“EL INVISIBLE”, ATRACO BANDOLERO EN LA SIERRA GADITANA

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Oro con su cadena, y un anillo de oro también con un brillante.
— ¿Nada más? preguntó el jinete enmascarado.
—No.
— ¿Qué pensáis, amigos, de esto? exclamó el enmascarado volviéndose hacia los camaradas.
—El señor puede llevar oculta alguna bagatela en su silla o bajo de su capa, replicó uno de aquellos; es preciso registrarlo todo.
Al oír estas palabras Gallardo se estremeció, tanto más, en cuanto el ladrón que le hablaba tenía una facha verdaderamente patibularia.
—Como gustéis, contestó Gallardo, tratando de aparecer tranquilo.
Los dos bandidos se dedicaron a un minucioso registro, y encontraron en las bolsas de la silla un par de preciosas pistolas incrustadas de plata y oro que Gallardo se había abstenido de declarar.
Se las presentaron a su jefe, cuya política y escogido lenguaje admiraba profundamente a Gallardo.

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—Hola, hola, ¿Con que me ocultabais estos juguetes? dijo el hombre enmascarado al propietario, examinando con gran detención las pistolas. ¿Con qué objeto las llevabais? ¿Teníais el designio de darnos con ellas un mal rato?
— ¡Qué absurdo! exclamó Gallardo; podré afirmaros que con la emoción natural que me ha causado vuestro encuentro, las había olvidado enteramente. Os creo bastante bueno a pesar del oficio en que estáis metidos para hablaros con el corazón en la mano. Yo tengo esas pistolas porque me las regaló una persona a quien quiero muchísimo; un general austriaco que se alojó mucho tiempo en mi casa cuando las tropas del pretendiente D. Carlos ocuparon estas tierras, y que me las dejó como una memoria, como una preciosidad, cuando después de la batalla tuvieron los austriacos que evacuar las tierras. Muchísimo desearía conservarlas.
Después de un momento de silencio, el capitán de los salteadores replicó:
—Admito vuestra explicación, aunque la mentira de que os habéis valido al principio deba de inspirarme desconfianza. Yo no robaré a mis camaradas la parte del botín a que tienen derecho, pero hay un medio de componerlo todo.

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— ¿Cuál es ese medio?
—La proposición que voy a dirigiros es una prueba de que creo en la rara lealtad que os supongo. A ningún otro habitante de estos campos gaditanos concedería igual favor. ¿En cuánto apreciáis vuestras pistolas?
¡En quinientos duros! dijo Gallardo sin vacilar un momento.
—Pues bien; indicadme el día y la hora en que estéis dispuestos recibirme secretamente en vuestra casa, y yo iré a cambiar las pistolas por los quinientos duros.
Gallardo creyó que el bandido se chanceaba con él, y le miró con grande asombro.
—Yo hablo formalmente, añadió aquel. ¡Por ejemplo, seria horrible pagar con una traición mi generosidad! ¿Os acomoda en efecto la oferta?
—Me acomoda, y la admito. Venid mañana por la tarde: allí me encontraréis solo y os entregaré la cantidad. Yo vivo…
—No tenéis que decírmelo; conozco vuestra casa, interrumpió el otro. Todo lo que os pido, se reduce a que seáis exactos y a que me juréis por vuestro honor de caballero que nadie tendrá noticia de esta transacción.
— ¡Lo juro!
—Entonces, hasta mañana.
—Hasta mañana.
Gallardo, muy feliz con su trato, iba a volver a montar sobre la mula, que habían tenido la galantería de respetar, cuando su interlocutor cogiéndole del brazo:

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—A propósito, dijo, pues que estamos acordes en el trato, vamos a echar el alboroque, y a mojar la palabra; vamos a echar un trago antes de separarnos.
Tú, visojo; dijo a uno de los bandidos; alarga esa bota.
Trajéronla en efecto, y Gallardo y el enmascarado bebieron un sendo trago. Enseguida continuó su camino hacia su pueblo, y los ladrones se alejaron por otro lado.
Asombrado estaba el rico propietario de Benaocaz de aquella extraordinaria aventura, y en vano se esforzaba en penetrar su sentido.
La discreción inusitada de los bandidos, que no le habían cogido ni su hermosa mula, ni su buena capa; la distinción del jinete enmascarado y la singular combinación que habla imaginado, y sobre todo el conocer dónde vivía la persuasión de ir a ella cuando le diese la gana, atravesando una población como la de Benaocaz, formaban una serie de enigmas en que se perdía su cabeza y que el mismo Edipo no hubiese sabido descifrar.
Gallardo llegó a su casa pensativo; no pudo cerrar los ojos en toda la noche, y aguardó con una impaciencia febril la hora en que el misterioso bandido había prometido ir a llevarle sus pistolas; sin embargo, no se atrevía a contar demasiado con ello, pensando en que el paso anunciado mostraría una especie de grandeza de alma desconocida en la familia de los bandidos y una maravillosa audacia.

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Juró la noche antes por su honor guardar inviolable secreto sobre el trato que había hecho con el bandido; pero sobre todo le aterraba la idea de que conocía su casa y la seguridad que mostraba de poder llegar libremente a ella cuando quisiese.
No tenía más medio que callar; a ello le obligaban su juramento y lo que era todavía poderoso: el miedo.
Sonaron las siete de la noche. Gallardo, sentado en un cuarto aislado de su casa, comenzaba a desesperar, cuando un ruido de pasos se dirigió hacia la puerta.
Llamaron con dos golpes secos, y Gallardo levantándose como por un sacudimiento eléctrico, gritó que entraran. Sintió no sé qué vaga aprensión mezclada de una invencible curiosidad; empero su agitación se calmó ante la visita de un hombre tan perfectamente disfrazado que no pudo figurarse pudiera ser el mismo que aguardaba, aunque no le había visto el rostro en el camino por haber estado constantemente enmascarado.
—El demonio que os conociera, dijo, si no supiera que estoy aguardando a una persona, y que no debe venir otro ninguno por él.
—Tenéis razón.
—Pero la persona que yo aguardo, aunque su figura me es del todo desconocida, me pareció ser mucho más joven y más grueso que vos.
El desconocido sacó entonces, cerciorado de que nadie podía verle ni oírle, dos pistolas preciosas; las mismas que la tarde antes habían sido robadas al rico propietario de Benaocaz. Teníalas este delante de sí, las tocaba y dudaba todavía.
Creíase víctima de la ilusión de un sueño, y solo pudo tartamudear estas palabras:
— ¡Extraño! ¡Extraño en verdad!

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El Invisible le contemplaba en silencio.
—Aquí hay un misterio que desafía mi razón, dijo Gallardo. ¿No podéis darme la llave de él?
–– ¿De qué misterio habláis?
¿Mis pistolas están en vuestras manos?
–– ¿Os burláis, amigo, dijo fríamente el Invisible; no lo sabéis tan bien como yo?
—Con qué sois vos el que ayer por la tarde, una legua del pueblo, acompañado de cuatro jinetes
Estaba tan trastornado que no pudo terminar su frase.
––Justo: yo soy el que ha tenido la bondad de aligeraros de vuestro reloj, de vuestras onzas, de vuestra sortija y de vuestras pistolas. Hubiera preferido el dirigirme a otro, pero la casualidad… Os confesaré que soy honrado y aun que a mi manera generosa. Os he dejado vuestra buena mula y vuestra capa, que bien valían lo que os he quitado; además, me comprometí a devolveros las pistolas, y ahí las tenéis. Me lisonjeo que no habré desmerecido de su estimación.
— ¡Desgraciado! exclamó Gallardo
—Pues me rehusáis el consuelo de salvaros del abismo, no me queda más que entregaros los quinientos duros y de que nos despidamos.
—Os queda también olvidar nuestro encuentro de ayer y mi visita de hoy,
—Se entiende, y así lo he cumplido.
—Sabéis que puedo volver a vuestra casa, y que para todo soy invisible.

El Invisible colocó en un bolsillo de seda los quinientos duros, saludó a Gallardo y lo dejó sumergido en el mayor dolor, temiendo que hiciese repetir otra vez una visita a su casa que tan bien conocía y en tan fácilmente había entrado.

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¿Quién no ha escuchado por la noche, al amor de la lumbre, las historias de bandidos que hacen estremecer a los que sin pestañear forman un círculo alrededor de la chimenea? Todos los muchachos se hallan pendientes de los labios del que las cuenta y hasta los hombres se arriman estrechándose unos a otros, cual si sintiesen la punta de una navaja o de un puñal sobre su estremecido pecho, Estas relaciones llenas de terror gustan mucho a las gentes del pueblo.

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FUENTES: El Vizconde de San Javier, otros

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