EL MEÓDROMO GADITANO Y EL SÍNDROME DE ARCOS

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Recuerdo muy bien al poeta Leopoldo María Panero cuando dice: En España se puede mentir, robar y asesinar en nombre de Dios. ¡Pero ay de aquellos que meen en la calle! Desearán no haber nacido”.
De todos es bien sabido que los gaditanos, especialmente los de la capital,  son muy dados a aligerar la vejiga ahí en donde les “encarte” y puedan, especialmente durante días señalados como son sus fiestas: Semana Santa y carnaval, para gran disgusto de la vecindad y las autoridades municipales. En Arcos de la Frontera, los vecinos se las han puesto un poco más difícil a los meones de turno, al añadir una curiosa obra de mampostería en aquellos rincones y recovecos frecuentados por  los amigos de tener el grifo abierto y hacer aguas menores a raudales en la calle. Tradición ancestral desde que el hombre se acuerda que existe en el tiempo.
El artilugio consiste en incrustar en los rincones una pequeña pendiente relativamente inclinada, para que todo aquel que se le ocurra soltar el apretón urinario, termine perdido, mojándose como mínimo los zapatos y los bajos de los pantalones.

Dos propósitos son casi imposibles en Arcos de la Frontera, uno: saber del “tesoro” de la iglesia Mayor y otro: las estadísticas de los suicidados. En el primero el cura párroco, muy amablemente me dio un “pase cambiado” más molinete con estocada incluida. El tema del Tesoro de la iglesia Mayor, es muy complicado a partir de un robo en la misma, en donde se esfumaron algunas joyas, robo del que se ha pasado página muy de puntillas, mientras las gentes del pueblo apuntan a que ha sido algo “interno”. En cuanto a las estadísticas de los suicidados, del Ayuntamiento me remitieron a los Juzgados, en donde estuve yendo tres días consecutivos hasta que conseguí ver a la encargada que me mandó con una sonrisita y buenos modos al cuartel de la Benemérita, y de este a Gobernación, que viene a ser lo mismo que a ninguna parte. No obstante quien me puso al día fue el jefe de los bomberos locales, ya que son ellos los comisionados de recoger los cuerpos y restos de los suicidados, aunque obviamente no emiten estadísticas.
Si no contamos a “Benito”, todos los que se arrojan por la peña ninguno lo puede narrar después. Básicamente, según el jefe de los bomberos, los suicidados pierden parte de la cabeza del golpe y los que caen de pie sus fémures les salen por las caderas, padeciendo las criaturitas un final poco recomendado y muy doloroso porque su muerte en el acto no está asegurada.

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Un gran motivo de los suicidios en Arcos de la Frontera, aunque no el único,  es por el llamado “Síndrome de Arcos”. Muchos son los visitantes que llevados por un encantador urbanismo de tono morisco y medieval, de callejas caprichosas entre murallas, iglesias majestuosas, conventos, palacios, y sencillas viviendas de muros blanqueados que destilan una elegante nobleza natural, “pierden el norte”. Se ha dado el caso de múltiples excursionistas que después de caminar por sus calles, asomados al mirador de la Peña, manifiestan ser un buen lugar para quitarse la vida. Posteriormente han regresado y se han arrojado desde este mismo emplazamiento.

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Muy cerca de uno de los meódromos arcenses, vive Benito, en medio de libros de  la biblioteca particular local mejor dotada, obra y creación relevante de Manuel Pérez Regordán, en donde podemos encontrar ejemplares tanto de santos como grimorios repletos de fórmulas mágicas.
Benito es un perro bodeguero, valiente y echado “pa lante”. Persiguiendo una vez a un “bicho”, en una ocasión que Benito se le escapó a su amo (son tal para cual), cayó por la peña quedando atrapado durante dos días con sus noches en una cornisa, hasta que la Unidad de Rescate de Alta Montaña de Ubrique, lo sacó del apuro canino en que se había metido. Aquí lo podéis ver:

https://www.youtube.com/watch?feature=player_embedded&v=z5S5g3egwuQ

En la misma biblioteca de Pérez Regordán, conocí a un espía de “La Casa” (Centro Nacional de Inteligencia), según él, ya retirado del CNI y venido a Arcos por motivos de salud (Los espías nunca se jubilan del todo), como igualmente a un descendiente (sexta generación), de un bandolero llamado José Matheo Valcazar Navarro,  el mismo que cuando se echó a la serranía cambió su apellido Valcazar por el de Ulloa para no desprestigiar a la familia y fue conocido con el nombre de guerra de “Tragabuches”, el único de los pocos bandoleros que murió de viejo (XVIII y el IXX) .
Tanto el callejón del meadero, como la propia casa de la biblioteca del que fue el mejor cronista local, me resultaban particular y llamativamente inquietantes los dos, produciéndome desazón, angustia, agobio y falta de sosiego. Motivos y razones tenía mucho para ello, como lo pude comprobar más tarde en una regresión propia e inducida a una vida anterior, la cual muy resumida viene a ser la siguiente:

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“Me llamo Axa, los nazarenos me han cambiado mi nombre por el de Catalina, nombre al que respondo lo menos posible. Nací en el seno de un hogar creyente, en Canillas Azeytun (Canillas de Aceituno), localidad perteneciente a la Sierra de Bentomiz (Axarquia – Málaga). Nuestra familia está emparentada directamente con uno de los santones de la Cueva de la Rabita que tantas bendiciones han traído al pueblo. Se dedicaban a la producción y venta de seda, denominada azzeytum, azeytuní (seda tejida y teñida), producto muy apreciado en el Albaicín granadino.
Después que los de Vélez Málaga pasaran a cuchillo a la mayor parte de los nuestros en Canillas en el 1570, fui  vendida a un canónigo cuando tenía nueve años. Ya desflorada por este y cuando se hartó de mí,  me entregó a una de las mancebías, de las varias que habían tocado en reparto a la Iglesia en Málaga, conjuntamente con cien esclavos que se enviaron a Roma.

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En la mancebía malagueña transcurrió un largo periodo de mi vida hasta que pude escaparme, emprendiendo el camino de Comares. En el trayecto fui capturada por los cazadores de moriscos y vendida de nuevo, pasando por varias manos y poblaciones hasta llegar a Arcos de la Frontera, viviendo en esta población de una manera placentera, dentro de lo que cabe para una esclava, debido en mayor parte a que pasé a ser posesión de una familia noble que me trataba más o menos bien, nunca faltándome alimentos ni techo bajo el que cobijarme. Eso sí, los palos y castigos no escaseaban a mi alrededor, llevándome mi buena ración.
La desgracia se abatió cuando uno de los señores puso sus ojos en mí, dejándome embarazada. Por causa de una mujer de la servidumbre, envidiosa y mala, fui acusada de ser yo la causante al emplear malas mañas y ayuda del demonio, engañado y seducido al señor, imputándome además de mantener idioma desterrado y religión prohibida.

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A la edad de veintitrés años, se me encerró en prisión pasando a manos del Santo Oficio, sonsacándome confesión y reconocimiento de faltas bajo torturas infames, padeciendo mil suplicios degradantes en la “Silla de Judas” y “el potro”. Mientras me aplicaban “el tenedor” y preparaban “la rata”, afortunadamente un soldado a quien conocía de trato, se apiadó de mí, y en un descuido y soborno de carceleros, me cortó el pescuezo con su certera daga turca”.

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