JESÚS DE NAZARET Y EL VISIONARIO ARAGONÉS LUIS BUÑUEL

Jesús de Nazaret es un misterio como figura histórica; la información sobre él proviene sobre todo de los Evangelios, textos que para cualquier no creyente resultan imposibles de admitir como verosímiles. Incluso la parte biográfica más convencional puede estar sujeta, como poco, a la duda razonable. Podemos sospechar que no existió Jesús, o que no existió un Jesús parecido al de los Evangelios.

La representación figurativa más antigua de Jesús, es el llamado «grafito de Alexámenos», una burla de la fe cristiana de alguien llamado Alexámenos (quien se supone que es la figura que aparece al costado del crucificado). Ha sido datada entre el siglo I y III.
En las catacumbas romanas, donde se escondían los cristianos, no existen pinturas de Jesús en la cruz. El líder de los cristianos aparece en la imagen del Buen Pastor, celebrando la Última Cena con los apóstoles o como niño en brazos de su madre. Nunca muerto. “Nadie conserva fotos de sus familiares o amigos muertos, sino vivos y felices”. Eso es lo que les ocurría a los cristianos, preferían recordar a Jesús en vida o glorificado después de su muerte.

Los primeros crucifijos con Jesús agonizante o muerto aparecen solo en el siglo V y con muchas polémicas. Los cristianos seguían prefiriendo la imagen de Jesús vivo y resucitado. Solo en la Edad Media, más de mil años después de la muerte de Jesús, surgen las primeras representaciones de los crucifijos con el cuerpo de Jesús mostrando las señales de dolor, sangrando por las manos, los pies y el costado.
La adopción del cristianismo por el Imperio romano también certificó la representación de Jesús como varón blanco europeo. No se lo pintaba con piel oscura, ni con nariz redondeada, ni con cabello negro o rizado. Tampoco aparecía rubio o pelirrojo, como algunos bárbaros europeos lo eran. La primera representación narrativa conocida de la crucifixión, es de marfil tallado en Roma sobre el año 430.

El resultado del proceso histórico deja un Jesús de raza blanca, piel clara, cabello largo castaño… nada que encaje con un judío palestino del siglo I. A veces lo vemos vestido con harapos y clavado a una cruz con expresión de dolor y desesperación, cuando no muerto en brazos de su madre, como culminación de la tradición artística occidental.

El genial aragonés Luis Buñuel, vislumbró al Jesús del nuevo cristianismo. Ahora, en el siglo XXI, se empieza a representar un Jesús semita de piel oscura y pierde fuelle la imagen de un ser hecho polvo clavado en un madero. Se baja de la cruz recuperando su mensaje original. Ha vuelto a sonreír. Los cristianos creyentes están enhorabuena (no hablamos de Iglesias). Los demás damos simplemente testimonio.