SARAO SOLERA 400 AÑOS

“Es necesario haberse embriagado una vez en la vida”, ha dicho Goethe. Reunid las alegrías del vino, la expansión sonora de la sobremesa, el ardor de la sangre y el estremecimiento lascivo de la carne, la atrofia de la ambición, la indiferencia del porvenir, la ausencia del resorte moral, el epicureísmo que acepta todo placer, o que en todo encuentra placer, agregad la astucia ingenua, el instinto de conservación, la conciencia de que los golpes duelen y que no hay convención ni grandes palabras que los hagan innocuos, poned, sobre dos piernas cortas y enjutas, un vientre enorme, un estómago de ídolo indio, un cuello rechoncho sosteniendo una cara rojiza, triple papada, ojos pequeños y vivaces, escasa cabellera color ceniza, un aliento cargado y jadeante, una apostura petulante al fresco, agobiada bajo el sol y ahí tenéis rodando en las tabernas, rendido a los pies de muchachas “más públicas que un camino real”.

Nunca estos jóvenes reservados llegan a ser algo de provecho porque la exigua bebida y las numerosas comidas de pescado, les enfría tanto la sangre, que caen en una especie de anemia masculina, luego cuando se casan, engendran rameras; por lo general son estúpidos y cobardes, como lo seríamos muchos de nosotros sin ese estimulante. Un buen jarro de Jerez hace un doble efecto. Me asciende al cerebro, diseca allí todos los tontos, obtusos y agrios vapores que lo rodean, lo hace sagaz, vivo, inventivo, lleno de ligeras, ardientes y deliciosas formas, que, entregadas a la voz (la lengua) que les da vida, se convierten en excelente espíritu.

La segunda propiedad de vuestro excelente Jerez, es calentar la sangre, la que antes fría y pesada, deja al hígado blanco y pálido, que es el distintivo de la pusilanimidad y cobardía, pero el Jerez la calienta y la hace correr del interior a todos los extremos. Ilumina la cara, que, como un faro, da la señal a todo el resto de este pequeño reino, el hombre, de armarse; entonces toda la milicia vital y los pequeños espíritus internos se forman detrás de su capitán, el corazón, que, grande y soberbio de ese cortejo, se atreve a cualquier empresa valerosa. ¡Y todo ese valor viene del Jerez!. Así la ciencia de las armas no es nada sin el vino; porque él la empuja a la acción; la doctrina es una mera mina de oro, custodiada por un demonio, hasta que el vino no emprende con ella y la pone en obra y valor.

De ahí viene que el príncipe Harry sea valiente, porque la sangre fría que naturalmente heredó de su padre, semejante a un terreno mezquino, desnudo y estéril, la ha cultivado, abonado, labrado, por el excelente hábito de beber en grande, por frecuentes libaciones de fértil Jerez; así es que se ha vuelto muy ardiente y bravo. Si tuviera mil hijos, el primer principio humano que les enseñaría sería de proscribir toda bebida ligera y dedicarse al buen vino.

“Un buen jerez produce un doble efecto: se sube a la cabeza y te seca todos los humores estúpidos, torpes y espesos que la ocupan, volviéndola aguda, despierta, inventiva, y llenándola de imágenes vivas, ardientes, deleitosas, que, llevadas a la voz, a la lengua (que les da vida), se vuelven felices ocurrencias. La segunda propiedad de un buen jerez es que calienta la sangre, la cual, antes fría e inmóvil, dejaba los hígados blancos y pálidos, señal de apocamiento y cobardía. Pero el jerez la calienta y la hace correr de las entrañas a las extremidades. Ilumina la cara que, como un faro, llama a las armas al resto de este pequeño reino que es el hombre, y entonces los súbditos viles y los pequeños fluidos interiores pasan revista ante su capitán, el corazón, que reforzado y entonado con su séquito, emprende cualquier hazaña.

Y esta valentía viene del jerez, pues la destreza con las armas no es nada sin el jerez (que es lo que la acciona), y la teoría, tan sólo un montón de oro guardado por el diablo, hasta que el jerez la pone en práctica y en uso. De ahí que el príncipe Enrique sea tan valiente, pues la sangre fría que por naturaleza heredó de su padre, cual tierra yerma, árida y estéril, la ha abonado, arado y cultivado con tesón admirable bebiendo tanto y tan buen jerez fecundador que se ha vuelto ardiente y valeroso. Si yo tuviera mil hijos, el primer principio humano que les enseñaría sería el de abjurar de las bebidas flojas y entregarse al jerez.”

FUENTE: William Shakespeare, Enrique IV, Musicry, otros

EN LOS CLAUSTROS DE SANTO DOMINGO DE JEREZ DE LA FRONTERA

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