EL CERRO DE LAS SOMBRAS, PUERTO SERRANO – CÁDIZ

4EL CERRO DE LAS SOMBRAS, PUERTO SERRANO – CÁDIZ

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La noche está serena y despejada. Es una noche calurosa de verano desangelada. De la bóveda celeste pende una inmensa luna llena enganchada del firmamento estrellado, como un brillante y alegre globo infantil de feria.
Me desplazo suavemente con las ventanillas bajadas en mi veterano Renault Mégane, color marrón, mientras escucho el ronroneo del motor diésel que repleto de parsimonia y socarrona monotonía, empuja hacia adelante sin desfallecer, con mucho empeño, la carrocería por la carretera A-384.
Cuando conduzco, en muy contadas ocasiones, sintonizo alguna emisora FM de la radio o escucho música enlatada en los CD. Me gusta, por el contrario, deleitarme con  la soledad del habitáculo y la compañía machacona del repiquetear de mis propios pensamientos.
Me hago viejo, en estas noches cortas de estío, beber es lo que más echo de menos. Beber, trasnochar y joder. Que lejos están aquellos tiempos de joven inmaduro y alocado, en que nada era más ridículo y denigrante que ser considerado “nuncafollista”. Había, en aquel entonces,  que hacer ostentación de cada logro en ese terreno si no quería uno perder la consideración de los demás.
Cada vez tengo menos ataduras con el mundo ilusorio de la Matriz manipuladora. Ya no necesito la aceptación de ningún grupo, sociedad o religión, ni escudriño la redención fuera de mí, acepto el cuerpo físico que habito y la indagación termina dentro de mi interior, la unión con mi conciencia es ahora mi batalla, mi nueva búsqueda. No obstante voy ahora al encuentro con uno de mis codiciosos propósitos: “El Cerro de las Sombras”.
Lo de esta noche está dispuesto concienzudamente, me ha tomado mucho tiempo recoger información documentada y reconocimiento físico repetido sobre el terreno, amén de encontrar en mí, el momento anímicamente mejor preparado para no ser arrollado por cualquier imprevisto del que tuviera que lamentarme posteriormente.
A donde me dirijo es uno de aquellos lugares que no suelen aparecer, usualmente, en las cotidianas rutas turísticas, y a los que tan solo se pueden llegar muy a propósito.
Es un sitio extraordinariamente peculiar que se integra en el marco de una gran necrópolis prehistórica, asociada posteriormente a otra tartésica, turdetana, íbera, romana y, luego,  musulmana. Espacio que ha sido un verdadero “campo santo”, muy especial para diversas y múltiples culturas históricas.
Si se quiere coquetear con lo prohibido (paranormal incluido), este es el emplazamiento idóneo, en donde los fenómenos inesperados se entrecruzan, alterando nuestras propias perspectivas y concepciones de las cosas con sus respectivas realidades.  En este cerro, los viajeros del tiempo y buscadores de lo insólito se encuentran a sus anchas.(El Cerro de las Sombras está compuesto por El llano del Almendral y Fuente de Ramos).
Un indicador en la carretera señala el desvió que debo tomar, como así lo hago, metiéndome en la vía CA 4404 que lleva a Puerto Serrano.
Mi inicial intención es detenerme en el primer bar que encuentre abierto para tomar una copichuela rubia de manzanilla, posiblemente en el “Bar El Puente” o mejor aún, en el “Bar Benítez”.
No obstante, descarto el tentador impulso y lo dejo para otro momento, debo estar centrado en lo que estoy, y no perderme entre bambalinas.
Dentro del pueblo doy varias vueltas y revueltas intentando encontrar la dirección al yacimiento arqueológico de Fuente de Ramos.

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Después de un ir y venir por algunas de sus calles consigo acertar con el camino que me lleva a mi destino, aunque realmente este me dirige a la explanada en donde los lugareños suelen plantar su romería, en la misma está ubicada una pequeña ermita. Es el llamado “Llano del Almendral” y la “Ermita de la Magdalena”. En sus inmediaciones, y sobre el mismo peñasco, aparecen una serie de curiosas tumbas.

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Corresponden al tipo de enterramiento romano denominado “de doble fosa”. En el pasado estuvieron cubiertas por grandes lajas de piedra. Estos enterramientos fueron saqueados consecutivamente desde la ocupación islámica o hispano-musulmana.
Aquí en este balcón al Guadalete, en medio del sonido de la naturaleza, bajo la soledad de la noche estrellada y clara, me encuentro ante un curioso espacio visual aparentemente ilimitado, casi un infinito natural que resalta a los ojos, insinuando que es posible rebasar cualquier barrera y adentrarse en una región sin límites, despertando un sentimiento de serena alegría.

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Tomo de nuevo el coche continuando cuesta abajo hasta encontrar el aparcamiento del yacimiento arqueológico Fuente de Ramos,  un espacio apartado a donde las parejas del pueblo acuden para dar desahogo a sus cuerpos cuando la libido les acosa y altera.
Estaciono discretamente, posteriormente camino un corto trecho, acercándome a la cerca metálica que rodea Fuente de Ramos.

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Busco el boquete que había detectado en una de mis visitas anteriores, y por él me introduzco sigilosamente sin armar mucho ruido.
A gatas, y con mucho cuidado de no engarzarme en  los pinchos metálicos de alambre paso la cerca despacio, encomendándome a todos los santos de no ser pillado, a cuatro patas, por la Guardia Civil, penetrando en un recinto privado, nada menos que a altas horas de la noche. Ya me veo esposado dando explicaciones peregrinas y poco creíbles en el cuartelillo de la Benemérita.

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No me hace falta emplear la linterna, la luna llena da suficiente claridad en la noche y mis ojos se acostumbran pronto a la oscuridad. Un camino empedrado me indica a donde debo llegar, sin ningún inconveniente.
Estoy en un santuario rupestre al aire libre del II milenio antes de nuestra era. El yacimiento en sí, está en un lugar en donde la roca caliza sobresale de la superficie originando una pared. Sobre esta pared se tallaron las entradas de acceso a los enterramientos que se conocen como hipogeos.

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Los hipogeos son de la Edad del Bronce (1900-1600 a C), formados en cámara central circular y de paredes abovedadas con techo plano, teniendo nichos en sus laterales con una entrada de corredor o pasillo.

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En la ladera del cerro, aparecen una serie de estructuras realizadas en la piedra utilizando la misma pendiente. Se trata de canalizaciones, pequeñas piletas, orificios, disposiciones cuadrangulares, todas ceremoniales y altamente inquietantes.
En cuanto a la época islámica hay unos 36 enterramientos.

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Me hallo enfrente de un portal, delante  a lo que es para mí algo singular, raro, extraño y oculto que da al mas allá, al inframundo o dimensiones propiamente desconocidas.
En un espacio del terreno que ya de antemano, en visitas anteriores, he determinado como el adecuado, suelto mis bártulos y me dispongo a marcar un circulo de protección a mi alrededor, siguiendo un refrito de conocimientos de viejos escritos, grimorios y  en especial Albumasar (Abu Ma’shar), en su obra de 1489 (traducción latina del s. XII), incunable  que guarda la biblioteca del Real Instituto y Observatorio de la Armada en San Fernando (Cádiz).
Bajo el oportuno permiso del director del Observatorio el Capitán de Navío D. Fernando Belizón Rodríguez, tuve la oportunidad en el año 2011, de hundirme en los interiores de este valioso ejemplar, obteniendo especial información de gran utilidad.

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Obviamente no efectúo todo el ritual del círculo de protección como mandan los cánones. Por ejemplo me abstengo del empleo de velas en campo abierto y puñeteramente seco, no vaya a armar un incendio de dios padre y señor mío. También paso por alto la utilización de agua bendita para marcar determinados puntos del círculo.

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Dentro de lo que cabe, tras realizar toda la parafernalia ayudado por el cuchillo ceremonial (Athame), y una vara o bastón de poder, me doy por satisfecho.
Transcurre un tiempo que se me hace eterno e indefinido. En el momento que ya empiezo a sentir el trasero cansado, percibo, a la vez que escucho, ese muy peculiar silencio que antecede a lo inaudito.
Siento al suelo removerse en medio de un ruido acojonante, aterrador, parecido al emitido por la naturaleza en el tiempo que es agitada epilépticamente por  un terremoto sísmico compulsivo.
Y es cuando lo veo
Delante de mí hay un perro con su vista fija clavada en mí. No podría decir que está muy cerca, pero tampoco lejos.
Debo apuntar aquí que los perros y yo tenemos un acuerdo tácito de no agresión mutua. Parece ser que los chuchos  se han dado cuenta que estoy siempre dispuesto a embarcarme en una sarta de palos con ellos, a la primera de cambio que me saquen los dientes o se echen sobre mi con malas pulgas, por mucho pedigrí noble que tengan y Sociedad Protectora de animales en camino.  Por lo tanto, nos dejamos mutuamente en santa paz.
Juraría que ese perro se ríe.
En mi cabeza bullen sensaciones irreconocibles y ajenas. Ideas extrañas que van y vienen en vueltas en un susurro hipnótico ronco poco entendible.
De lo que es del can, ya ni me acuerdo.
Mis propios pensamientos se diluyen, aunque lucho a brazo partido contra ello. Es igual a esas mañanas de lunes en las que sonando el reloj, hago  esfuerzos titánicos para despertarme, con pocas intenciones y menos resultados.
Continúa el susurro y mi pérdida de la voluntad se acentúa.

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Escucho un gruñido gutural en tono fuerte y bronco que dice: “De las tinieblas viene la luz
Con un estremecimiento involuntario, repito inconscientemente y en voz alta palabras que no me son, para nada, reconocibles, o al menos en estos momentos creo.
“Acepto el pacto que te otorgo entregándotelo a ti.
Poseeré  el conocimiento.
En virtud de este trato me borraras del libro de la vida para apuntarme en el libro negro de la muerte.
Desde ahora viviré feliz en el mundo de los hombres y luego iré al mundo de tu reino”.

Me estoy agilipollando.
Se me eriza la piel.
Salgo escopetado, como alma que lleva el diablo –nunca mejor dicho–, pasando de un tirón el boquete en la cerca que me sirvió de entrada.

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Con un par de zancadas alcanzo llegar al coche, enciendo el motor y me pierdo del lugar en un periquete.
Busco a diestra y siniestra un bar que me sirva de amparo. Mi esfuerzo es inútil. No hay nada abierto  tan tarde.
Solo, mucho mas adelante, entre Bornos y Arcos de la Frontera, sobre la parte alta de una cuesta, y a la derecha de la carretera, topo con un letrero iluminado que dice “La Noche”.  Sin pensarlo mucho, aparco el coche y entro en el establecimiento acercándome a su barra en donde me soplo un vaso de whisky doble que me sabe a gloria.
Regreso al mundo de los vivos.
A mi vera, una mujer como un camión, armada de exagerados y amenazadores  pechos, colocados a la altura de mis ojos, se dispone a sumergirme en su Canal de Panamá en tres dimensiones.
De sus labios carnales gruesos color rojo caníbal, instalados sobre una boca igual de enorme a la de la ballena que despachó de un bocado a Jonás, el profeta del Antiguo Testamento, brota una voz ronca, de sexo indeterminado y acento caribeño que dice melosamente: “Amorcito, ¿me invitas a una copa?”
¡¡¡Coño!!! –Exclamo–, e inmediatamente digo:
¡Eduardo! ¿Ahora en dónde te has metido?

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3 comentarios sobre “EL CERRO DE LAS SOMBRAS, PUERTO SERRANO – CÁDIZ

  1. Eduardo, sinceramente he estado sintiendo tu vivencia como si casi hubiera estado al lado tuya y la verdad es que hay que tener muchos cojones para realizar esa ruta… y a las tantas de la noche además, enfrentandote a lo que te enfrentas… y no me refiero al can. ¡¡¡Ya sabes!!!.
    Ya de paso quisiera felicitarte por tu portal, porque esto si que es bueno…
    Un saludo,

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