“ZORRA SERÁS, PUTA TE LLAMARÁN”

Como Peter Sloterdijk, yo también tengo la enfermedad ordinaria de la edad avanzada, la limitación del tiempo y la sensación de que las mujeres hermosas están aún más lejos que en el pasado. Es terrible.
La teoría cuántica sostiene que el observador de un hecho influye en la manera en que ese hecho es percibido. Es como decir que una misma pelota de tenis, para alguien puede ser una esfera pero para otro un cubo. Un mismo hecho no se ve de la misma manera para dos observadores.
Muchos temen la verdad, no en vano eligen vivir engañados a enfrentarse a ella. Vivimos en un mundo que actúa por emociones. Las emociones no son confiables. Nunca debemos dejarnos guiar por nuestras emociones. Las emociones están tan ligadas al mundo exterior, que son engañosas. Por eso, cuando la Biblia dice: Engañoso es el corazón del hombre, se está refiriendo al alma; engañosa es el alma. Porque el alma, a través de las emociones, recibe contacto con el mundo exterior.

La época del gótico fue, además, «el tiempo de las mujeres». Nunca antes en la historia de la humanidad, y nunca después hasta la obtención de los plenos derechos cívicos ya en el siglo XX, las mujeres han alcanzado tal grado de relevancia e influencia social. No es casualidad que a la Virgen María, la mujer y la madre por excelencia para la sociedad cristiana, se les dedicaran la mayoría de las grandes catedrales góticas, y el resto de templos cristianos, de los siglos XII y XIII.
A finales del siglo XIII se apagó esa luz de la reivindicación de la razón y de la consideración hacia la mujer, y un largo y oscuro periodo se abrió de nuevo en la historia de la humanidad.

Hoy en día, cierta parte de la cultura masculina no acepta la idea de que la mujer sea libre, y quiere constantemente humillarla. Si una mujer decide ser independiente y hacer su propio viaje interior, distanciada del paternalismo esclavista de los poderes políticos, económicos y religiosos, será sentenciada al aquelarre de “mala mujer”, tildada de puta y zorra. Censurada su sexualidad femenina y su voz acallada.
No obstante, soy consciente del gran cambio: la revolución de la mujer. Algo, afortunadamente, ya imparable. ¡Vivan las malas mujeres!