MUERTE EN LA SIERRA GADITANA

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La muerte indudablemente huele, su olor nos predice acontecimientos con  un aroma propio a flores, a rosas, una fragancia que antecede al hecho amargo. Los suicidas, por el contrario, emiten una pestilencia horrible, una hediondez como a carne podrida… despiden un tufo interno y externo. Su olor nos impregna la ropa, las uñas, los cabellos; pringa todo el cuerpo. Se nos seca la nariz y la garganta, es como si hubiésemos recibido un viento terral llevando tierra en suspensión, y aspirásemos el polvo del Sahara. El olor del suicida es denso y fatigoso, días antes de morir emite un hedor desagradable, su aura está cargada, pesada, de pena, de tristeza.

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La Epifanía que más celebramos en el occidente es la de los Magos, ese día suelo salir a pasear con la intención de observar a los niños con sus regalos nuevos. El seis de enero de este año, me detuve en mi recorrido en Arcos de la Frontera para ver y escuchar como un hombre le contaba a gritos, en la calle, a una vecina que le había tocado seis mil euros en la lotería del Niño, irradiaba el afortunado euforia que se expandía a su alrededor. En estas me hallaba distraído cuando un hombre joven me preguntó:
¿La cancela de la Peña estará abierta?
Después añadió: —Este año voy a ser el primero

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Sus palabras me pillan de imprevisto y no acerté a responder, no sabía a qué se refería. Siguió él su camino dejando tras de sí, un olor que me resultó más que incomodo; aunque no presté mucha atención, continué  mi recorrido matutino con mi parsimonia de compañía.
Una vez que hube observado el pórtico de Santa María y sentido las energías emergentes en el Círculo Mágico que hay frente a ella, subí las escalinatas llegando a la Plaza Cabildo. Ahí me sorprendí: Fernando, el joven que suele ganarse unas monedas tocando la guitarra en el mirador, cerraba el paso a un hombre que intentaba arrojarse al vacío. Era el mismo desencajado que me había dirigido unas palabras poco antes.

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Pronto llegaron otras dos personas que le sujetaron, pero se escapó trepando ágilmente y a la desesperada la reja, aunque milagrosamente lograron retenerlo de nuevo, hasta que se presentó la Guardia Civil.
Mientras forcejeaba con los guardias, la mirada del suicida y la mía se entrecruzan,  quedándose la de él fija sobre mí, simultáneamente gritaba “que le soltaran que de todos modos se iba a matar
Sus ojos eran lúgubres, sentía el aullido desgarrador del alma atormentada, me hacía daño. En un descuido, no sé cómo, se hizo con un cristal y se rebanó el cuello de un tajo, de lado a lado.
No pude soportar más el triste incidente, trastabillando me aleje del lugar; las calles  me resultaban oscuras, su luminosidad pese a un sol radiante, había desaparecido de ellas por completo.

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Agarrado a una reja, que tenía unas cristaleras con cortinas hechas a mano, de ganchillo, tome aire e impulso hasta llegar a una puerta en donde colgaba un letrero en andaluz que decía: “abierto…empujaaa!!!”. Ahí me perdí, por un momento, en el fondo de una copa de vino.
Más tarde, mucho más tarde, ya en casa y dentro de la bañera con agua calentita y sal marina, busqué reposo, desprendiéndome de las malas sensaciones. En otro sitio, en la misma localidad, un niño se ha quedado sin padre, a la par  el zarpazo de lo disparatado se adueña de una familia en duelo.

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Las antiguas religiones nos enseñan que el suicido no tiene sentido, ya que la persona en su siguiente vida volverá a tener la misma prueba, más el karma adicional por haberse quitado la vida.

Si usted se separa de la vida, con el alma en tormento, pasará al otro mundo con el alma en tormento.” Los suicidas cometen su acto para “terminar con todo” y resulta que allí, justamente, todo para ellos recién comienza.

Estas acciones no son
Hijas de bizarría;
El morir no es valentía,
Sino desesperación.   (Calderón de la Barca)

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Para Albert Camus el suicidio sería la solución a lo absurdo que es la existencia, sin embargo no hay que solucionar lo absurdo, sino afrontarlo con una vida rebelde y un “desprecio” hacia la muerte.
Vivimos en un mundo seguro, con nuestros airbags, nuestro envasado al vacío, pantallas de plasma y nuestras dietas de grasa. Somos supersticiosos. Nos convencemos que podemos engañar a la muerte, y nos ofende sobremanera darnos cuenta de que no lo conseguimos.

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