¿QUIÉN PARTE EL BACALAO EN JEREZ?

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Ningún besugo descontrolado se atreve a mover la más mínima escama sin su consentimiento, y menos una sardina hacerle ojitos a un petimetre atrevido. Desde que entraron los Reyes Católicos por la Puerta de Sevilla, en Jerez los gitanos venden pescado en la Plaza de Abasto, esto me dice “El Orejas”,  corroborado por “El Bambino”, dos ilustres personajes jerezanos de alta alcurnia y lengua larga.

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Una “pescaera” bien recordada en la Plaza de Abasto es Manuela Montoya. Cuenta Rafael Lorente, que nació Manuela el día 24 de noviembre de 1929 en la casa número 25 de la calle Nueva. Con una crianza llena de amor, obtuvo la formación propia de los niños de la época, que era la oral del entorno familiar en el patio de su casa y de las casas de vecinos de su barrio; educación transmitida por el comportamiento de las personas mayores y de las familias de las que estuvo rodeada. De esa escuela de vida fue impregnándose Manuela desde que era muy niña: la moral, el respeto, la igualdad y la honra a sus mayores que vio y sintió en su casa; valores que más tarde al enviudar le valieron para afrontar las dificultades que la vida le puso por delante.
Permanentemente de luto -lo guardó durante 20 años- solo salía por las mañanas para ir a la plaza y colaborar en la venta del pescado en los puestos de la familia de su marido. Para volver a su casa y después de darle de comer a los niños y arreglar la casa… marcharse de nuevo a trabajar a la calle a buscar algunas pesetas más con las que procurar mejor calidad de vida a sus cuatro hijos: ropa, colegios… Cosa que hacía echando horas en las diferentes casas de familias de Jerez, u otras actividades de venta: huevos, flores en los mercadillos o la venta de sábanas y toallas traídas de Portugal.

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Ocurrió que cierto día aparcó en el barrio un camión totalmente cargado de sillas de anea, encargo de un comerciante de muebles de la calle Léalas y que concretamente se llamaba Muebles Eloy. Dado que el comerciante se negó a aceptar la mercancía, el transportista completamente desesperado comentó en el barrio las fatigas que le estaba haciendo pasar el susodicho comerciante, porque le obligaba a tener que regresar a su tierra con la carga de sillas.
Al enterarse Manuela Montoya, se acercó al camionero y una vez conocido el problema, le hizo saber que ella sería capaz de venderle las sillas, con la condición de hacerlo poco a poco. Con la oferta de aquella gitanilla, el camionero vio el cielo abierto. Ni que decir tiene, que después de acordar el precio por unidad, a los pocos minutos ya estaba Manuela vendiendo sillas por el barrio de Santiago. En una casa dejaba dos, en otra cuatro, una o las que fueran; lo cierto fue que con la ayuda de sus hijos, que cada uno llevaba una silla a cuestas, al final del día Manuela Montoya había vendido el camión entero.
El “pescaero jerezano” tiene mucha clase e infundía, sabe latín y lo no escrito, pero el que de verdad tiene los galones, usted lo distingue porque lleva los botones de nácar, es el que parte el bacalao, lo demás son cuentos de esos que tanto me sueltan y anoto en mi libreta a troche y moche.

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FUENTE: Rafael Lorente, El Orejas, El Bambino, otros.

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