SHAKESPEARE, JEREZ Y LAS PAJAS

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De la masturbación se dice que acompaña a las personas toda su vida, al menos hasta donde se sabe de ella: “Aquilata. Aporta equilibrio. Combate la desazón de las jornadas grises, y de otros colores. Cuando no sabes qué hacer, te proporciona una idea”.

«Si solo tú contigo tienes continuos tratos,
te engañas a ti mismo usando tu atractivo;
y cuando al fin la vida rescinda tu contrato,
¿qué cuentas vas a darle si no dejas activo?»

Por lo visto Shakespeare no tiene una buena opinión del onanismo, en cambio si de los vinos jerezanos: “Un buen jerez produce un doble efecto: se sube a la cabeza y te seca todos los humores estúpidos, torpes y espesos que la ocupan, volviéndola aguda, despierta, inventiva, y llenándola de imágenes vivas, ardientes, deleitosas, que, llevadas a la voz, a la lengua (que les da vida), se vuelven felices ocurrencias. La segunda propiedad de un buen jerez es que calienta la sangre, la cual, antes fría e inmóvil, dejaba los hígados blancos y pálidos, señal de apocamiento y cobardía. Pero el jerez la calienta y la hace correr de las entrañas a las extremidades. Ilumina la cara que, como un faro, llama a las armas al resto de este pequeño reino que es el hombre, y entonces los súbditos viles y los pequeños fluidos interiores pasan revista ante su capitán, el corazón, que reforzado y entonado con su séquito, emprende cualquier hazaña. Y esta valentía viene del jerez, pues la destreza con las armas no es nada sin el jerez (que es lo que la acciona), y la teoría, tan sólo un montón de oro guardado por el diablo, hasta que el jerez la pone en práctica y en uso. De ahí que el príncipe Enrique sea tan valiente, pues la sangre fría que por naturaleza heredó de su padre, cual tierra yerma, árida y estéril, la ha abonado, arado y cultivado con tesón admirable bebiendo tanto y tan buen jerez fecundador que se ha vuelto ardiente y valeroso. Si yo tuviera mil hijos, el primer principio humano que les enseñaría sería el de abjurar de las bebidas flojas y entregarse al jerez.”
La paja, por supuesto, también tiene muchos detractores, que se aferran a los mandamientos y la consideran un horrible pecado. Se alejan de considerar: “Es una luz parpadeante. Algunos días, o varias veces al día, según la época, la paja se equipara a un mechero encendido en mitad de la noche. Su resplandor te da una noción de cuánta oscuridad reina alrededor, y cómo esa luz a menudo es suficiente. «A veces un porro, y a veces una paja», decía la canción”.

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FUENTE: Shakespeare, Juan Tallón, otros.

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