BAJO LA ROCA EN SETENIL DE LAS BODEGAS

CON DIEGO EL LARGO, BAJO LA ROCA EN SETENIL DE LAS BODEGAS

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Es hijo de las estrellas,  no lo sabe, lo olvidó ese mismo día de abril cuando nació en medio de una familia socialmente “desatornillada”, a la que eligió de antemano y a propósito en esta existencia. Es tan largo como bien pueda parecernos una semana sin carne, sin cigarritos de la risa, alcohol, arrumacos amorosos o sin la placidez del sexo bien despachado, hecho este con buena letra y escaso pulso tembloroso. Sus brazos paralelos al cuerpo nos recuerdan las vías del tren.

Diego el largo, no tiene la mala uva que se da tanto en España, ni es lo que antiguamente se llamaba “un señor”. Vuela sobre él una cierta sensación de farsante que en la ficción  descansa.
Está enredado en fusas y confusas notas, corcheas y semicorcheas mas igualmente encadenado a las cuerdas de su guitarra a la que se aferra como naufrago para no perder el norte y realizar su destino. En el paradigma o marco en que se mueve lleva a cuestas el bien y el mal.
Para Diego el largo, las formas del mal son dos: el mal que se hace y el dolor que se padece. El dolor es la experiencia de la maldad como tal. El que hace el mal parece que lo hace gozando y el que recibe el mal, lo recibe sufriendo. El que hace el mal es porque piensa que la vida humana hay que llenarla simplemente de deseos y recursos para satisfacer esos deseos.

La calle Triana es una de las más antiguas del pueblo de Setenil de las Bodegas. Mantiene su origen de forma clara en pleno medioevo, en época nazarí se ha detectado su ocupación.
Aunque su toponimia deviene de los momentos de la conquista, ya que muchos de los miembros de las tropas cristianas provenían de Sevilla y se establece un símil, espacial entre Triana de Sevilla y el de Setenil a través de su puente, puente que en época musulmana ya estaba construido.

En la calle Triana se conservan dos de las casas más antiguas de Setenil, una es del siglo XVI y otra como fecha más tardía, del siglo XVIII. El puente de Triana unía y daba acceso a la villa por la segunda puerta de entrada desde Ronda, dicha vía principal fue fuertemente protegida y el puente que hoy vemos es una de las mejores joyas de arquitectura local.
Diego el largo, en su deambular por el pueblo pasa por el número nueve de la calle Triana, un repullo le sobrecoge y sus bellos se erizan, está delante de “La Casa del Miedo”

Las gentes evitan transitar de noche ante su puerta y prefieren dar un rodeo por el puente de la calle Ronda, un secreto guarda en su interior: “La imagen de una madre con su hijo siempre llorando bajo aquel arco, el golpe continuado de los pies de los ahorcados en el camarote, las sombras que se pasean fugazmente entre sus pasillos, el llanto de los niños, el grito desgarrador de una mujer que despierta a todos los que duermen en ella, palabras y conversaciones que se escuchan allí donde no hay nadie, el grito de la palabra bruja, respiraciones profundas y entrecortadas, y la imagen de un niño deambulando con su rostro anciano entre las habitaciones de la casa”.

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