida y la muerte constituye la energía de cualquier ritual.
La Santa Cueva en Cádiz es símbolo de misterio, de vida, de refugio, de acogida. En ella se aprende a descubrir la presencia misteriosa de Dios, que siempre nos asombra en todo lo humano, en todo lo que acontece, en todo lo que nos rodea.
El ser humano ha conferido a la “caverna” connotaciones que en ocasiones la han divinizado y en otras la han satanizado: así, este espacio se ha convertido en un lugar de transición, casi en un camino iniciático que debe recorrerse para pasar de un nivel a otro, de un mundo a otro.
La Santa Cueva respira al ritmo de la naturaleza. En ella el día es día y la noche es noche. Allí se aprende a esperar el futuro, sacándole todo el sabor al presente. En ella, los ojos se van acostumbrando a la oscuridad del misterio. Se pacifica la agresividad y uno descubre que cerrar los ojos y orientar la mirada a la luz interior, es el mejor camino para “ver”.
En la tradición esotérica, la gruta y el útero materno han sido puestos en relación en varias ocasiones. Comparados en el seno del mecanismo ritual de la religión, encontramos alusiones a este tema en muchas otras manifestaciones culturales, desde el auténtico culto hasta la superstición. El entorno subterráneo, con su conjunto de signos femeninos, ofrece al hombre, primero en el plano psíquico, la posibilidad de rencontrarse con una dimensión de pureza primitiva.
La Santa Cueva gaditana, es más una realidad existencial que un lugar físico. Es un símbolo de la “verdad”  y ¿quién no busca la verdad o la padece en algún momento de su vida? El desafío está en entrar y en aceptar el riesgo de que la existencia quede reducida a lo esencial. Este es el desafío, El peligro está en pasar de largo.

La espiritualidad de la Santa Cueva deja espacio a aprendizajes esenciales:
– Allí se adquiere la sabiduría de Dios.
– Allí se rehace toda crisis de esperanza.
– Allí se unifica el ser y se aprende a vivir roto entregándose entero en cada trozo.

La Santa Cueva es símbolo de interioridad habitada, de estructura contemplativa, de “yo” unificado, de dimensión humana femenina. De ella brota la mirada contemplativa hacia los pequeños y orillados, la escucha compasiva a los que no tienen voz y las entrañas de misericordia para todo dolor humano.
La Santa Cueva es el lugar más opuesto al confort. Aceptar la austeridad –con su ley de lo mínimo necesario- es condición básica e indispensable para entrar y, sobre todo, para “permanecer” en ella. Porque, aunque es lugar de paso, hay que permanecer en ella el tiempo suficiente como para sentir la voz de su silencio.
La ciudad actual, que se abre ante ti como un nuevo espacio de soledad y anonimato, con sus gentes de mirada triste y vacía. Hombres y mujeres que no fijan la vista en nadie porque no esperan descubrir en el otro un “tú” que les devuelva el saludo y la sonrisa. Hombres y mujeres que caminan envueltos en mil trajes de moda, pero que viven a la intemperie, sin que nada les resguarde de sentirse solitarios en una inmensidad poblada de ausencias. La Santa Cueva, hace que pongamos de nuevo los pies en el suelo. Que volvamos a ser hombres y mujeres de pie, en el mundo, Lo que la humanidad ha sido durante siglos.
En la Santa Cueva las cosas adquieren su justa medida: allí no llega la abrumadora “desinformación” de los medios de comunicación, ni los ataques manipuladores de la publicidad. Allí nuestra mente puede pensar sin violencia, limpia de toda opresión, con libertad. Purificada.
La Santa Cueva es la terapia ideal para curar la enfermedad de la “abundancia”, tan frecuente en nuestro ambiente occidental: Gente repleta de todo, llena de cosas, caminantes con la brújula estropeada, saturados de superficialidad, pero vacíos de sentido. En ella se aprende a escuchar el silencio, a saborear la soledad sonora, a revivir experiencias hondas y a explorar tierra nueva.
Sólo quien desde el interior de la Santa Cueva, descubre la clave de la contemplación, hará de ella, una fuente de acogida, una puerta abierta y una mesa siempre puesta. Porque la Santa Cueva cumple lo que promete: revela la verdad, da energía, fortalece y humaniza… Y Dios se manifiesta en ella con el potente grito de su silencio.

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