TARDE DE TOROS EN EL SUR

 

1m_lznNewComo en tantas otras ocasiones anteriores, acude ella muy exuberante, rebosante y pizpireta al festejo taurino de las fiestas patronales en primavera, vestida con un traje de flamenca rojo y enormes pendientes a juego. Después de los toros piensa ir al Real de la Feria. Esta vez va acompañada de una amiga, ya que su marido, en último momento, es requerido en su trabajo municipal a solucionar una urgencia imprevista e inoportuna.

La alegría es contagiosa y el colorido llena todos los rincones, tanto dentro como fuera de la plaza. La concurrencia está pletórica y el cartel anuncia una buena tarde, con matadores de primera línea y reconocido prestigio.

Ocupa, nuestra protagonista, un buen sitio preferencial en el callejón, al lado del veterinario y autoridades del Ayuntamiento, siempre hay clases de clases.

El primer toro transcurre con pena y poca gloria. En el segundo, un azabache  que desde que pisa el albero del ruedo demuestra su casta buena y bravía, sin achicarse en la suerte de varas, arremetiendo contra el peto del caballo mientras la pulla del picador le desangra desproporcionadamente a conciencia.

Manuel Barea El ArqueñoNew--3b

Entra el azabache al capote y a la muleta con sobrada nobleza para lucimiento del torero que recibe una y otra vez, aclamaciones y aplausos por doquier, sabedor este que los trofeos están más que asegurados.

Cuando todo se encuentra hecho y las suertes echadas, el matador centra su toro. Justo en ese momento, en ese minuto, y no en otro, la mirada del morlaco se cruza, fijándose en la de ella.

María, la jerezana, es sacudida de arriba abajo con una descarga emocional de gran intensidad. La mirada del toro es de profunda y sorda tristeza. Una angustia que la transporta a otros momentos, instantes quizás vividos o posiblemente soñados.

Esa misma mirada, ese mismo desasosiego,  fue muy suyo tiempo atrás, cuando encima de una pira de leña verde, a exprofeso escogida para alargar el martirio, posaba ella sus ojos sobre una montonera de gente sedienta de sangre y autoridades revestidas de opulenta intolerancia religiosa.

Las  lenguas de fuego empezaban a chamuscarla irremediablemente, ya no la atosigaba el miedo. Su cuerpo había soportado durante la tortura lo inimaginable atada con las manos a su espalda; levantada del suelo con una polea, a la par que de sus pies colgaba una gran piedra, rompiéndole su fortaleza y voluntades.

Tan solo miraba a todos los presentes con enorme pena, sentía gran compasión por ellos. Pobres de alma y espíritu, verdaderamente unos fanáticos ignorantes desnortados, que no sabían lo que hacían.

Esta tarde, con un coso taurino rugiendo la algarabía hasta lo alto de las banderas, ella baja los parpados, se da media vuelta, es incapaz de soportar la muerte inútil de ese valiente toro que la mira certeramente, atravesándola hasta el fondo de su ser con un atronador sentimiento silencioso que desgarra sus entrañas. Esas mismas que dan vida, y no muerte en una mujer.

Sin decir algo, ni despidiéndose de nadie, rota se marcha de la plaza. Para María ya no habrá nunca más una “tarde de toros”.

plaza de toros

 

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