1800 EL AÑO QUE LLORÓ JEREZ

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La epidemia

El 30 de junio de 1800 amarró en el puerto de a Cádiz la corbeta «Aguila», que desde La Habana y antes de llegar a Sanlúcar, de donde inmediatamente procedía, había perdido cinco hombres.

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A Jerez no podía menos que alcanzar la epidemia declarada en Cádiz, por cuanto las relaciones de todo tipo con la ciudad gaditana eran muy intensas e igualmente con el Puerto de Santa María, a donde prontamente se extendió la epidemia. Sin duda, la tardanza de los médicos gaditanos en diagnosticar como contagiosa una enfermedad que tantos pacientes y aun difuntos estaba provocando, contribuyó a que no se tomaran con la rapidez oportuna las medidas que hubieran hecho posible una localización en Cádiz de la epidemia. Más aún, el hecho de creer que la enfermedad se debía a una general existente en el pueblo, debió mover a no pocas personas a irse de Cádiz llevando consigo la enfermedad.

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Medidas en Jerez:
l. —Que todos los vecinos de la ciudad, sin distinción de clases, limpien sus respectivas calles en el plazo de dos días, de escombros, animales muertos, cenagales o cualquier otra cosa que con su fetidez pueda infectar los aires.
2. —Que en las curtidurías, tanto de reses vacunas como de lanas y cabrío, se tenga particular cuidado de que la fetidez no cause perjuicio a los aires.
3. –– Que por ningún pretexto puedan los Maestros Alveitares sangrar ninguna bestia en las calles de la ciudad.
4. –– Que los vecinos de la ciudad hagan hogueras por la noche y que en ellas se queme tomillo y otros arbustos aromáticos que puedan purificar los aires.
5. —Que los carreteros cosarios y las demás personas que tengan reses vacunas, las traigan por la ciudad porque son muy convenientes para purificar los aires.
6. —Que los mismos carreteros cosarios empleen las boñigas de sus bueyes en hacer hogueras, poniéndolas en disposición de que el aire eche el humo hacia el interior de la ciudad.
7.—Que en ninguna casa, posada ni mesón de la ciudad, se admita enfermo alguno que venga de Cádiz u otro pueblo, sin que se de cuenta previa al Corregidor para que tras el reconocimiento por los facultativos, se tomen las medidas oportunas.

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Un foco de epidemia claramente localizado, que difunde la enfermedad en su alrededor es el hospital particular del cuartel del Tinte. “No se le había ido al Corregidor ni a la Junta que el ejército era muy posiblemente un vehículo transmisor de la epidemia, y por ello habían rogado a las autoridades militares que evitaran el contacto de ias tropas con la gente del pueblo. Pero el día 15 de septiembre se tiene conocimiento de que en torno al cuartel concretamente a la casa que le sirve de hospital al cuartel, se ha difundiendo el mal, y que primero varios soldados y luego sus cuidadores y por fin la gente de los alrededores está siendo atacada por la enfermedad.” Ya no se duda del diagnóstico y se la califica como «fiebre amarilla».

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“Los médicos protestan con razón de que la acumulación de gente que las rogativas traen consigo en la ciudad son un medio de propagación de la epidemia. Y los capitulares, también subrayan que la Solución adoptada es peor todavía. Pues para no celebrar las rogativas pero no dejar tampoco de celebrarlas se decidió sacar la sagrada imagen por una puerta y entraría por la otra de Santo Domingo, y resultó así que toda Ia gente que se hubiera expandido por las diferentes calles del pueblo para ver pasar la Virgen de Consolación, se había Concentrado en la explanada delantera al convento, con evidente mayor peligro de contagio. La verdadera solución era la de prohibir las procesiones pero la fuerza de la tradición era muy grande, y la angustia popular hallaba un consuelo en las expresiones religiosas, y no faltaban quienes tomaban la epidemia por un castigo de Dios.”
“El clima era de miedo justificado de no poca irresponsabilidad por parte de muchos, y de incultura por parte de no pocos, por ejemplo aquellos que pretendían que tener escrúpulos de los contagiados o declararlos era de poca caridad Y en ese clima es como Jerez vino a hacerse una ciudad contagiada.”
En ese fatídico verano del 1800, la muerte pisaba los talones a los jerezanos, 5491 personas fallecieron, aunque la cifra tuvo que ser muy superior.

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FUENTES: José Rodríguez Carrión, y otros.

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