EL FANTASMA DEL INGLÉS EN ARCOS DE LA FRONTERA.

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Arcos de la Frontera es un pueblo andaluz encaramado en un cerro que goza de múltiples y singulares leyendas. Arcenses se denomina a sus pobladores, gentes amables, simpáticas y carentes de prisa alguna. Es Arcos el pueblo idóneo para todo aquel que quiera perderse y nunca ser encontrado en vida, tanto en esta existencia como en cualquier otra, si las hubiese. Aquí se funde y comulga la historia con la alegría de ser y el buen vivir.

Con muchos ánimos y gran impulso subo la calle Corredera y la  Cuesta Belén, llegando a la Plaza del Cabildo en donde se encuentra el Parador, lugar idóneo para quedar con alguien en su cafetería.
Contemplando el paisaje a través de un enorme ventanal, el tiempo y la espera se hacen cortos, hasta que aparece el señor Benot. Declina mi invitación a sentarse prefiriendo estirar las piernas yendo a un lugar cercano, aprovechando el relativo buen tiempo pre otoñal de la sierra gaditana.

En la plaza Boticas, justo a la vera del convento de las Mercenarias, hacemos un alto. Pide él una cerveza y yo un vinito fino de Jerez. Observando pasar a la gente, mientras los camareros acomodan las mesas de la terraza, nos explayamos en una conversación placentera, sin ninguno de los dos estar pendiente del reloj.
Cuenta Benot, de manera amena, que allá por el año 1910, uno de esos días del caluroso mes de Julio, llegó a Arcos de la Frontera un inglés que casi directamente encaminó sus pasos a la iglesia de Santa María. Era un sujeto de unos cincuenta años, alto, delgado, rubio, ojos grises claros, manos finas, modales delicados y correctos, dando la impresión de ser persona educada y culta.

Como era por la mañana, encontró la puerta abierta. Serian, aproximadamente, las diez, hora en que solían terminar la llamada Misa Mayor. Se dirigió al sacristán y le rogó casi por señas, pues su español era muy deficiente, le enseñase el tesoro de la iglesia. Juanito, que así se llamaba el sacristán, lo llevó por una escalera de caracol a la sacristía alta, lugar en donde estaba la mayoría del tesoro. A medida que iba viéndolo su admiración aumentaba, pero todo fue poco si se compara con el asombro que le produjo la contemplación de las numerosas variedades y ricas vestiduras sacerdotales.

Sus frases de elogio fluían sin poderlas contener, sobre todo al ver una capa pluvial de seda color salmón con ricos bordados en oro viejo, y otra de terciopelo negro tachonada de estrellas bordadas en plata ( La capa pluvial la llevan los sacerdotes o diáconos en los actos de culto. Como esta prenda empezó a llevarse en las procesiones, fuera de los templos y se empleó para protegerse de la lluvia y del frío, se llamó pluvial en Italia, nombre que se ha conservado hasta hoy en el lenguaje eclesiástico).

¡¡Oh, very beautiful, splendid!!

Entonces, según Benot, el inglés en su escaso y torpe español le pidió a Juanito se la dejase echar por sus hombros. Primero con una y después con la otra se dio unas cuantas vueltas a paso procesional. Con sus manos delicadas acariciaba la seda o el terciopelo, y en una cornucopia (cuerno de metal) que sobre la pared había, se recreó con la visión de su imagen.  Como al mismo tiempo se daba cuenta de que lo que estaba haciendo no era correcto, se despojó de sus valiosas capas con gran pesadumbre, y después de agradecer la deferencia que con él había tenido y gratificarle espléndidamente, se marchó despidiéndose con un “good bye”, hasta la vista, pensando que volvería otra vez.

Justo un año después regresó el inglés y, con gran sorpresa de Juanito, repitió todo igual que la vez anterior, y así durante cinco, seis o siete años consecutivos.
En sus últimas visitas había tal confianza, que Juanito, al verlo llegar, le daba la llave de la sacristía, él subía, se  ponía sus capas, daba sus paseos por la sacristía, y después de dejarlo todo en orden, se despedía. A juicio de Benot, el inglés era Mr. Holbrook, un pastor anglicano de la iglesia St. Peter, de Colchester.

Sucedió lo que tenía que suceder, pasó otro año y Mr. Holbrook no apareció, ni nunca más volvió… desde entonces, algo raro empezó a ocurrir en la sacristía alta de Santa María en Arcos de la Frontera. En los días de mediados de julio, entre las once y las doce de la mañana, “algo” flota en el ambiente, “algo” impalpable y fluido. Se presiente como su ánima anda por aquella bóveda imprimiéndoles un suave y leve movimiento a la capa de seda salmón bordada en oro viejo y a la de terciopelo negro tachonada de estrellas bordadas en plata. Apostilla Benot, que es el fantasma de Mr. Holbrook que se traslada a este pueblo andaluz sosegado y tranquilo. Acude puntualmente como buen inglés, a sus acostumbradas y deseadas citas para que su alma, con paz eterna, se deje abrazar y acariciar por sus preferidas y admiradas capas pluviales.

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(Fuente: M. P. Regordán)

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