LA INMENSIDAD DEL BAR JEREZANO

La escritura en Jerez de la Frontera, no siempre tiene que ver con la comodidad de una habitación con vistas, ni con la posibilidad de escribir en bata y en zapatillas a cuadros, mientras buscas el texto perfecto desde tu hogar. Hay muchas formas de comodidad, y entre ellas se encuentra el fastidio de un local ruidoso y transitado, cuando no con olor a la cebolla frita en el ambiente.
De árbol en árbol no se puede llegar desde Jerez a Santiago de Compostela; de bar en bar sí. En los bares jerezanos la gente se pelea pero no se mata. Fuera del bar, no hay salvación. Ni humanidad que merezca ser salvada.

Cuando todo te parece una mierda, o te resulta imposible hallar refugio contra tus fantasmas, o cuando en casa hay demasiado ruido, incluso demasiado silencio, pero necesitas seguir escribiendo, siempre te queda el bar. De hecho, mientras haya infierno y bares cerca, hay esperanza.
El ruido de un bar es general y confuso, un ruido que no me molesta, más bien me acompaña, de manera que siempre me ha gustado escribir en los bares. Los bares guardan “España” como en latas de sardinas: cuñados trascendentales, el quijotismo retórico de derechas y de izquierdas, el alcoholismo sentimental y el alcoholismo agraviado, la locura y todas sus normalidades, lo cutre, lo casposo, lo muerto, lo vivo, lo común, un poco de Benito Pérez Galdós, y mucho de Belén Esteban.
Durante la crisis los españoles han reducido sus vacaciones, el gasto eléctrico y la bolsa de la compra, pero han seguido frecuentando los bares. A medida que cerraban los hospitales y las escuelas, se abrían más bares; si está cerrada la consulta del psiquiatra, nos refugiamos en el bar que además permanece abierto después de cualquier Apocalipsis.

De los bares y cafeterías, siempre me atrajo el servicio de señoras. Ese lugar enigmático para el hombre, a donde ellas pueden escapar, ya sea para huir de alguien o para reflexionar. Aquí pueden estar a salvo, un refugio de la violencia, un lugar de soledad en un mundo abarrotado, autoritario y hostil. Un maravilloso abrigo de comunicación fortuito entre amigas o extrañas, en que todo inesperado puede suceder mientras la belleza se realza. A los varones solamente nos quedan acogernos en las tres sacudidas de rigor, lavarnos las manos e irnos a vender la moto a otra parte.

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