EL JEREZ QUE SE FUE CON EL VIENTO

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Una jerezana lectora de mi libro “Por la otra arista”: Rincones gaditanos de misterio, se interesó en saber un poco más sobre la foto de la niña de la portada interior, perteneciente al llamado arte fotográfico post mortem, hoy en día desaparecido.
En nuestro presente, la fotografía post mortem pueden resultarnos macabras, pero no hace tanto tiempo se podían ver colgadas de las paredes como cualquier foto familiar más, o guardadas en un álbum de fotos. En el Jerez actual sobre este tema hay un tupido velo que le oculta.

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La fotografía post-mortem es un género que se dio desde los orígenes de la Historia de la Fotografía hasta bien entrado el último cuarto del siglo XX. En su conjunto, todas estas imágenes nacieron partiendo de una causa común heredada de la tradición pictórica: la de perpetuar en la memoria el rostro de un ser querido ya desaparecido. Sin embargo, existe a su vez un gran número de variantes y matices, tanto formales como funcionales, en relación con las creencias y costumbres de cada lugar; dando, de esta forma, un abanico de posibilidades iconográficas de gran riqueza. En el caso de Jerez, la muerte está estrechamente implicada en la vida cotidiana. La relación que mantiene el andaluz de Jerez con ella es cercana y, a su vez, respetuosa. Forma parte de la tradición perpetuada a lo largo de las generaciones. Asimismo, el rito funerario se estructura a partir de una serie de etapas que lo constituyen y donde la fotografía, en su momento, fue adquiriendo poco a poco un lugar protagonista, hasta el punto de llegar a convertirse en una etapa más del propio rito funerario, hoy ausente.

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En el Jerez que se fue, a los difuntos se les solía velar durante 24 horas en su hogar. Se les colocaba sobre la cama con un traje de riguroso negro o con el hábito de alguna orden religiosa. Si eran niños iban de blanco impoluto, rodeados de velas, estampas religiosas, escapularios, etc. La casa se llenaba entonces de familiares y amistades del finado, siendo costumbre la separación entre hombres y mujeres y por supuesto, el ineludible recogimiento de la familia, solamente arropada por los más íntimos. Durante el velatorio se solía tomar algún tipo de tentempié aportado por los vecinos.

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El hecho de fotografiar muertos tiene antecedentes pre fotográficos en el Renacimiento, donde la técnica era el retrato por medio de la pintura en el llamado memento mori, frase en latín que significa “recuerda que eres mortal”.
La fotografía mortuoria no era considerada morbosa, debido a la ideología social de la época del Romanticismo. En dicho período se tenía una visión nostálgica de los temas medievales y se concebía la muerte con un aire mucho más sentimental, llegando algunos a verla como un privilegio.
Lo cierto es que los antepasados jerezanos tenían una relación mucho más natural con la muerte, la mortalidad era mucho más elevada, sobre todo en niños.

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La composición de retratos de muertos, especialmente de religiosos y niños se generalizó en Europa desde el siglo XVI. Los retratos de religiosos muertos responden a la idea de que era una vanidad retratarse en vida, por eso una vez muertos, se obtenía su imagen. En estos retratos se destacaba la belleza del difunto y se conservaba para la posteridad. Los retratos de los niños, en cambio, eran una forma de preservar la imagen de seres que se consideraban puros, llenos de belleza.

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Algunos retratos póstumos se caracterizan por los variados artilugios de los que se servían los fotógrafos para embellecer la imagen y despojarse de la crudeza de la muerte, intentando algún tipo de arreglo para mejorar la estética del retrato. En determinados casos se maquillaba al difunto o se coloreaba luego la copia a mano. Los difuntos, por otra parte, eran sujetos ideales para el retrato fotográfico, por los largos tiempos de exposición que requerían las técnicas del siglo XIX. En la toma de daguerrotipo la exposición seguía siendo tan larga que se construían soportes disimulados para sostener la cabeza y el resto de los miembros de la persona que posaba evitando así que esta se moviera. Los deudos que posaban junto al muerto lo hacían de manera solemne, sin demostración de dolor en su rostro.
Mientras la fotografía post mortem privada se creó para el consumo de un íntimo círculo de deudos, la fotografía post mortem pública estaba dirigida a un público masivo, que se iría acrecentando con la evolución de la prensa gráfica.

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La fotografía, además de ser un documento sentimental, adquiere un valor práctico, al convertirse también en “un documento notarial” para dar fe de los gastos que desencadenaba un funeral o, en otros muchos casos, para reclamar una herencia.
A través de las fotos de los muertos se llega a conocer también una parte de la historia local, se trata de un género fotográfico que, con más frecuencia de lo que se puede pensar, se dio de forma generalizada.

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FUENTE: Miguel Ángel Rincón, Virginia de la Cruz, Pilar Martín, otros.

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